11 de agosto de 2020
11.08.2020
La Opinión de Murcia
Relatos al fresco
El vergel del Mediterráneo. Capítulo 5. Carlota

Carlota y una almohada

Carlota Sirvent ha asesinado a su marido, aquejado de una enfermedad degenerativa, y le ha enterrado, con la ayuda de un amigo, en la parcela que alquilaron juntos

11.08.2020 | 04:00
Carlota y una almohada

Puede considerarse la muerte de Eddy como un asesinato? Técnicamente, supongo que sí. Se reúnen todos los requisitos. La premeditación, la alevosía y la nocturnidad. ¿O son agravantes? Y, puestos a ser remilgados, también hay un móvil, no el de Eddy, sino un móvil del crimen. Podía haber confesado que Eddy se había muerto durmiendo, que hubiera sido lo más natural del mundo, pero me inventé lo de la huida, que fue una temeridad, lo reconozco y que después, esas mentiras te llevan a otras y llega un momento en que ya no sabes dónde estás ni nada. ¿Hubo un plan? Por supuesto. Pero en mi defensa puedo alegar que Eddy también participaba del plan. Y si la víctima, la propia víctima, la auténtica y genuina víctima, ella misma, pretende morir, ¿acaso no es un acto de caridad contribuir a su final de la manera menos dolorosa posible?

Fui más allá, en eso estoy de acuerdo, y no fue nada fácil, es decir, me compliqué la vida, pero se juntaron dos factores que me empujaron a acabar con Eddy y a montar el escenario por donde deambulé los meses siguientes, hasta que no pude más. El primero, la pasta. Si Eddy se moría, me quedaba con una pensión de mierda. Si Eddy desaparecía y nadie podía demostrar que estaba muerto, me quedaba el tiempo que fuera, hasta que Eddy apareciera, como mínimo, con la paga por discapacidad. Y, después, además, podía quedarme con sus ahorros, porque yo tenía su tarjeta y nadie me iba a decir nada por sacar dinero del cajero. ¿O no?

El segundo factor fue algo así como una atracción inusitada por el vacío. Vértigo. Lanzarse al vacío. Matarle porque sí, porque es lo que él quería y porque llegó un momento en que también me apetecía a mí. Fue culpa del Vergel del Mediterráneo, ese terreno. En cuanto lo vi, por primera vez, pensé ya en un hoyo. Y esa imagen nunca me abandonó, y se iba repitiendo en mi cabeza en ese verano del 18, cuando Eddy ya tuvo que ir en silla de ruedas y luego ya no podía moverse ni de la cama, y cuando yo me abandoné a la lujuria más tremebunda, bueno, quizás no tanto, a la lujuria a secas, con Eddy en la habitación de al lado y yo con mis amigos de Tinder, que iban pasando por casa y me preguntaban «qué es ese ruido», y yo les decía: nada, nada, es solo Eddy, que farfulla.

Por supuesto que fue premeditado. Vamos por partes. Primero, fue cavar el hoyo. Se lo pedí a Tomás, que en el perfil decía que era jardinero. Me fijaba en los perfiles por si acaso. No era el único aliciente de Tinder, claro, pero eran detalles a tener en cuenta. Una no tiene en casa congeladores como los de la películas americanas, que se cargan al marido y después lo tienen en el congelador hasta que se va la luz del barrio, y después todos a correr, que el cuerpo se va a deshacer y será un desastre. Primero, el hoyo, pues. Tomás se ofreció sin hacer preguntas y, viendo lo dispuesto que estaba, también le propuse otra cita, el día en que maté a Eddy. O matamos, porque Tomás asistió a la ceremonia también sin rechistar. Eso fue fácil. Me despedí de Eddy con cariño, le di un somnífero y un calmante que casi le matan antes de hora y después vino lo de la almohada, que es un recurso la mar de sencillo y rápido y sin dolor.

Entre las pastillas y la almohada pasó un tiempo y Tomás, por supuesto, actuó como se esperaba porque vino a lo que vino. Y después ahogué a Eddy, y Tomás me ayudó a llevarlo al Vergel del Mediterráneo, y allí le enterramos, en el agujero. Y después lo cubrimos de tierra y santas pascuas. Si alguien piensa que el relato es ficción y que sigo inventándome cosas, es que nunca ha tenido una cita en Tinder. Allí puede encontarse de todo, incluso un jardinero psicópata que no vacila en cavar un hoyo y enterrar un cadáver allí con tal de seguir dándole a la cosa. Son así, lo juro.

Después, me fui de vacaciones con David, mi hijo, y, al volver, dije: David, coño, Eddy ya no está en la cama, se habrá largado. Y David me dijo que eso era imposible y después vino lo de acusar a Carla, que es lo más feo del asunto, pobrecita, con lo dulce que es, la chica. Pero bueno, la interrogaron y salió sin más, y a mí también me interrogaron, por supuesto, pero me apunté a lo de los mensajes del móvil de Eddy (los escribía Tomás, que es un sol) y creo que coló, aunque ya se sabe que la Policía no abandona nunca la presa y siempre está al acecho, y puede que me siguieran un tiempo, pero no daban con Eddy, que es lo que pasa en las pelis americanas de congeladores, que si no hay cadáver, pues eso, que no hay crimen.

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