Hace tiempo que comprendí que el cine no se termina en las películas. Hay una serie de obras que vienen con nosotros a cualquier parte. En este sentido los libros son una salvación para cubrir las ausencias que nos dejan los títulos de crédito. Yo recurro continuamente a ellos porque son el camino más corto para seguir en contacto con esos amigos y esos amores hechos de luces y sombras. Tanto es así que no estoy muy seguro de si prefiero visitar a todos estos compañeros de viaje en el televisor de casa o leerlos en papel. Con el paso de los años se han convertido en pasiones intercambiables.

De todos los tipos de libros de cine (biografías, ensayos, guiones, diccionarios…), siento especial predilección por los de entrevistas. Cuando cae uno de ellos en mis manos creo estar invadiendo la intimidad de dos personas, normalmente de dos leyendas, y los contemplo como si estuviese siguiendo una conversación desde la cerradura de una puerta, sin pestañear para no perderme ningún detalle. 

Yo supe de los libros de entrevistas, al igual que casi todo el mundo, gracias a esa maravilla llamada El cine según Hitchcock. François Truffaut fue de los primeros en apreciar la genialidad del director inglés y siempre lo defendió desde su fortín en Cahiers du Cinéma. Su pasión por sir Alfred fue más allá de los artículos y los homenajes rendidos a lo largo de su propia filmografía y en 1962 consiguió sentarse frente al maestro en los estudios de la Universal. El resultado fue una especie de cirugía a corazón abierto donde Hitchcock revelaba los secretos mejor guardados de toda su obra. Aquellos diálogos maratonianos cambiaron la forma de mirar las películas y abrieron un nuevo espacio literario en las librerías.

El equivalente en Estados Unidos de esta modalidad es Peter Bogdanovich, otro cinéfilo empedernido antes que cineasta. A él le debemos, entre otras muchas cosas, que el cine haya entrado por la puerta grande del MoMA y, sobre todo, unos libros de entrevistas a los más grandes directores de Hollywood con mención especial a los dedicados a John Ford y Orson Welles, dos fieras a las que Peter consiguió domar a punta de micrófono. Las palabras arrancadas a estos genios se consideran una parte fundamental de la historia de la cinematografía.

El gran tridente lo cierra Cameron Crowe con Conversaciones con Billy Wilder. Se trata de unas páginas cargadas de ironía en las que un Wilder nonagenario repasa su carrera. Para mí es mucho más que un coloquio en profundidad. Desprende frescura y acidez y es fácil imaginar a ese tipo risueño con gafas de pasta masticando veneno y grandes dosis del mejor humor jamás filmado.  

Es cierto que en la transcripción de las entrevistas siempre se pierde la espontaneidad de los interlocutores. Las voces se vuelven más encorsetadas cuando se transforman en escritura. Pero esta sigue siendo la mejor manera de acercarse a los mitos y de poder intercambiar unas palabras con ellos.