Kiosco

La Opinión de Murcia

La cápsula del tiempo

Nuestros árboles

Cerezos en Jumilla. L.O.

La sugerencia propuesta por Elena Virgili me gustó mucho, mucho, desde el principio y es que coincido plenamente con ella, en el amor por el arte y por la naturaleza en la misma medida.

Si buscamos por la web, cosa que invito a hacer para ampliar esta breve información, encontraremos páginas que hablan de nuestros árboles protegidos o destacados. Los históricos, como el ciprés del convento de carmelitas de Caravaca; los más antiguos, ahí está la olivera de Ricote con sus más de mil años; los de mayor porte, ninguno supera los 35 metros del eucalipto de la finca El Mayayo, o los singulares árboles del amor del entorno de Bullas con su colorida y hermosa floración. Todos aquellos bajo cuyas ramas pasaron generaciones de humanos disfrutando de sus bondades, sombra donde reposar, frescor con que aliviar los rigores estivales y frutos con los que saciar el hambre.

Higuera en Campos del Río L.O.

Quizás porque soy catadora de paisajes, siempre dispuesta a deleitarme con ellos y sacarles todos los matices que nos ofrecen, asocio algunos árboles con distintos puntos de nuestra geografía regional y busco su presencia cuando correteo los caminos recónditos de ésta para disfrutarlos.

Los hay espontáneos, autóctonos y propios de nuestra tierra, aquellos que ya estaban aquí cuando trajeron otros. 

Así, las sabinas que en el punto más extremo del Noroeste dan nombre a una pedanía de Moratalla, El Sabinar, lindando con las tierras albceteñas; la sabina, a simple vista, tiene modesto porte y solo los viejos ejemplares adquieren aspecto de árbol, pues crece lento y, en el paisaje salpicado de ellas pudiera creerse que se trata de arbustos, pero esconden un placer para quienes pasan a su lado, un delicioso aroma que desprende su madera y que durante siglos hizo que fuese utilizada para algunos elementos domésticos, como escaleras o muebles. 

Pero de entre los autóctonos hay algunos en alarmante retroceso y difícilmente visibles.

Los escasos arces de Montpellier del Valle de Leiva en Sierra Espuña, que enciende la arboleda con sus hojas otoñales doradas, y arces de Granada perdidos en los rincones húmedos de las sierras del Noroeste, ambos en otros tiempos abundantes y hoy protegidos por estar en peligro de extinción en nuestros montes.

Los quejigos que, aunque comparta la bellota como fruto, no hay que confundir con las carrascas que dieron nombre a Carrascoy, estas a causa de la menor pluviosidad van reduciendo su presencia; junto a ellos, compartiendo terreno, los madroños, de los cuales también podemos ver en las sierras cercanas al Altiplano. Las encinas levantinas que otrora abundaron y hoy apenas podemos distinguirlas. O el enebro albar, de los que quedan poquísimos ejemplares en el Noroeste y en alto riesgo de desaparecer.

Nogales y olmos que aun siendo más propios de zonas algo frías, siempre tuvieron su presencia en nuestros pueblos, donde marcaban el sitio de reunión de los paisanos bajo su buena sombra, habiendo desaparecido, por desgracia, de la mayoría de ellos; alguien muy cercano me recordaba estos días el nogal que sombreaba en su infancia el lavadero público a la entrada de La Raya, sustituido hoy por un horrible entoldado de uralita.

En cambio, el modesto algarrobo nos deja su presencia abundante por los campos y sierras de Cartagena, Mazarrón y toda la zona sur de la Región.

Por comunes, no menos valiosos los mantos que cubren de verde nuestras sierras, son pinos blancos, carrascos y rodenos, parecidos si, no iguales, pero todos de aquí. 

Sabinas de El Sabinar L.O.

Álamos blancos y álamos bastardos, chopos, fresnos y mimbreras o sauces ribereños, almeces frondosos, todos autóctonos, todos hermosos y benéficos para la tierra y los seres que la habitan.

Y, junto a todos estos, también aquellos que desde tiempos remotos vinieron aquí para quedarse y ya forman parte del paisaje como nuestros. 

Almendros que trajeron los fenicios; higueras, olivares y cipreses que implantaron los romanos; palmeras y cítricos cultivados por los árabes; moreras que nadie sabe con exactitud como y cuando fueron introducidas en nuestra huerta desde el lejano Oriente, y frutales de todo tipo que ya no solo producen el dulce alimento, sino que llenan de explosión colorida nuestra vista en la primavera.

Nuestros árboles son la alegría del paisaje, la nota de color, el punto de referencia, la vida misma que nace de esta nuestra tierra, a veces de apariencia tan árida, y nos da vida. Admiremos y protejamos nuestros árboles.

Compartir el artículo

stats