Nació en Cartagena, de familia de El Poblado de Escombreras. A los 7 años se vino a Pozo Estrecho y desde entonces se siente galileo y, sobre todo, de pueblo. Hablo de David Martínez Noguera, maestro de música, músico de oboe, aficionado al teatro y, en los últimos años, conocido por su labor de concejal en el Ayuntamiento en las labores de Cultura, Juventud e Igualdad. He querido acercarme al rincón de uno de los políticos que más consenso genera, incluso entre sus adversarios, porque, además de artistas, técnicos, creadores y gestores, también son necesarios los responsables de la Administración que sepan de cultura.

Quedo con él en la Iglesia de San Fulgencio de Pozo Estrecho, de finales del S. XVII. Subimos a la torre, desde la que se divisa todo el pueblo y el horizonte del Campo de Cartagena, y allí le hago la foto junto a la más grande y antigua de las tres campanas. Mientras hablamos, me cuenta: «Mi madre, lo primero que hizo al llegar al pueblo fue apuntarme en la Banda Santa Cecilia. Al tiempo que aprendía solfeo fui haciendo amigos, mi peña de amigos que aún conservo. Las escuelas de música y las bandas te forman también como persona y te enseñan el compañerismo y una forma muy sana de ocio y de ocupar el tiempo. Tanto me influyó la Banda que por eso decidí ser maestro de música». También me habla de la otra gran afición local, el teatro: «Recuerdo que me fichó Mercedes ‘la del teatro’ porque necesitan un adolescente como yo para salir en El orgullo de Albacete. A partir de ahí compaginé el teatro y la música. El teatro me enseñó a hablar en público, a controlar mi timidez, que yo era muy introvertido. Al director, Pepe Ros, le costó, pero me fue sacando punta. Recuerdo cuando hice Las bicicletas son para el verano y allí coincidí con Ana Belén Castejón, que también actuaba. Con el tiempo seguí haciendo papeles cada vez más importantes y llegué a dar teatro a los niños en las actividades extraescolares de los centros educativos del pueblo».

Me confiesa que con 18 años tenía una novia, que rompieron y que tuvo una depresión y crisis personal que no resolvió hasta que no descubrió que era gay, condición que no le ha dado demasiados problemas. Desde el primer momento ha sentido el apoyo de sus amigos, de su familia y del pueblo, y ahora, de sus compañeros en el Ayuntamiento y de la gente en general: «Me siento respetado y querido. Quizás la única espina que tengo clavada es con cierta parte de la Iglesia: yo me considero creyente, fui catequista de confirmación y ojalá hubiera podido casarme por la Iglesia. Lo peor es cuando te encuentras a un cura, poco ejemplar, por cierto, que te echa sin pizca de caridad cristiana. Yo sigo intentando seguir los mejores valores evangélicos y ojalá todos los curas tuvieran la mentalidad de este papa». David estuvo 10 años de relación con Jose, con el que se casó hace tres, «gracias a una ley de matrimonio igualitario que celebramos como un éxito de nuestra democracia y del amor», me dice.

Le cuento que mis amigos, colegas y artistas de toda la Región me felicitan siempre por vivir en el municipio de Cartagena, con la cantidad de iniciativas culturales de sus concejalías, y me dice: «De lo que más orgulloso estoy, en estos años de gestión municipal, es de haber descentralizado la cultura a los barrios y los pueblos. Me ha costado porque no había costumbre y he tenido que bregar con concejales y también con técnicos y funcionarios, pero creo que esto es el camino y permanecerá».

Y es imposible contar aquí todas las iniciativas y festivales cuya recuperación, potenciación o creación ha dirigido, desde el Mucho Más Mayo al Rock Imperium, pasando por el Deslinde o el Festival de Folk. Y concluye: «Sigo teniendo ideas, tareas pendientes y muchas ganas, pero tengo claro que la política es una actividad en la que siempre debes estar de paso: mi vocación es la de docente y la gestión cultural no acaba en la política». Es un amor, pero tan inteligente como buen trabajador en equipo.