Cuando aún cursaba bachiller, se cruzó en mi camino un profesor de los que, sin pretenderlo, marcan tu vida y, sin apenas darte cuenta, forman parte importante de tu educación. 

Fue en sexto de bachiller, en el colegio Ruiz Mendoza. Allí nos habló (y nos leyó) Santiago Delgado poemas de Machado, de García Lorca, de León Felipe…

Nosotros éramos apenas unos adolescentes, y él un profesor recién licenciado, lleno de empuje y de pasión por enseñar el mundo de las letras y atrapar con su poderoso tono y lenguaje a sus alumnos. Cuando, en una ocasión preguntó en aquella aula cuántos de nosotros leíamos, recuerdo que sólo dos de entre 40 levantamos la mano en aquella sala atiborrada de adultos recién estrenados: mi amigo Domingo Menchón y este cronista. Escasa y pobre cifra, sin duda, cuya paupérrima sensación aún se vería acrecentada cuando defendimos entre nuestros autores favoritos, entre otros, a José Luis Martín Vigil, prolífico y vendidísimo escritor de adolescentes en aquellos mediados de los años 70.

Como el que no quiere la cosa, a lo largo de los siguientes nueve meses, nos fue deslizando el placer por la palabra de poetas y narradores desconocidos para nosotros. Estábamos a mediados de los años 70, lo que viene siendo 1975. Aquel chico que era yo entonces quedó impresionado por aquella poderosa voz de poeta llena de musicalidad y con un mensaje precioso que desprendía añoranza. Aquel profesor de literatura nos había dicho que el autor de aquellas palabras se llamaba León Felipe, y nos leyó varios poemas que le impresionaron. Qué lástima, Como tú... aquello carecía de esos enojosos ripios que ya conocía, ni siquiera contenía esas rimas que nos sonaban tan familiares en los viejos poemas que había conocido hasta el momento. Charlamos sobre ellos incluso después de la clase.

Aquel profesor debió de ver claro que el chaval estaba interesado en la literatura. Al final de la clase, para sorpresa del joven, el profesor, un principiante en la docencia, le regaló el libro, que pasó a engrosar el mínimo universo de letras que habitaba y convivía en la habitación que compartía con otros dos hermanos. Biblioteca escasa sin duda, integrada por algún ejemplar de Enid Blyton y un libro familiar de editorial Aguilar, encuadernado en piel roja y con ese papel cebolla que se doblaba a cada paso de página. A aquellos pocos volúmenes le siguieron otros. Muchos más, miles, pero aquel pequeño libro continuó formando parte de aquella biblioteca que había nacido de forma tan humilde. 

Versos y oraciones de caminante, hoy casi desvencijado, pero tratado desde hace casi medio siglo con cariño casi reverencial, continúan formando parte de mi biblioteca.