14 de octubre de 2018
14.10.2018
Lo que hay que ver

Auschwitz

Visita al lugar donde el mal absoluto tomó asiento desde 1940 hasta 1945

14.10.2018 | 04:00
Auschwitz

A medida que me acerco a Auschwitz, me voy sintiendo peor ante lo que se me avecina. No es pose, no es impostación. Es que el cuerpo se me va poniendo peor. Al acercarme a Auschwitz noto un pinchazo en la cabeza, siento que algún sentido o todos me abandonan. Un taladrante pitido en los oídos, aquellas moscas negras flotando en los ojos, cierto hormigueo en las yemas de los dedos, total ausencia de olor, un regusto ácido.

Salí de Wroclaw muy temprano y, al cabo de tres horas, estoy llegando al lugar donde el mal absoluto tomó asiento desde 1940 hasta 1945. No me encuentro nada bien. Un cartel indica que entro en Oswiecim, que así se llama en polaco la sede del espanto. Acierto a ver una larga avenida con filas de restaurantes y de tiendas y de cafés, y con mucho gentío, un muy despreocupado gentío con bolsas y buen tono vital. Allá ellos, felices ellos, inconscientes ellos, qué sé yo. Pago los dos eslotis exigidos para ir al baño.

El día es muy gris cuando formo en la cola para acceder a Auschwitz I. Alguien me advierte de que los bolsos que se permite pasar al interior del Campo deben tener el tamaño máximo de un folio. Sigo mal. Sin embargo, no faltan voces alegres alrededor, se respira un ambiente de excursión festiva, varios grupos beben cerveza en corro alegre. Allá ellos, felices ellos, inconscientes ellos, qué sé yo.

Recuerdo los versos del pastor Niemöller, atribuidos también a Bertolt Brecht: «Primero vinieron a por los socialistas, y no dije nada, porque yo no era socialista. Luego, vinieron a por los sindicalistas, y no dije nada, porque yo no era sindicalista. Después, vinieron a por los judíos, y no dije nada, porque yo no era judío. Por fin, vinieron a buscarme, y ya no quedaba nadie que dijera algo por mí».

Estoy bajo las letras fieras de la entrada: «El trabajo os hará libres», y recuerdo las docenas de fotos, de películas, de pósteres en que aparecen. Paso dos horas largas en Auschwitz I. Visito unos cuantos bloques, apenas puedo centrar la cabeza en el terrible número 11, en su sótano. Entro en la cámara de gas. Silencio total. En el techo, los huecos por donde se dejaba caer el Zyklon B. Entro en el crematorio. Quizá resista toda la visita en pie. Veo el patíbulo solitario donde ahorcaron a Rudolf Höss, el comandante de aquel infierno. Trató de esquivar la soga que su verdugo le ponía al cuello, tan cerca de su casa. La fotografío. Un grupo de turistas me imita: noto que no saben muy bien por qué.

Llego a la inmensidad de Birkenau. Visito un par de barracones. Subo a la torre de vigilancia. No estoy viendo lo que hay en Auschwitz: estoy viendo lo que hubo en Auschwitz. Más de un millón de seres humanos (judíos en abrumadora mayoría) asesinados por el nacionalsocialismo. Las matas de pelo que veo las peinó alguien vivo. Los zapatitos que veo los estrenó una vez un niño vivo. Las maletas que veo fueron rotuladas por alguien vivo. Más de un millón de gaseados, de reventados por los trabajos forzados, de torturados hasta la muerte. Con ese pelo, con esos zapatos, con esas maletas llegaron allí. A la ´solución final´ del ´problema judío´ y de otros perseguidos, pensada por los nazis, por ellos planificada, detallada, ejecutada.

«Fue una cosa imposible, pero que ocurrió: una verdad inverosímil», escribió el superviviente Bialot. El espanto que me recorre y anula cuando dejo atrás Auschwitz es nada (nada de nada) si oso compararlo con el que seguro sintieron los allí conducidos por bestias nazis en trenes atestados. Casi me avergüenzo de sentirme mal al empatizar con las víctimas, qué desproporción.

Acabo de finalizar un viaje interior. Es cierto: «Nunca realmente volvemos de Auschwitz», dijo la cineasta Loridan. Tardo un rato largo en darme cuenta de que ha salido el sol.

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