A un amigo mío se le rompió una placa metálica que los cirujanos le atornillaron a un hueso fracturado. Ante el desconcierto del paciente, que confiaba en una mecánica un poco menos pusilánime, los doctores dictaminaron: «fatiga de materiales». Desde que los médicos parecen ingenieros y los mecánicos, especialistas en medicina interna (en mi concesionario llevan bata y todo), que no nos aclaramos. O sea que la placa „que es de titanio, acero y rodio, ¡oh!„ se cansa de ser titanio y renuncia a escalar los cielos. Sucede que me canso de ser hombre, decía Neruda, y a lo mejor el calcetín también se harta de colgar del mismo tendedero.

El caso es que a un conocido se le rompió, también, el eje metálico del implante dental y eso que el incidente se produjo unos momentos antes de la crisis y le prometieron que era acero sueco, tal vez de la misma Suecia que linda con Sichuan. Como he conocido algún caso más que sería prolijo referir, llamo a un amigo sindicalista para que me ayude a transitar la vía del conocimiento basado en la sospecha: «¿No será que nos ponen acero de llantas de bicicleta?» «No, hombre, viene de los botes de refrescos reaprovechados», me contesta el malandrín. Hace unos días, más o menos, se ha hecho público que China ya es el primer PIB mundial. Algo habrán contribuido las prótesis de usar y tirar.

Le digo al sindicalista que él lleva tornillos indesmayables en una pierna y que a mí me anclaron uno en el fémur que, cuando ya esté enterrado y, como si dijéramos, con plaza en propiedad, seguirá refulgiendo como una joya gris atada a las raíces y los parénquimas.

«Es que ese era de la época en que un ciudadano no era visto aún como un gasto», me contesta. Y yo le cuento que he visto una peli alemana en la que un sesentón se liga a una señora de buen ver y, en el mismo día, la lleva en avioneta, beben champán juntos y le hace conocer el sexo postconyugal.

«No sé, me dice el sindicalista, me temo que la Merkel no extenderá esos beneficios a los jubilados que no sean alemanes».