Dice José Celdrán que el unionense Esteban Bernal «conoce, pisa y ama como nadie la Sierra Minera». Porque le vio nacer, porque a ella debe «una irrefrenable debilidad». Así se lo supieron inculcar sus abuelos y, muy especialmente, su padre, recientemente fallecido. A él dedica la muestra que estos días –y hasta el 10 de septiembre– acogen las Casas Consistoriales del Ayuntamiento de Mazarrón. Pero no solo a estos paisajes (de evidente influencia en su trayectoria artística) atiende el artista en este proyecto expositivo, a todas luces especial. Aprovechando los dos espacios de los que dispone el antiguo edificio modernista, Bernal ha trazado un recorrido De la mina y el mar que no solo diferencia entre una vertiente más luminosa y otra más oscura de su pintura, sino que además refuerza los vínculos entre su tierra natal y Mazarrón, destino de buena parte de los veranos de su vida. Allí, el creador se siente como en casa.

Esteban Bernal sube al faro y baja a la mina en Mazarrón

La muestra, integrada por treinta y seis piezas de medio y pequeño formato –realizadas en técnica acrílica sobre lienzo y papel, a excepción de una pequeño montaje audiovisual– comienza en la Sala Alta y se centra en «la armoniosa arquitectura de los faros, piezas indiscutibles en las localidades costeras desde la antigüedad, convirtiéndose en protagonistas imprescindibles en las aciagas noches de tormenta para los hombres del mar», apunta Celdrán. Es otra de las conexiones entre Mazarrón y La Unión: no solo cuentan con las principales explotaciones mineras del sureste español, sino que ambos municipios se asoman al mar y disponen de construcciones de este tipo. Por supuesto, esta es la parte de la exposición que arroja más luz al espectadores, en una suerte de viaje al pasado, a cuando Bernal era niño y jugaba en la Playa de la Isla, en la falda del Cabezo del Puerto.

En cambio, al descender al espacio expositivo que se encuentra en los sótanos del edifico, el pintor nos invita «a que tengamos la sensación de descender al interior y oscuridad de una mina». «Aquí las inconfundibles siluetas de los abandonados castilletes nos miran desafiantes y orgullosos –explica Celdrán–. Os aconsejo que os dejéis seducir por ellos, convirtiéndonos en cómplices. Así podremos deleitarnos y escuchar bajito los acordes de alguna vieja guitarra, o los inconfundibles quejidos de un hondo sentimiento que nos aporta una taranta», señala en alusión a la fuerte vinculación de Bernal con el festival del Cante de las Minas, de quien su padre fue fundador.

Por supuesto, tanto el alcalde de Mazarrón, Garspar Miras, como el concejal de Cultura, Ginés Campillo, se muestran encantados con acoger una exposición como esta. Este último apunta que Bernal «ha sabido poner la mirada en dos elementos que se dibujan como inseparables en el paisaje que entendemos como propio y natural a nosotros. Faros y castilletes, dos verticalidades dispuestas por el hombre para ser guía y evitar la desgracia en dos mundos de extrema dureza para quien vive de ellos; el pescador y el minero, dos profesiones de alto riesgo en las que la vida se gana cada día porque saben cuándo salen de sus hogares pero no si regresarán».