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La Opinión de Murcia

Repaso cinematográfico

El orgullo de los Yanquis

Si somos capaces de olvidarnos del fútbol por un solo momento e indagamos en la historia del cine, daremos con una serie de títulos que han sabido captar de manera magistral las peculiaridades del deporte en Nueva York

El deporte es otro de los grandes atractivos de Nueva York. Si un evento de cualquier naturaleza tiene posibilidades comerciales, no tengan ninguna duda de que tendrá su espacio en esta ciudad. La oferta abarca, dependiendo de la época del año, partidos de béisbol, baloncesto NBA, hockey, American football, veladas de boxeo o el US Open de tenis. Pueden encontrarse con casi todas las disciplinas a excepción del buen fútbol, allí llamado de forma horrible soccer. La última vez que Manhattan fue testigo de un ambiente futbolístico sucedió durante el Mundial de 1994, pero la semilla no terminó de germinar y hoy en día sigue siendo una práctica poco visible entre tanto Yanqui de acero.

Si somos capaces de olvidarnos del fútbol por un solo momento e indagamos en la historia del cine, daremos con una serie de títulos que han sabido captar de manera magistral las peculiaridades del deporte en Nueva York. Antes de introducirnos en este universo hemos de advertir que el arte cinematográfico, por muchos progresos técnicos que haya experimentado, tiene una cuenta pendiente con el deporte profesional. No es un territorio fácil. Los actores, por muy camaleónicos que puedan llegar a ser, son incapaces de moverse con la velocidad y la destreza de los deportistas de élite y no se ha inventado aún ninguna ilusión óptica capaz de hacerlos totalmente creíbles.

A pesar de estos nubarrones, creo que el mundo del boxeo nos ha dado varias de las mejores películas filmadas (o ambientadas) en Manhattan. La primera que me viene a la cabeza es Cuerpo y alma (1947) de Robert Rossen. Nunca se ha presentado la isla con tanto misterio como en su arranque. Tras los créditos iniciales se muestra un campo de entrenamiento en algún lugar lejos de la civilización. Es de noche y la sombra de un saco de boxeo balanceándose sobre la rama de un árbol se proyecta sobre un ring. En la casa todos duermen, hasta que Charlie Davis despierta de una pesadilla. Mañana defiende el título de campeón del mundo, pero antes debe regresar a Nueva York para solucionar unos asuntos personales. Uno ve el rostro marcado de James Garfield conduciendo un descapotable con los rascacielos iluminados de fondo y sabe que se está adentrando en un laberinto de callejones sin salida. A partir de este momento la historia se mueve por los bajos fondos de las mafias, las peleas amañadas, las mujeres fatales y toda esa geografía que compone el género negro.

Cuerpo y alma es, además, una obra iniciática que abre la senda de otros muchos boxeadores en el cine. La manera en la que están filmados los combates de James Garfield nos conduce directamente a Toro Salvaje (1980), otro nombre sagrado más cercano a nuestra época. Scorsese supo rodear cada uno de los enfrentamientos de una atmósfera muy próxima al estado de ánimo del protagonista, como si esas fumarolas fuesen, en realidad, una radiografía del interior de Jack LaMotta. Por muy extrema que sea su violencia, impresiona ver a Robert de Niro en blanco y negro lanzando golpes al aire con la música de la Cavalleria Rusticana de fondo. Esa danza antes de la batalla tiene más fuerza que cualquiera de sus directos al mentón de Sugar Ray Robinson.

Todas estas historias nos llevan hasta el Garden, uno de los lugares mágicos de Manhattan. Es inevitable pasear por la calle 33, junto a la estación Pennsylvania, y no sentir el rugido de este coliseo de los tiempos modernos. Hace millones de años pasaron por aquí los puños de Rocky Marciano, Joe Frazier o Mohammed Ali, y aún se adivinan sus movimientos precisos y directos al alma de la ciudad. A pesar de su miticidad, el boxeo comenzó a perder peso con la aparición de Las Vegas y hoy en día la mayor parte de las veladas se celebran en el estado de Nevada. El hueco que ha generado la marcha de este espectáculo total en el Madison se llena con los partidos de baloncesto de los Knicks, el hockey sobre hielo de los Rangers y una larga lista de los mejores conciertos que se pueden escuchar en el planeta.

Pero el deporte por excelencia en Nueva York es, sin lugar a duda, el béisbol. Los Yanquis han proporcionado a los neoyorquinos más satisfacciones que cualquier éxito bursátil en el distrito financiero. Recuerdo haber sobrevolado la isla en uno de mis viajes y contemplar su estadio iluminando la oscuridad absoluta que reina en El Bronx de noche. Me pareció una maravilla, como una de esas naves majestuosas que reinan en el espacio exterior en cualquier de las entregas de La guerra de las galaxias. Yo no termino de comprender muy bien las reglas del béisbol. Hay veces que únicamente veo a unos tipos mascando chicle y lanzando bolas durante varias horas. Sin embargo, me impresiona el sonido metálico cuando el bateador acierta una de esas pelotas. Todo el estadio enmudece y los jugadores comienzan a correr a la velocidad de la luz. Hay más electricidad en ese momento que en aquella escena de El mejor (1984) donde un rayo partía por la mitad una bola de Robert Redford.

Lo primero que me viene a la cabeza cuando veo una de esas gorras con las iniciales de los Yanquis bordadas es la figura de Joe DiMaggio y la mala noche que tuvo que pasar cuando Billy Wilder decidió rodar con su mujer, Marylin Monroe, la famosa escena de La tentación vive arriba (1955). Cuentan que Joe andaba dándose cabezazos por las esquinas de Manhattan mientras un centenar de personas se acercaron al rodaje para ver las piernas de la actriz. Fue tal el revuelo levantado que la secuencia tuvo que rodarse en un estudio en California. El matrimonio no resistió mucho más y unos meses después voló en mil pedazos.

El equipo de Nueva York tiene, además, el grandísimo honor de haberle dado forma y fondo a una de las mejores películas sobre deporte jamás filmadas. El orgullo de los Yanquis (1942) nos muestra la vida de uno de sus jugadores más legendarios, el primera base Lou Gehrig. Sam Wood realiza un viaje mitológico que comienza con un chico bateando en unos descampados de Brooklyn y termina con todo un estadio rendido ante las palabras de despedida de uno de los héroes de la ciudad. Lo más admirable del metraje es ver cómo Gary Cooper va dando pasos de gigante hacia el olimpo deportivo y nunca pierde la humanidad en su mirada. Por muy grandes que sean sus éxitos profesionales, él siempre permanece en la tierra, a la misma altura que el resto de los mortales.

El último suspiro deportivo que me trae Nueva York está relacionado con el ajedrez. Aquí no pretendo discutir si el ajedrez puede o no entrar en el saco de los deportes. He analizado partidas de Raúl Capablanca o Gary Kaspárov más emocionantes que la final de un mundial de fútbol. Lo que quiero decir es que cuando he paseado por Washington Park y he visto los tableros de ajedrez he sentido la presencia de Josh Waitzkin, el niño prodigio de En busca de Bobby Fisher (1993). Mi admiración por aquel jugador loco que fue capaz de derrotar a la Unión Soviética en un puñado de partidas en el Reikiavik de los 70 comenzó con esta película. Steven Zaillian consigue transmitir las luces y las sombras del mundo del ajedrez. La manera en la que Bobby Fisher planea continuamente a lo largo del metraje la convierte en una obra cargada de misterio y es un imán para que los más pequeños se acerquen a este juego maravilloso.

Como pueden comprobar la oferta deportiva neoyorquina es impresionante. Pero el mayor placer de todos es bastante más económico que cualquiera de los eventos anteriormente citados. Haga el esfuerzo de madrugar, póngase unas zapatillas y corra por sus avenidas hasta la salida del sol. Es como entrar en un cine a oscuras y asistir a las primeras luces de una gran película. 

BOXEADORES DE PELÍCULA

Charlie Davis (Cuerpo y alma, Robert Rossen, 1947)

Charlie podría haber seguido con el negocio familiar. Sería ahora un tendero honrado, posiblemente con una bonita familia. Sin embargo, sus ambiciones le llevaron a encontrar una vida millonaria en el mundo del boxeo. Su cartera está llena pero su corazón está roto en mil pedazos. Ya lo dijo su inolvidable madre: «Hace 20 años quise mudarme a otro sitio para que Charlie creciera como es debido, pero como vivimos en la selva, él no puede ser más que un salvaje».

Toro Moreno (Más dura será la caída, Mark Robson, 1956)

Toro Moreno nunca debería haber peleado por el título mundial de los pesos pesados. Es un hombre gigantesco y torpe en sus movimientos. En sus guantes no hay ni un gramo de boxeo, pero cae en las manos de un mánager sin escrúpulos y un periodista deportivo que lo amañarán todo para convertirlo en campeón. El gran combate se disputará en las conciencias de estos tipos.

Davei Gordon (El beso del asesino, Stanley Kubrick, 1955)

Puede que Davei sea un boxeador fracasado. Tal vez no supo retirarse a tiempo o es que directamente nunca tuvo grandes posibilidades. ¿Quién sabe? Lo que está claro es que es un tipo valiente y que protegerá a esa pobre chica como si se tratase del combate más importante de toda su carrera.

Terry Malloy (La ley del silencio, Elia Kazan, 1954)

Terry podría haber sido alguien en el mundo del boxeo, tal vez el campeón del mundo. Pero su hermano, Charlie Malloy, tenía otros planes para él. Aquella noche en el Garden se presentó en su vestuario y le dijo: «Chico, esta no es tu noche. Hemos apostado por Wilson», A partir de entonces su futuro se ensombreció y terminó vagueando por los muelles. Se trata de uno de los puños más desaprovechados de toda la historia de Nueva York.

Jack LaMota, el Toro del Bronx (Toro Salvaje, Martin Scorsese, 1980)

La pantalla está en negro. Suena la Cavalleria Rusticana en un primerísimo plano. Comienzan a aparecer nombres sagrados, “A Martin Scorsese Picture”, “Robert de Niro in” y entonces vemos a el Toro del Bronx sobre un cuadrilátero dándole puñetazos al aire. Todo sucede a cámara lenta y es tan hermoso que cuesta adivinar la historia de violencia que esconden esos guantes en blanco y negro.

OTROS BRAZOS DE PELÍCULA

Lou Gehrig (El orgullo de los Yanquis, Sam Wood, 1942)

Lou descansa para siempre en el cielo de Manhattan. Su nombre tiene la fuerza de una criatura mitológica en esta ciudad. No fue únicamente su increíble carrera deportiva como primera base del equipo de beisbol. Fue su humanidad y sus aires de hombre corriente lo que lo convirtieron en el Yanqui de referencia de todos los tiempos.

Josh Waitzkin (En busca de Bobby Fischer, Steven Zaillian, 1993)

Hay un chico en Manhattan que sueña con encontrarse con Bobby Fischer en Washington Park. Se sabe sus partidas de memoria, ha profundizado en sus movimientos, los ha asimilado y comienza a jugar con esa brillantez del gran campeón mundial. Puede que Josh aún sea un niño, pero sus ojos miran al tablero con la ferocidad de los grandes genios de siempre. 

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