Quizás ustedes son demasiado jóvenes para acordarse de esto, pero hubo un tiempo en que el fin ideológico de la izquierda era la preocupación por las diferencias de clase. En un plano estrictamente teórico, la socialdemocracia esencialmente abogaba por garantizar que los servicios públicos fueran de suficiente calidad como para que el ascensor social fuera efectivamente posible. A saber, que si el hijo de un obrero de clase social marginal tenía aptitudes para convertirse en el CEO de una multinacional, la educación pública le garantizara las oportunidades necesarias para poder serlo.

Pero ya les digo, seguramente ni se acuerdan de esto, porque hace mucho tiempo que dejó de ser verdad. Algún pensador cuya renta per cápita sería parecida a la de Monedero y su mansión digna de estar en Galapagar, entendió que eso de los pobres es un poquito cutre y queda mal en Instagram, así que decidió que la nueva cultura social de la izquierda tenía que ser reivindicar el indentitarismo.

Les voy a explicar esto, porque es genial. Una ideología que brama continuamente en contra de la idea de bandera y de país (si es la española, claro, porque nadie duda que gora Euskadi y visca Catalunya), y que nos dice que es antinatural que luchemos por una circunstancia tan aleatoria como es nacer en esta gran nación que es España; nos proclama a continuación que nuestra forma de vivir la vida y entender el mundo debe venir obligatoriamente determinada por nuestro género, el color de nuestra piel o nuestra orientación sexual.

Ser español es algo que para la izquierda es anticuado, facha, retrógrado, franquista y prueba irrefutable de una falta de modernidad y democracia sólo al alcance de paletos de pueblo de la España profunda perfectamente representados en cualquier tipo normal de Murcia.

Sin embargo, que los homosexuales por el mero hecho de serlo tengan que ser obligatoriamente de izquierdas, que las mujeres por haber nacido así tengamos que pedir cuotas para que alguien nos reconozca profesionalmente, o que sólo los negros pueden llevar trenzas a lo afro porque si no se comete un atentado de apropiación cultural es la prueba inequívoca de que el mundo avanza hacia un maná rojo, verde, ecológicamente sostenible y con perspectiva de género y génere trans.

Mientras todo esto ocurre en el mundo de los doctorandos de la Complu que hacen la revolución con el sueldo de papá, un par de barrios más al sur sigue habiendo obreros que no llegan a fin de mes, estudiantes que necesitan trabajar a media jornada cada día para poder pagar su matrícula, familias enteras con todos sus miembros siendo parados de larga duración y delincuentes comunes con un DNI de cualquier lugar menos español.

Y en ese contexto, partidos políticos de derechas, desde los más normales hasta los más extremos, levantan la mano y le dicen a todos aquellos que siempre habían votado a la izquierda que no se preocupen si los teóricamente suyos han abandonado la lucha obrera por la batalla vegana, que al ascensor social que ellos necesitan se sube ahora con el botón derecho.

Se está gestando una contrarrevolución de derechas que va a pillar a los tuiteros de izquierdas enfrascados en cancelar el Rey León porque no tiene ninguna gacela lesbiana que represente al colectivo. Y nosotros, mientras, con cada vez más España en el bolsillo.

Vaya mundo tan bueno nos espera.