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Julian Assange: mártir de la libertad de represión

Julian Assange, en la Embajada de Ecuador en Londres. Reuters

Hay terroristas con asesinatos a sus espaldas que no habrán sufrido un cautiverio comparable a Julian Assange, camino del calvario una vez que la ministra Priti Patel de las deportaciones a Ruanda ha determinado entregarlo a Estados Unidos. El crimen irreparable del rebelde australiano consiste en haber difundido hasta 750.000 documentos que desmenuzan la farsa de la guerra de Afganistán, por no hablar de las escandalosas tarifas de las conferencias de Hillary Clinton a los barones de Wall Street. Soldados que asesinan a civiles entre carcajadas y con comentarios de videojuego, informes que desnudan a la diplomacia estadounidense. No pesan las amenazas a las identidades desveladas, sino la humillación sufrida.

En realidad, Assange es únicamente el recadero tecnológico, antes llamado periodista. Las toneladas de información clasificada provenían de la soldado Chelsea (Bradley) Manning, que extraía el caudal en un CD con las tapas de Lady Gaga. La difusión correspondía a Wikileaks, que ya no es un artefacto sino un género que conlleva el blindaje del informador. La pregunta clave plantea si el prisionero realizó un trabajo periodístico, con lo cual podría refugiarse bajo el manto de la libertad de expresión, o si colaboró en la obtención del material como presume Washington.

«La seguridad nacional es una nueva expresión en el vocabulario americano, y ahora cabe todo tipo de crimen». Así hablaba, luminosa como de costumbre, Hannah Arendt en la última entrevista que concedió, corría el Watergate. La invocación a la raison d’état así traducida ha servido ante los tribunales estadounidenses para no juzgar a los espías de la CIA, que secuestraron y encarcelaron a supuestos terroristas por las bravas, sin ninguna intromisión judicial. Y ahora ha de prestar un nuevo favor encerrando de por vida a Assange, que no ha matado a nadie.

El activista preso asalta la fama en 2010, durante el duunvirato Obama/Hillary Clinton, que desafían furiosos al transgresor por desvelar crímenes de guerra. Cuentan las lenguas maliciosas que la secretaria de Estado llegó a reclamar que le colocaran un dron. Con posterioridad, Donald Trump popularizó su delicioso «I love Wikileaks», al difundir las comunicaciones del partido Demócrata que perjudicaban a la candidata. Sin embargo, su secretario de Estado Mike Pompeo calificó de «demonio» al australiano de niñez atormentada y ego hipertrofiado, al que un juez británico atribuyó «narcisismo» en la degeneración psicológica de la Justicia.

Assange se sigue pareciendo a Benedict Cumberbatch, que lo encarnó en El quinto poder, pero cuando el actor cumpla ochenta años. Degradado y destrozado, el encarcelado posee el divismo insoportable que su mano derecha Daniel Domscheit-Berg expuso en el libro Dentro de Wikileaks. Sin embargo, su peripecia no merecía que el Relator de Torturas de la ONU acordara que encajaba en su departamento. El acantonamiento de Assange en la embajada de Ecuador en Londres durante siete años le permitió conocer a gente interesante como Pamela Anderson, la Audiencia Nacional investiga si la empresa española responsable de su seguridad estaba encargada de protegerlo o de vigilarlo. Las nebulosas acusaciones en Suecia, difíciles de acomodar incluso bajo el manto metoo, fueron graciosamente anuladas por la fiscalía escandinava en cuanto el refugiado pasó a mejor prisión.

Edward Snowden, que solo necesita conocer el número de móvil de una persona para violar íntegramente su privacidad, respeta excepcionalmente a Assange, lo considera el padre de una revolución del periodismo. Sobre todo, el refugiado en Rusia plantea el dilema fundamental. Si al australiano se le acusa por divulgar información secreta, por qué no se actúa contra las principales cabeceras del planeta, que se hicieron eco de sus revelaciones. En una versión favorable al australiano, se comportaría como un editor.

En el cincuenta aniversario del programa Hora 25, los periodistas Soledad Gallego-Díaz y Joaquín Estefanía fueron nobles al dedicar un comentario a dos voces a Assange y Snowden, que no gozan de la simpatía de los mandarines mediáticos. El insufrible australiano ha servido de escarmiento, es un nuevo mártir de la libertad de represión. Los periodistas ya son acusados sistemáticamente de no limitarse a recibir información de un whistleblower, chivato, lanceur d’alerte o denunciante, sino de colaborar activamente con quienes están infringiendo la ley al suministrársela.

Desde esa treta, puede actuarse judicialmente en su contra. Supone otra muerte de la prensa.

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