12 de septiembre de 2018
12.09.2018
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Dos taxis en Roma

11.09.2018 | 17:33
Dos taxis en Roma

La taxista romana que nos acercó a las catacumbas de Priscila nos habló con desprecio de la coalición que gobierna Italia, formada por populistas de derecha e izquierda. «Cabalgan a lomos de las emociones del pueblo –exclamó–, sin otro criterio que ofrecerle las presas que reclama». No me atreví a preguntarle por sus preferencias políticas, aunque podía imaginármelas. Nos habló con simpatía de España («una nación que nos lleva mucha ventaja»), a pesar de que era consciente de las dificultades que atraviesan las economías de ambos países. «Los sueldos no suben –continuó– y, por el miedo ante el futuro, los jóvenes se marchan. Los inmigrantes son la excusa que utilizan los populistas, nada más». Pensé por un momento en la dura sentencia del búlgaro Ivan Krastev en su sombrío After Europe («la crisis migratoria es la revolución»), pero no dije nada. En la puerta de las catacumbas ya nos esperaban nuestros amigos, con los que íbamos a visitar una de las joyas ocultas que atesora la ciudad eterna. En el cementerio paleocristiano de Priscila se encuentra la más antigua representación pictórica conocida de la Virgen María (en realidad son dos: la primera, de finales del siglo II aproximadamente; la segunda, en que aparece acompañada de los tres Reyes Magos, ya de la época constantiniana) y el bellísimo fresco de la eucaristía, que evoca el milagro de la multiplicación de los panes y de los peces.

De regreso al centro de Roma, el segundo taxista utilizó un lenguaje completamente distinto: «Italia no es el Parioli (el barrio más exclusivo de la capital); vaya usted al barrio de San Basilio si quiere conocer realmente la ciudad. ¡Y vaya sin niños! Mire, éste es el gobierno de la gente. La Lega ofrece seguridad ciudadana y 5 Stelle quiere reformar la clase política para que unos pocos no cobren las pensiones que corresponden a todo el pueblo. Oiga, nosotros no somos racistas, pero queremos orden y seguridad. Y primero están los italianos, como en España los primeros tienen que ser los españoles, ¿no?». Pensé en el America first de Trump y en sus derivaciones europeas. Si algo prueban los populismos de derechas y de izquierdas que recorren Occidente es precisamente su conciencia de clase. En contra de lo que sostiene Harari (y como hizo presagiar el Estado del bienestar durante décadas), la conflictividad larvada en la revolución industrial no se ha resuelto definitivamente. Bajo un ropaje posmoderno, los temores de la clase trabajadora (y de una frágil clase media) han vuelto para quedarse. El miedo y el rencor, se diría, como pulsiones primeras.

Dos taxistas en una misma tarde que reflejan el abismo sobre el que camina Europa. Y la clave no es otra que una crisis social y también de expectativas.

La globalización ha reducido la pobreza de forma radical, aunque al mismo tiempo ha introducido incógnitas inesperadas: el debilitamiento del factor trabajo debido a la deslocalización, el uso intensivo de la tecnología y los altos niveles de paro estructural en muchas regiones. El envejecimiento crónico de la sociedad es otro de los elementos a considerar, así como la gentrificación de ciertas zonas urbanas. Esta fractura social nos sugiere un déjà-vu: el inquietante arranque del siglo XX tras el gran oleaje globalizador del XIX.

Nuestras instituciones democráticas son mucho más fuertes que entonces y la prosperidad general no tiene parangón con el nivel de vida de aquel momento. Pero el ejemplo italiano nos muestra que en ningún caso hemos superado las tentaciones del pasado: cabalgamos a lomos de las emociones.

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