José Luis Fernández Romero era un personaje peculiar. Poco le importaba su aspecto, que podría denotar cierto aire de extravagante o excéntrico. Yo lo veía más como uno de esos artistas románticos con el pelo rozándole los hombros y revuelto mientras iba por la calle con su bolsa colgada en bandolera mirando siempre a lo más alto en busca de algún detalle que quizás le hubiera pasado desapercibido.

Poco tiempo compartimos hasta que decidió finalmente jubilarse, después de haberse reenganchado a petición del entonces alcalde, Miguel Navarro. Y en ese periodo tuve la oportunidad de conocer a una persona increíble, con una capacidad de trabajo difícilmente superable.

Entre sus obras más destacadas está el conocido como ‘Edificio de los Maestros’, en la calle Musso Valiente. El edificio Torre Lorca muestra en su fachada de ladrillo visto filigranas que rozan el estilo mudéjar. Sus balcones de hierro y madera y sus miradores acristalados fueron hechos a propósito para no desentonar con el Palacio de Guevara, a solo unos metros. El edificio Goya, la residencia Domingo Sastre, la iglesia de Asprodes… son algunas de sus obras perpetuas que nos servirán para recordarle eternamente. Y, cada día, lo tengo muy presente en el despacho que heredé de él, como también su cargo, jefe del Servicio de Planeamiento y Gestión Urbanística de Lorca. José Luis fue también el autor de la brillante remodelación llevada a cabo en el antiguo convento de la Merced donde se sitúa la Gerencia de Urbanismo. Se quedó con uno de los mejores despachos, el de la tercera planta, con vistas a la Sierra de Serrata, el Barrio, el Puente Viejo, el cauce del Guadalentín… Antes de marcharse me dejó una nota en el caballete donde colocaba sus fotos más queridas y que ahora –como él hacía- ocupan las que guardo con especial cariño. En esa nota me deseaba lo mejor y se ofrecía para que contase con él, siempre.

Y abusando de ese ofrecimiento le llamé una y otra vez y siempre estuvo ahí para mí, pero, sobre todo, para su ciudad, a la que amaba por encima de todo y de todos. Me dejó otro bien muy preciado para él, una fotografía de su barco que nunca quise mover de su lugar y que a partir de ahora cobrará especial protagonismo, porque sé que cada vez que la mire me parecerá verlo mientras la brisa del mar mueve las velas, pero también su melena revuelta.

Ahora que sé de su marcha precipitada no puedo por menos que recordar la importante labor de coordinación que llevó a cabo durante el terremoto de mayo de 2011. José Luis fue uno de los primeros en llegar al Ayuntamiento. Como siempre, se puso a disposición para lo que se le necesitara. Poco le importaba las interminables jornadas de aquellos días. Siempre estaba dispuesto para visitar los inmuebles que se habían visto afectados.

Era una persona muy querida, con una sensibilidad especial, divertida y atenta que a veces se veía superada por la burocracia. Lorquino hasta la médula, lo recuerdo vestido de hebreo junto a sus hijos y nietos que a buen seguro llorarán su pérdida como lo haremos todos. Mi cariño para María Victoria, su esposa; sus cuatro hijos; y sus diez nietos. Su marcha, apresurada, nos deja huérfanos a los que compartimos su amor por este arte a veces no demasiado bien entendido que se llama Arquitectura. Amigo, que el viento te sople de popa.