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Pasando la Cadena

Luis Enrique 'Parladé'

José Luis Ortín. | L. O. l.o.

El nuevo encaste futbolero que el seleccionador intenta cuajar genera tanta controversia como los vertiginosos avances tecnológicos en la alocada sociedad que nos lleva.

Pocos son ajenos a los cambios porque quedarse atrás desengancha. Y para esa mayoría, desengancharse inquieta más que el riesgo de desahogarnos con el ¡basta ya! del hartazgo, más que nos pese a algunos tanta ingeniería para masificar rebaños.

Nuestro Parladé , ahora parlanchín, está mezclando sangres en busca de un concepto coral futbolístico frente a individualismos, con un toque de mesianismo rayano en lo egocéntrico como único astro de la selección. Por eso, aunque empezó alabando a jugadores como Ramos en su primera etapa, ahora lleva savia casi desconocida y joven con el fin de acostumbrarlos a mirar el fútbol a través de sus ojos. Así, con Busquets de comodín, porque apenas tiene aristas, y Alba obligado, que ya le costó a uno esforzarse para destacar y al otro seleccionarlo, más la semilla blanca de Carvajal, la rojiblanca de Koke y la roja de Azpilicueta, aderezada con el gabacho Laporte; los demás son jugadores con más ansias que trayectoria y, por lo tanto, necesitados de alguien que los pastoree en busca de mejores prados.

Entre ellos destacan el canario Pedri, que puede optar a revelación del torneo, junto al trotamundos y polivalente Rodri, de raíces colchoneras e inspiración guardiolista, y el blanco balear Asensio como eterna promesa. Otros esperan reivindicar expectativas frustradas o despuntar, como Morata, Sarabia y Llorente con divisa merengue, Eric, Olmo, el pulpo Gavi, Ansu y Balde de la culé, y Guillamón, Soler y Ferrán del hierro che con los amarillos Pau y Yéremi. Y ojo con los leones Unai y Nico, con carácter para sorprender. El murciano Robert y el catalán Raya gozarán de palco distinguido.

El concepto de Luis Enrique demostró sus posibilidades en la pasada Eurocopa, hasta el punto de ser paradigma del fútbol moderno según destacados analistas mundiales, basado en un equipo de toque, dominador, presionante, abierto y solidario por encima de estrellas.

Sin embargo, para muchos, la prevalencia del fútbol académico sobre el callejero es un freno a nuestro entusiasmo. No ver futbolistas con esencias diferentes a lo que se repite como vulgar copia y pega por cualquier terreno de juego en cualquier sitio, aburre al personal. Aunque siempre hay excepciones que reavivan nuestro fuego.

Mbappé es un ejemplo. Aunque salió de la academia francesa de Clairefontaine, el virtuosismo de su juego, como el de Neymar, Messi, Vinicius o De Bruyne, e incluso el del excelso Bencema o el goleador Haaland, aunque falten en Qatar; recuerda más al chaval que imagina fútbol grande en cualquier solar del mundo que al que enseñan exfutbolistas y técnicos en las numerosísimas academias de pago que pululan por ahí. Y esos jugadores atraen e ilusionan. Futbolistas que nacen con capacidades que no se adquieren en escuelas, aunque se puedan perfeccionar. Si tienen buenos maestros, les pulen defectos a tiempo y ayudan a que encuentren su sitio en el terreno de juego, aparte de inculcarles la importancia de jugar en equipo, que tampoco es cuestión baladí.

El problema que se nos antoja sobre el liderazgo de Luis Enrique es idéntico a aquella frase atribuida a Alfonso Guerra, aunque él haya negado siempre su paternidad: el que se mueva no sale en la foto.

Es decir, que los seleccionados deben asimilar que su idea es innegociable y que la única figura es el propio seleccionador. Y eso, que es bueno para disciplinar, no lo es tanto para llevar en cada momento a la selección a nuestros mejores futbolistas. Tal circunstancia es la que genera tanta polémica a su alrededor, al margen, claro está, de su propia personalidad y de quienes solo ven el fútbol a través de sus colores o de otras cuestiones ajenas al deporte.

Sea como fuere, este es el Mundial de Luis Enrique. Si le sale bien, que todo puede ser, se erigirá como el mejor seleccionador del mundo y saldrá tan reforzado que se lo rifarán los mejores clubes, ofreciéndole contratos al nivel de los mejor pagados: Guardiola y Simeone.

Él juega a eso, de ahí su arriesgada apuesta. Si triunfa con defensa maternal y delantera roma, haciendo titulares a suplentes habituales en sus clubes, será la gloria de su particular encaste. Eso, sin contar el mérito indudable de encumbrar a jóvenes talentos.

Y si, además, transmuta mala follá en popularidad a través de su twich, apaga y vámonos, querido Faustino.

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