A mi alumnado, y a todas mis compañeras y compañeros de esta gran aventura de mi vida. Gracias, porque me habéis convertido en mejor persona, abriéndome los ojos, la mente y el corazón.

En mis 35 años de docencia en el Programa Regional de Educación de Personas Adultas de la Región Murciana he impartido muchos cursos y variadas materias, para las que he tenido que prepararme o refrescar conocimientos continuamente: Lectoescritura, Alfabetización a través del Carnet de Conducir, Certificado y Graduado Escolar, Español como Lengua Extranjera, Francés, Formación y Orientación Laboral, Certificación Profesional en Administración y Gestión, Informática, Preparación para las Pruebas libres de Graduado, Preparación para el Acceso a Grado Superior y a la Universidad para Mayores de 25 y 45 Años…

Pero son infinitas, muchas más, las cosas que he aprendido de mi alumnado a lo largo de todos estos años: La cultura popular, la sabiduría de la experiencia, la ilusión, la alegría y la tenacidad de las personas mayores.

Con el alumnado más joven he comprobado que se puede reiniciar o enderezar un camino, abrirse nuevos horizontes y superarse.

También he conocido la riqueza de otras culturas, aquello que nos diferencia, lo que nos une, y los valores que hemos de aprender unas de otras personas.

La frescura, la autenticidad y el olor a raíces de las gentes del campo, de las diputaciones de Cartagena.

En ciertos barrios he podido ver, sentir y ser consciente de la desigualdad en la sociedad, de la existencia de personas que viven en situación de precariedad y marginación, que en muchas manos está cambiar.

Las duras experiencias de trabajo en fábricas, hostelería, comercios, domicilios particulares… y el insoportable peso del paro.

Las alumnas (siempre hijas; otras, esposas, y muchas, madres) me han mostrado el tesón, el interés y la capacidad sin fin de las mujeres.

He tenido la suerte de recorrer casi toda la comarca de Cartagena, de disfrutar de increíbles paisajes lunares de su cuenca minera, de espectaculares vistas de nuestro hoy moribundo Mar Menor, de los almendros en flor, de campos de amapolas y margaritas, de rojas tierras plantadas con toda clase de verduras, a veces llenas de personas trabajándolas procedentes de otros países: El Llano del Beal, Vista Alegre, Cuesta Blanca, Los Molinos Marfagones, La Aljorra, Canteras, La Aparecida, La Palma, Pozo Estrecho, Fuente Álamo…

He conocido la diversidad de los barrios de mi ciudad, sus distintas personalidades (abandonados, aislados, acogedores, antiguos, modernos, históricos, apacibles, bulliciosos, contaminados): Quitapellejos, El Casco, Las Seiscientas, Lo Campano, Urbanización Santiago, Santa Lucía, Los Mateos, Los Dolores, Urbanización Mediterráneo, Villalba

Las aulas, llamadas ‘desplazadas’, variopintas, unas más confortables y equipadas, otras menos: en centros públicos de primaria, en locales sociales, en salones parroquiales, en salones de actos, en el estanco del pueblo, en cocheras… Con el maletero del coche convertido en un armario ambulante. Y siempre con la colaboración necesaria de los presidentes y presidentas de las Asociaciones Vecinales, de las Asociaciones de Mujeres, de los curas, de las direcciones de los colegios…

Algunos tiempos fueron muy duros: cobrando una vez al año, gestionando nuestros propios contratos, ofertando el servicio, tan necesario, de puerta en puerta, en las ‘campañas de captación’; diseñando y pegando carteles en las tiendas; realizando programas de radio y cuñas en prensa; trabajando a más de jornada completa, pero con contrato de dos tercios; sin cobrar la gasolina…

Esta situación que describo en primera persona es la que vivimos durante muchos años 169 docentes repartidos por toda la Región.

Nuestras condiciones laborales eran penosas, pero supimos unirnos para luchar. Con la ayuda de los sindicatos, con la entrega de compañeros y compañeras que nos decidimos a dar un paso hacia adelante en la representación sindical, con el apoyo de todo nuestro alumnado que se manifestó por la Gran Vía de Murcia convirtiéndose en la primera gran manifestación de la región… Con todo ello fuimos capaces de conseguir una estabilidad laboral para quienes ejercíamos una labor imprescindible, que tenía que ser asumida por la Administración Pública Educativa. Esta batalla se ganó, pero quedan muchas otras pendientes.

De esa época, en la que fui delegada sindical, atesoro en mi memoria recuerdos imborrables: las largas rutas recorriendo con ilusión toda la región murciana para visitar los 17 Centros de Educación de Personas Adultas, escuchando múltiples reivindicaciones y propuestas de mejora; las largas reuniones redactando el Convenio Laboral; las tensas negociaciones del proceso de funcionarización; las redacciones, revisiones y quebraderos de cabeza para poder redactar el texto del Reglamento Orgánico específico para los CEPA, que aún duerme en el cajón de la Secretaría General de la Presidencia de la CARM…

Todo no ha sido un camino de rosas. Soy demasiado obstinada y muy vehemente, defectos que me han acarreado roces y discrepancias con autoridades, con algunos equipos directivos y con colegas. Lo asumo con resignación y serenidad, pues creo que gracias precisamente a este carácter de rebeldía, me jubilo habiendo conseguido que algunas cosas mejoren.

Doy las gracias a todas las personas que me han acompañado hasta aquí. En mi alumnado y en mis compañeros y compañeras encontré una gran familia. Gracias por los buenos momentos compartidos. Son los que guardaré en mi corazón.