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Eliodoro Puche, el poeta lorquino que ofreció, en venganza, su perdón

Esta semana se han cumplido los 58 años del fallecimiento del escritor lorquino (1885-1964), uno de los más importantes del movimiento de la bohemia en los años 20 del pasado siglo

Eliodoro, en su juventud.

El pasado 13 de junio se cumplieron 58 años del fallecimiento de uno se los poetas más importantes del movimiento de la bohemia de los años 20, Eliodoro Puche (1885-1964). De una estética epígono modernista, fue sin embargo considerado por Vicente Huidobro como uno de los más importantes poetas ultraístas junto a Prieto y Larrea, al decir de César González Ruano en entrevista al poeta americano que le hizo para El Heraldo, en el café Platerías bajo la mirada de su amigo Rafael Cansinos Assens. Eliodoro fue presentado por Víctor de la Serna en aquel Madrid de ilustración esperpéntica, al que llegó por segunda vez y para quedarse en 1916 (lo había hecho con su familia diez años antes); en una ciudad llena de aficionados al alcohol y al opio convivió el lorquino, con su aspecto desgarbado de vestimenta oscura, al que Cansinos comparaba con un ataúd puesto en pie.

Puche conoció muy pronto a Cansinos Assens, con quien hizo una verdadera y duradera amistad y con el que frecuentaba las reuniones de un sociedad masónica. También vivió la camaradería se Cristóbal de Castro, Juan José Llovet, Mauricio Bacarisse, Alfonso Camín, Manuel Verdugo, Andrés González Blanco y Alejandro Sawa, entre otros intelectuales y artistas. Antonio Espina le recordaba «formando parte de un grupo de gente conocida que daba singular estilo a la vida madrileña». Fueron tiempos de una vida de tabernas, lupanares y largas y polémicas tertulias de café.

 Rafael Cansinos Assens había creado su propio grupo tertuliano en el café de Platerías de la calle Mayor, junto a Bóveda, Guillermo de Torre, Buscarini, la ‘cagona y mala persona’ de Emilio Carrere (en palabras de Cansinos) y un jovencísimo César González Ruano. Después, Cansinos acabaría dirigiendo la revista Cervantes y acabaría en el café Colonial, en una tertulia dominguera con Adriano del Valle, Bóveda, Guillermo de Torre y Eliodoro Puche («el poeta maldito», en palabras de Cansinos), con su paisano Arderius. Tertulia por la que recalaba, cuando venía a España, Vicente Huidobro, en aquel lugar sórdido lugar de espejos desvencijados y terciopelo sucio donde criticaban abiertamente a Ramón Gómez de la Serna, del que decía Cansinos que buscaba greguerías como el que busca setas en el campo; y a Guillermo de Torre del que, hasta que no se hizo públicamente ultraísta, comentaba de él que era un muchachito inteligente pero delirante.

Gómez de la Serna se reunía con los suyos en el Pombo. Entre las macabras alucinaciones de Gutiérrez Solana y las anécdotas taurinas de José Bergamín, se asomaban todos los que vivían en Madrid o los que andaban de paso: Gerardo Diego, Alfredo de Villasana, Mauricio Bacarisse, Jorge Luis Borges, Joaquín Edwars Bello, Bartolozzi, José de Ciria y Escalante, Barradás, Pedro Garfias, Xavier Bóveda, Luis Buñuel, César González Ruano, y Cansinos Assens, por supuesto. Eliodoro Puche, con sus ojos encendidos bajo unas lestes redondas, siempre enlutado, particupaba.

El lorquino participaba en todas las tertulias incluidos los conciliábulos vanguardista del Oro del Rhin. También en el Regina, el Fornos, el Varela, y, como ya se ha dicho, el Colonial. Estos cafés se habían convertido en sedes literarias en el Madrid de aquellos años. En una de ellas, la concurrida de El Gato Negro, café modernista en la calle del Príncipe, Eliodoro asistía también a las disputas entre el tímido Pío Baroja y el audaz Valle Inclán, que ya había perdido un brazo en una pelea con Manuel Bueno en otro café, el de la Montaña. 

Por allí pasaba un buen amigo de Eliodoro, el bohemio y excelente sonetista Pedro Luis de Gálvez, que se gastaba con él la corta nómina que recibía del Cuento Semanal, siempre acompañados de artistas meritorias de los teatros madrileños. A Gálvez alguna vez se le vio pidiendo limosna en la Puerta del Sol, hasta que un escritor le contrató para que le escribiera las novelas. Pero eso duró poco.

Eliodoro terminó abrazándose a todos los ismos, gustándole aparecer por las reuniones de los utraístas, defendiendo este movimiento en una memorable intervención suya en el Ateneo de Madrid, cuyo responsable de literatura de aquella institución era el excelente escritor Antonio Espina, muy amigo siempre, y hasta su fallecimiento del lorquino Pedro Ruiz Martínez. 

El 30 de abril de 1921 participó Eliodoro con los utraístas para leer sus poemas en una velada ante un público hostil que no llegó a intimidar a los jóvenes poetas vanguardistas en lo que terminó como polémica y agitada noche literaria. Con Puche estuvieron Rafael Lasso de la Vega, Guillermo de Torre, Ernesto López Parra, Antonio M. Cubero, Francisco Vichi, Humberto Rivas, José de Ciria y Escalante, Rivas Panedes, Pérez Doménech, César A. Comet, Tomás Luque y Barradás. Inseparables de Puche eran Guillermo de Torre, Rafael Lasso de la Vega y Pérez Doménech, aunque con Juan Ramón Jiménez y con los Machado, sobre todo con Antonio, el poeta lorquino mantenía una muy buena correspondencia. También con Borges cuando aparecía por Madrid. 

En diciembre de 1921 (Nosotros, Buenos Aires) hablaba así Jorge Luis Borges del novísimo ultraísmo: «El ultraísmo lo apadrinó inicialmente el gran prosista sevillano Rafael Cansinos-Asséns, y en sus albores no fue más que una voluntad ardentísima de realizar obras noveles, un decisión de incesante sobrepujamiento». Así lo definió el mismo Cansinos: «El ultraísmo es una voluntad caudalosa que rebasa todo límite escolástico. Es una orientación hacia contínuas y reiteradas evoluciones, un propósito de perenne juventud literaria, una anticipada orientación de todo módulo y de toda idea nueva. Representa el compromiso de ir avanzando con el tiempo...».

Como ejemplos explicatorios, Borges, publica al final de su artículo cuatro poemas: el primero de Guillermo Juan, el segundo de Juan Las, un tercero es de Eliodoro Puche (por cierto, lo escribe con h); y un cuarto de Ernesto López Parra. 

El de Eliodoro se titula Epitalamio, y dice así:

Puesto que puedes hablar

No me digas lo que piensas

Tu corazón

 Envuelve

                              tu carne.

Sobre tu cuerpo desnudo

mi voz cosecha palabras.

Te traigo de Oriente el Sol.

Para tu anillo de Bodas.

En el lecho que espera

Una tosa se desangra.

Sobre el análisis de los cuatro poetas representativos del ultraísmo, Borges explica: «La lectura de estos poemas demuestra que sólo hay una conformidad tangencial entre el ultraísmo y las demás banderías estéticas de vanguardia. La exasperada retórica está lejos de nosotros. El ultraísmo tiende a la meta primicial de toda poesía, esto es, a la transmutación de la realidad palpable del mundo en realidad interior y emocional». En relación con esa relación de vanguardismo poético, y en entrevista de Ángel Cruchaga a Vicente Huidobro sobre ¿qué poetas españoles de hoy son creacionistas? éste contestó: «De los poetas jóvenes de España, los más interesantes sin duda alguna se han acercado a nuestro grupo. Ellos son aún desconocidos en América, pero no por ello sus obras dejarán menos importancia. Son estos: Ramón Prieto, Eliodoro Puche y Mauricio Bacarisse». Poco después, en 1921 un grupo de escritores e intelectuales mexicanos, en La Puebla pegaron un texto reivindicativo en nombre de la nueva poesía. Y allí escribieron también el de Eliodoro Puche, en aquel internacional directorio de la poética de vanguardia.

En Madrid vivió el poeta lorquino en la calle Luna, hasta la muerte de su padre, en 1928. Publicaba sus artículos, cuantos en poemas en La Esfera, Nuevo Mundo, Los Quijotes, Grecia, Ccosmópolis, Ultra o Cervantes, y hacía algunas traducciones para la editorial Mundo Latino, sobre todo de Rimbaud y Baudelaire, siendo muy importantes las que hizo de Verlaine que, además y en aquellos momentos, eran de las primeras traducciones que podían leerse en castellano. Del poeta simbolista decía Eliodoro, con aquella risa hueca que terminaba en risotadas infantiles: «Sólo los bebedores, como él, podemos traducirlo. No se puede traducir a Verlaine sin estar bebido. Y cuando más bebido, mejor traducción. ¿Y el diccionario? El vaso de vino, ese es el único diccionario que resiste al maldito Verlaine».

El poeta de Lorca nunca despegó de esa bohemia, que era una filosofía también, una creencia. Y aquella malditicidad de Puche Felices, en el sentido verleniano (no solo distinto sino desarraigado, raro, paralelo a su vida), le señala también como como un poeta de los amigos de Baco.

En Madrid el poeta tuvo una amante. Tal vez la única: Aurora Güilmain. Al decir de él mismo en su carta-prólogo de su Marinero de amor (libro dedicado a Aurora) estaría con ella en su casa varias veces mirando desde su ventana la luna de Madrid, mientras Aurora le cantaba guajiras, acompañada de una guitarra. No creemos, y desde luego no sabemos, que Eliodoro tuviese con Aurora relaciones más allá del amor poético. Tampoco creemos lo que se decía de él y no se ha podido verificar nunca: que tuvo un hijo del que nunca quiso saber nada.

De otra parte, como a Eliodoro, a Cansinos le gustaba trasnochar y siempre sin un duro. Eliodoro se gastaba lo que le mandaba su familia y las publicaciones que le pagaban, lo mismo que a Cansinos, que le daba por estudiar y escribir y que se escondía para traducir y hacer estudios sobre lengua y literatura rabínica. También se sabe de su amigo Cansinos que era recatado pero que le gustaban mucho las mujeres. Siempre tenía sus manos dentro del escote de las señoritas del Continental. Le gustaban desde pequeño. Siendo niño ya tuvo una amante: con trece o catorce años mantenía relaciones sexuales con una criada que iba por su casa. Juntos, él y Eliodoro, tomaban pernaud y absenta. Lo dejaron porque provocaban alucinaciones y ya tenían bastante con el alcohol, sobre todo el vino. También les gustaba frecuentar los prostíbulos con Cansinos, sin mucha publicidad. 

Vivió Eliodoro la bohemia madrileña hasta que regresó a Lorca cuando murió su padre, en 1928. En Lorca fundó El Pueblo, órgano del Partido Radical Socialista, al que pertenecía. Su madre murió en 1938. Y después, ya se sabe: el golpe de Estado franquista contra la República y la Guerra in(Civil). Eliodoro acabó en las cárceles de Lorca, Murcia y Totana. Su hermana Estrella, en las visitas que le hacía a la prisión, le llevaba algo de comida y noticias. Así, pudo enterarse de que habían fusilado a su amigo Pedro Luis de Gálvez, que al decir de Eliodoro era Don Latino en Luces de Bohemia, de Valle (también se dijo en algún momento que Eliodoro era Max Estrella, pero de ambos casos no hay evidencias científicas). También supo por Estrella que su amigo Cansinos estaba en un ‘exilio interior’ en Madrid, rodeado de pájaros y perros. La guerra los trató mal a todos y los había dividido, quitándoles toda esperanza, si alguna vez la tuvieron. La malditicidad se cebó en Eliodoro Puche por motivos políticos también. Cuatro años de cárcel y muy vigilado, él y la puerta de su casa.

Eliodoro, en la cárcel, terminó «Las alas en el aire», «Carceleras y romances», «Elegías y otros poemas», y «El marinero de amor». Una mañana de mayo de 1943 se despidió de sus compañeros de prisión, con cartas para familiares y novias. No obtendría la libertad definitiva hasta 1947, aunque, condicionalmente, saldría de la cárcel. 

Pero para Eliodoro Puche Felices no habían terminado aún todos los pesares de aquella guerra terrible y sus consecuencias. Y pudo ver cómo se impuso el miedo escenificado, con insultos, amenazas y gritos en lugares públicos, también los familiares de los llamados ‘rojos’. Las detenciones , arrestos y torturas eran diarias. Mucha gente se ofrecía como confidente, porque a cambio recibía tranquilidad política, confianza del sistema. En aquellos momentos donde todo era sospecha, las denuncias se convertían en un salvoconducto. Con aquel ambiente en España, en los pueblos se hacía aún más difícil, y más complejo por lo peligroso que resultaba para intelectuales y artistas. Todo era control para cualquier intelectual, también para él.

Y en 1959 fueron a visitarle a su casa de Lorca Manuel Alcántara y César González Ruano. Después, poca cosa: un artículo de Ruano en Abc, y una extraordinaria referencia y recuerdo de Martínez Corbalán, con artículos en varios diarios de Madrid. Y por Eduardo Rizo y las informaciones que sobre Eliodoro filtraba a sus amigos periodistas y artistas su amigo Pedro Ruiz Martínez en la tertulia que tenía en el Café Lyon de la calle de Alcalá con Marcial Suárez, Armando López Salinas, José Planes, Paco Rabal y Antonio Espina.

En 1961 un grupo de amigos, y el Círculo Cultural Narciso Yepes, con Paco Ros a la cabeza, publicaron el último libro en Lorca, Poemas inéditos. Y amigos, músicos, poetas y pintores se reunieron con él en Radio Popular de Lorca para ofrecerle un homenaje de amistad. Elidoro ya estaba enfermo, un avanzado cáncer de laringe le hizo dejar de salir a la calle y caer peligrosamente enfermo. Siempre le recordaremos con una barba y la melena ya muy blancas, sentado en su despacho o alguna vez, si iba con Pedro Ruiz o Ambrosio Mulero, su amigo íntimo, y Atanasio López Pascual en el Mayor, tomando un café.

El día 13 fallecía Eliodoro, siendo junio de 1964. Al entierro del día 14 sólo una docena de personas estaban en San Patricio despidiendo su cadáver.

Había fallecido el poeta más importante de la Región de Murcia. Se iba extrañando esa parte que ahora no elogiamos, porque se trataba de un hombre total como poeta y como persona. Pero un grupo de jóvenes pensaron en recuperar su memoria, su poesía y su grandeza total. Y así lo hicimos. Fue enterrado unos años después en un nicho propio que ahora comparte con su hermana Estrella. Se han publicado recientemente las obras completas de nuestro gran poeta, se hará un Congreso Internacional en septiembre de este mismo año y habremos dejado su imagen con la misma fortuna de cualquier persona amada y querida por todo un pueblo, como un poeta que es lo que realmente era Eliodoro Puche Felices. Poeta agridulce, bohemio, lunático, clásico y romántico y maldito, como él mismo proclamó:

Vosotros sois mis hermanos,

Los malditos, los inquietos,

Los que no tenéis secretos,

Los tristes, los saturninos; 

Los que designios arcanos

Os dieron un mal destino,

Los que errasteis el camino,

Los hijos de la desgracia…

¡Condenada aristocracia 

del opio, el amor y el vino!

Y terminamos con aquellas palabras que le dedicara a su poética Rafael Cansinos Assens: «Y si el gesto aparente de esta poesía es huraño, como de hombre malhumorado y recio, su alma verdadera es ingenua, sencilla y afable como la de un niño». Tan inescrutable bondad personal, y tan niño de sentimientos que, finalmente, perdonó a los que, algún vez, le causaron mal. Les perdonó en vida; y en poesía, también:

… A todos os perdono:

A los que me habéis hecho 

mal voluntariamente  

y a los que no quisisteis impedirlo

pudiendo hacerlo,

y me debíais el bien que hice por vosotros.

Os perdono porque no comprendísteis

Que necesitaríais algún día

Que se os perdonara.

Por el mal que me hicisteis

Yo os doy, en venganza, mi perdón.

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