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La Opinión de Murcia

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Ángel González, europeísta por vocación

Angel González

Charlar con Ángel González era siempre un ejercicio de funambulismo cultural. Su fina ironía y su enorme erudición hacían que la conversación pudiera deslizarse de un tema a otro a saltos imprevisibles, un ejercicio en el que al contertulio no le quedaba más remedio que intentar mantenerse en guardia o rendirse a la evidencia de su dominio en tantos temas. Y reír. Reírse de sus constantes y brillantes provocaciones dialécticas.

Este cronista le recuerda recién aterrizado de la Universidad de Valencia, acudiendo al Cine Club Universitario de la UMU acompañado de su amigo Juan Sáez, o auspiciando ciclos de cine en el Colegio Mayor Rafael Méndez que él dirigía, en los que nos daba plena libertad a los organizadores. Catedrático de Educación comparada (uno de los primeros de Europa), comenzó sus labores docentes a comienzos de los 70. Enamorado de la profesión docente, intentó siempre insuflar en sus alumnos la pasión por la reflexión.

Ángel González Hernández también desempeñó, durante más de 25 años, una importante actividad política que le llevó a afiliarse al Centro Democrático y Social, partido por el que fue diputado regional en la Asamblea Regional de Murcia.

Desde el año 2000 militó en el Partido Socialista Obrero Español de Murcia, y el 30 de abril de 2004, fue nombrado Delegado de Gobierno en la Región de Murcia. Fue precisamente durante esa etapa cuando este cronista leyó la tesis doctoral, presidida por él. La estampa que componía aquella pareja de policías nacionales que esperaban la finalización de la lectura para trasladar al profesor González a Madrid, a una cita ineludible con el entonces presidente Zapatero, era un tanto berlanguiana. Algún colega llegó a preguntarme si la lectura se esperaba conflictiva…

Ángel fue sin duda un intelectual, un auténtico intelectual. De los de antes. De los de siempre. Intentó despertar en sus alumnos el espíritu crítico y la reflexión como valores indispensables en su educación. También la rebelión contra los prejuicios y el derecho (y casi la obligación) de discrepar. Fue siempre un fustigador del pensamiento único conservador, y como su propia esposa Anne Maríe Sarlte Gerken, afirmó en su homenaje, a comienzos de 2013: «Propugnaba el entendimiento entre los hombres más allá de cualquier tipo de fronteras».

Su amor fue la universidad. Y a ella dedicó sus últimas letras, escritas en el año 2009, en los pocos períodos de descanso que le dio su mortal enfermedad. Trayectoria pública de la universidad Europea. Así se llamó su postrer artículo. En él se vislumbraba su talla intelectual. Y su vocación universitaria sin fronteras.

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