Horizonte de sucesos

La amenaza de la ficción

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Pedro Pujante

Pedro Pujante

Desde Cervantes la literatura se ha ocupado de explorar los límites entre la realidad y la ficción. Personajes, como Augusto Pérez, que se emancipan de su condición de ficticios o autores, como el propio Unamuno, Borges o Aira, que descienden al nivel de la ficción. Las fronteras son cada vez más tenues. A este mise en abyme se asoma Javier Moreno en ocasiones, en estas cuatro nouvelles que componen Magnífica desolación. En la primera historia, Pentimento, asistimos al juego de espejos que se establece entre un escritor que se recluye en una cabaña en el bosque y la ficción que ha escrito. Paralelismos que nos obligan a cuestionarnos el estatuto de realidad. Porque cuando un personaje de ficción duda sobre lo real, nosotros, desde el otro lado, también nos preguntamos qué es real y qué no. Esta duplicación de planos narrativos también tiene lugar en Los reinos de lo irreal y El cielo de Madrid. Los reinos de lo irreal trata de un escritor que busca el rastro de dos artistas ocultos en Chicago: la fotógrafa Vivian Mayer y el escritor y artista plástico Henry Darger. Este último, autor de una novela mastodóntica de unos quince mil folios. Dos outsiders cuya obra se fraguó en el anonimato. Moreno conjetura un improbable encuentro entre ellos y nos deleita con su metarrelato. En El cielo de Madrid, novela corta con aires de Black Mirror, un profesor recrea encuentros amorosos con una antigua alumna y amante a través de una aplicación de realidad virtual. La realidad y lo ficticio vuelven aquí a encontrarse creando un conflicto y generando una pregunta: qué es lo real. Hay aquí, como en otras obras de Javier Moreno, una indagación, una reflexión sobre la disolución de lo ficticio en lo real, de cómo la realidad es una máquina para genera ficción. Aunque la ficción, lejos de ser subsumida por su matriz, llega a (con)fundirse con ella. Ya sea a través del arte, la literatura, la imaginación o las nuevas tecnologías. Como bien señala el protagonista de esta última historia, cada vez es más difícil distinguir lo real de lo fake. Así, en un Universo habitado por copias, relatos falsos, inteligencia artificial e imágenes ficticias, ¿cómo seremos capaces de distinguir qué es real y qué no lo es? Quizá, al final, la respuesta carezca de interés. El Universo es, leemos en algún lugar de este libro, un experimento literario. En este sentido, quizá el relato más experimental sea Magreb. Un cuento largo que recuerda la escritura obsesiva de Robbe-Grillet. Un relato que agota un instante a través de una escritura recursiva: el encuentro de dos amantes en la cafetería de un hotel. Un instante que se repite una y otra vez, recreando el simulacro de lo infinito, anulando la instancia de originalidad y propiciando la probabilidad de copias de la realidad expandiéndose de un modo fractal. La memoria (como la ficción) es siempre un recurso precario que al tratar de emular lo real lo desfigura, lo altera y lo adultera. Y sobre todo, lo multiplica.

Moreno, siempre fiel a su estilo, destila en estas cuatro historias sus obsesiones: el arte contemporáneo, la literatura como forma de leer/entender el mundo y las nuevas tecnologías. Con una prosa potente, cargada de lirismo y una capacidad inusitada para generar ideas novedosas y arriesgadas, nos sumerge en fragmentos de vidas, en historias dotadas de realismo pero, al mismo tiempo, amenazadas por la gravedad de la ficción. Como si escribir y vivir fuesen sinónimos. La literatura de Moreno no busca contar un argumento (aunque hay en Magnifica desolación más argumento que algunas de sus novelas anteriores). Más bien, a través de leves tramas se montan teorías, se expresan conceptos y se generan debates. 

Magnífica desolación es una reflexión fría y bella sobre la realidad y la ficción, sobre el poder precario pero infinito de la memoria para crear historias. Y también sobre al amor, esa ficción que nos contamos para seguir con vida.