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Pasando la cadena

Cuando las cosas cambian para no cambiar

Luis Enrique da instrucciones a Carvajal | | REUTERS/ALBERT GEA

Las realidades se hacen viejas cuando pierden atractivo por no sorprender ni interesar. Como las personas, por perder capacidad de ilusionarse o imaginar. Interesan las novedades sociales y atraen quienes rearman su vida desde el optimismo, ofreciendo alternativas a lo conocido por antiguo o a lo cotidiano por rancio. Las emociones mueven el mundo.

El fútbol, como importante fenómeno de masas, no es tampoco ajeno a tales evidencias humanas. Así, en el controvertido Mundial de Qatar, interesa tanto lo deportivo como las circunstancias mundanas que lo rodean.

El hiperactivo Luis Enrique ejemplifica lo anterior, aglutinando en su poliédrica figura tantos matices como polémicas genera. Sin duda, y a falta de que gane algo con España, es el seleccionador más popular entre simpatizantes y detractores desde los ya lejanos tiempos de su referencial Clemente. Se habla más de él que de la propia selección y su apoteósico siete a cero del debut frente a Costa Rica. Hito legendario que los aficionados modernos recordarán siempre junto al gol de Iniesta en Sudáfrica, como los veteranos coleccionábamos más decepciones que glorias. Y ojalá que esa goleada tenga el refrendo de otro logro histórico para perpetuarse sin frustraciones ni victimismos en el imaginario colectivo.

El asturiano vino, se fue y volvió entre críticas de la mayoría, concitando solo alabanzas de quienes lo conocían de cerca personal y profesionalmente o de adscripción culé; querencia futbolera que nunca ha negado, llevando la contraria a leyendas que hicieron el camino inverso, del Barça al Madrid, y de postrera confesión blanca: Ronaldo, Figo o Laudrup, como ejemplos.

Nuestro seleccionador, españolísimo a pesar de algunos prejuicios y con destacada personalidad, tiene un popular programa diario en redes sociales enmarcado en otra de sus cruzadas: aversión militante contra comunicadores y medios por considerarlos anacrónicos, cuando no directamente superficiales, con cierta razón; donde habla lo mismo de fútbol que de alimentación o actividad física y de anécdotas hasta familiares. Inteligente, sabe que para enganchar a multitudes en su carro debe interesar a todo tipo de personas, más allá de su condición o aficiones.

Curiosamente, aunque también hay hipocresía, temores y postureo, es raro hallar a profesionales actuales o antiguos que critiquen sus criterios en la Selección. Y no solo eso, sino que goza de un crédito técnico solo comparable a los grandes figurones de la historia del balompié. La mayoría subraya su modo de hacer equipo, echándose toda la presión encima, y la forma en que sus jugadores le siguen, desplegando un fútbol tan alegre como técnico, esforzado y solidario, cualidades difíciles de aunar. Veremos si también es eficaz, como lo fue en su pasado blaugrana, única gloria en su palmarés de entrenador.

El fútbol no es científico ni lógico, pero sí vitalista: está cambiando al compás de la evolución social en el mundo. Y eso da un espaldarazo a la gestión de la FIFA, aun criticada justamente por corrupción en ocasiones, y de diversas federaciones o asociaciones de clubes. Llevar grandes competiciones a sitios impensables hasta hace poco, aunque comporten fastos faraónicos y abusos, ayuda a visualizar mundialmente injusticias seculares, creencias obsoletas o discriminaciones gubernativas, sensibilizando a sus ciudadanos, e impulsa este deporte para convertirlo en tan popular como en los países tradicionalmente futboleros: los europeos y sudamericanos. Esto nos lleva a otra realidad cambiante. Ya hay selecciones asiáticas, africanas o norteamericanas que ponen en serios apuros o ganan a símbolos como la argentina, alemana o inglesa. Lo vimos en pasados Mundiales y en Qatar se confirma. El fútbol se expande y reinventa para sobrevivir.

Decíamos que es el Mundial de Luis Enrique -seis huevos cena, el tío-, y si la Selección prolonga su excelente primer paso, el fibroso técnico seguirá haciendo escuela. Alemania es el primer escollo y, con suerte, nos encontraríamos a Brasil en cuartos. Sería la primera final de Qatar, pues el ganador se coronaría como favorito a la Copa del Mundo.

Analicemos. Mimbres tiene el seleccionador; no generalizo porque continuará discutido gane o pierda. Moral y unión de los jugadores, por las nubes. Optimismo razonable y la fortuna de cara; la caricatura de Keylor fue eso. Las grandes selecciones con dudas. Las pequeñas aún no llegan. Solo falta que nada se tuerza para que todo siga igual.

En definitiva, las cosas cambian para no cambiar sus esencias. Y en el fútbol, como en todo, lo que emociona genera oportunidades, caminos, adeptos y vida. Salvo enfermedad o sufrimiento irremediables, nada ni nadie quiere morir.

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