Grecia levanta cabeza en los últimos meses tras una década de penurias económicas. Por eso no es extraño que la estrella de la campaña para las elecciones de este domingo hayan sido las dificultades de los ciudadanos para hacer frente a las consecuencias de esa recuperación. "Todo es más caro, y, como los sueldos no han subido, se hace difícil incluso lo más básico, como pagar el alquiler y comprar comida", dice Thanasis. El joven estaba el jueves en el mitin central de Syriza, la formación de izquierdas de Alexis Tsipras, en la plaza Sintagma de Atenas. El exprimer ministro llenó con miles de personas el emblemático enclave, donde prometió "justicia para todos" y puso en duda la vocación democrática del actual Gobierno de los conservadores de Nueva Democracia.

En general, la gente de izquierdas griega está de acuerdo en que el foco del debate debe situarse en que, si la crisis se cebó con los más necesitados -tras tres rescates, el salario mínimo cayó un 25%, y las pensiones entre un 20% y un 40%-, también todos deben participar de la tímida mejora económica. Tsipras ha prometido subidas de sueldos -también lo ha hecho Nueva Democracia- y eliminar los impuestos de una cesta de productos designados como básicos.

La población de izquierdas ve con buenos ojos el cambio legal que provocará que las elecciones del domingo tengan casi con toda seguridad una segunda parte en julio. En estas elecciones generales, el partido ganador no contará con el bonus de 50 diputados -dentro de los 300 con los que cuenta el Parlamento griego- que servía para facilitar la formación de gobiernos en solitario. La recién estrenada proporcionalidad total hace casi imposible que ningún partido vaya a lograr el porcentaje necesario -por encima del 45%- para evitar una repetición electoral, en la que sí volvería a aplicarse la prima de 50 escaños al vencedor.

Vivienda y electricidad

Las encuestas dan a la derecha de Nueva Democracia, liderada por el primer ministro saliente Kyriakos Mitsotakis, algo más del 30% de los votos; Tsipras se queda varios puntos por debajo de esa cifra. Sus seguidores confían en que los sondeos se equivoquen de nuevo. "Siempre lo hacen con Syriza", dicen Myrto, Chris y Anna, tres jóvenes que también fueron a escuchar al exprimer ministro. Sus problemas no se diferencian mucho de los que puede tener una persona de su edad en Barcelona. "La vivienda se nos lleva más de medio salario, y además tenemos la electricidad más cara de Europa", se quejaba Myrto.

En Atenas quedan por todas partes restos de los largos años de recortes a los que se sometió a los griegos. En muchas calles proliferan aún los establecimientos, llamados en inglés Loving Family e impulsados durante la crisis por el Gobierno de Syriza, que ofrecen tentempiés a precios muy populares: un café, 80 céntimos; un bocadillo de queso, 1,20 euros. Y en la avenida Stadiou y otras arterias principales de la ciudad muchas de las farolas se quedan apagadas durante la noche. Al mismo tiempo, los turistas ya llenan los principales restaurantes de lujo, como el Athenée, cuyo maitre, Dionisis, augura este año "una buena temporada".

En la avenida Stadiou, llena de vida durante toda la campaña pese a los continuos cortes de tráfico que han contribuido a sublimar el caos circulatorio de la capital griega, todos están de acuerdo en que la repetición electoral es inevitable. Pero no todos tienen la misma opinión de la reforma legal que va a propiciarla. Los votantes de izquierdas -como Maria y Kostie, que esperan a las puertas del teatro Rex que empiece la función- piensan en general que "el cambio está bien, es más democrático y permitirá representar más fielmente la opinión popular", y que obligar a los partidos para formar coaliciones no tiene por qué ser negativo.

Los que votarán a partidos de derechas no lo ven igual. "La historia prueba que es muy difícil. ¿Cómo van a colaborar un partido que quiere abrir fronteras a los inmigrantes, cosa que evidentemente no es posible, con otro que quiere cerrarlas?", dice Petros, dueño de un kiosko en Atenas. Después de citar a la ultraderechista italiana Giorgia Meloni como ejemplo de qué debe hacerse en esa materia, se pregunta de nuevo: "¿Quién puede meter en su casa a 10 inmigrantes?".

El papel del Pasok

Tras el aluvión migratorio que contribuyó a polarizar, hace unos años, a la sociedad griega, la situación parece ahora diferente. Sin embargo, los cooperantes que trabajan en el país, una de las principales puertas de entrada de refugiados a Europa, creen que el Gobierno conservador intenta que la atención a los recién llegados no derive en un efecto llamada. En cualquier caso, en los campos de refugiados se nota que se ha reducido el flujo; en Schisto, unas instalaciones al suroeste de Atenas, conviven ahora 670 inmigrantes a la espera de asilo, la mayoría procedentes de Afganistán e Irán. El director del campo, Thomas Papakonstantinou, explica que en los peores momentos "llegó a haber más de 1.250".

Pero ningún analista, ni tampoco ninguno de los ciudadanos consultados, considera que la inmigración vaya a ser un asunto clave en las elecciones del domingo, máxime después de la ilegalización -bajo la acusación de ser una organización criminal- de los ultras de Amanecer Dorado. Sus sucesores del Partido Nacional Griego no parecen tener el mismo tirón electoral.

En Sintagma, el mitin central de Syriza terminó como a veces terminan en España los actos de partidos de la izquierda radical: con bengalas, con 'Bella Ciao' a ritmo de ska y con jóvenes ondeando banderas rojas desde el escenario. Otros asistentes hacían cuentas antes de marcharse a sus casas; los más optimistas veían una opción para un gobierno de izquierdas sin necesidad de una segunda elección. "Dependerá del Pasok, el Partido Socialista, que no es socialista, pero bueno", decía con sorna Thanasis. La histórica formación levanta cabeza, como la economía griega, por primera vez en mucho tiempo; pero, como le pasa también a la economía, esa recuperación es frágil: las encuestas no le dan más de un 10% de los votos.