La Opinión de Murcia

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El prisma

El turismo en la Región de Murcia: atraso secular

Vista aérea del Mar Menor en 2017.

Murcia es una isla más allá de lo ferroviario, que parece ser el único ámbito de aislamiento que preocupa el Gobierno regional. En realidad, Murcia es una excepción en sí misma porque no hay sector que no arrastre males endémicos que impiden un desarrollo armónico con el resto de España. El caso del turismo es paradigmático, porque refleja perfectamente esa diferencia negativa con otras regiones quizá con menos atractivos para los visitantes, pero más pujantes a la hora de vender sus excelencias.

Hoy mismo, este domingo, se puede comprobar la singularidad de la costa murciana, verdadera joya turística por el clima que se disfruta en este rincón de la península y por lugares tan señeros como La Manga del Mar Menor, referente para los operadores del turismo veraniego. Mientras que las playas lindantes de la provincia de Alicante están perfectamente cuidadas y preparadas a pesar de los temporales de esta primavera, las que pertenecen a los municipios murcianos dejan bastante que desear. Sobre el entorno del Mar Menor, además, pesa la amenaza de otro episodio de turbidez del agua y mortandad de peces, lo que no ayuda precisamente a mejorar las expectativas de esta temporada.

Por el sur ocurre lo mismo. Las playas de Águilas y los rincones de su costa muestran una imagen de abandono que contrasta aún más con el cuidado que la Junta de Andalucía dispensa a los espacios costeros que lindan con nuestra región. La playa de los Cocedores (Almería) es la prolongación natural de la playa de la Carolina (Murcia). En la primera, arena limpia y un puesto de vigilancia construido. La segunda ahí sigue, con montones de algas pudriéndose desde que el temporal los arrojó a la orilla.

Los espacios naturales de la costa, protegidos por la legislación, suelen ser en todas partes sitios muy cuidados que atraen a los visitantes del turismo de naturaleza. Tiene sentido, porque solo se puede disfrutar de esas zonas protegidas si se encuentran en buenas condiciones para visitarlas. Si están llenas de maleza y montones de basura nadie se acerca por allí, por más espectaculares que sean. Pero eso es lo que se hacen por ahí fuera. Aquí hay trozos de costa virginales protegidos por las leyes para evitar la especulación urbanística, convertidos en vertederos clandestinos y albergue de invernaderos ilegales. Eso no es potenciar los valores de un espacio singular. Eso es abandonarlo a su ruina para que nadie pueda disfrutarlo.

Otro elemento comparativo para conocer el estado del sector en Murcia es la gestión urbanística que permite la explotación de zonas singulares con actuaciones para fijar el turismo de calidad. De nuevo nuestras dos provincias costeras limítrofes se caracterizan por haber llevado actuaciones residenciales sin que allí ni las organizaciones ecologistas ni los partidos de izquierda se hayan empleado a fondo en boicotearlas. En una de ellas ha gobernado durante décadas el PP y en la otra el PSOE casi cuarenta años, por lo que no es una cuestión de siglas. Se trata más bien de que en esos sitios no han sufrido una clase política que ha hecho de la incompetencia y la cobardía su principal seña de identidad.

Aquí se habla incluso de ‘cambiar el modelo turístico’ como si tuviéramos uno para poder modificarlo. No existe tal sino la peor combinación posible: o lugares de superlujo o sitios abandonados a su suerte y baratos para el turismo de baja calidad, los dos elementos que caracterizan a las provincias que se quedaron ancladas en los sesenta del siglo pasado. Lo peor es que no parece que esto vaya a cambiar.

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