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Senza Fine

La crítica cinematográfica

La crítica cinematográfica ocupa un lugar de preferencia entre mis lecturas. Para mí siempre será un cruce de caminos entre el cine y la literatura, dos pasiones inseparables. Afortunadamente sigue siendo una práctica muy extendida en los periódicos y casi cualquier día de la semana se pueden encontrar análisis de los estrenos o, mucho mejor, de los clásicos del pasado. Si esto no es suficiente, tenemos las revistas especializadas y los libros que son unos compañeros para toda la vida.

La crítica española goza de una larga tradición. Yo me inicié con los artículos de Carlos Boyero en El Mundo y después en El País. Me parecían unos textos cargados de ácido sulfúrico al mismo tiempo que sentimentales, y me sentía herido de muerte cada vez que disentía de uno de ellos. Más tarde fui ampliando el horizonte y descubrí un universo formado por Torres Dulce, Miguel Marías, Terenci Moix, Rodríguez Marchante o Cabrera Infante (este último a ritmo cubano). Todos ellos poseen estilos muy distintos, pero comparten un entusiasmo desmesurado por las películas y consiguen transmitirlo. Aún no he descubierto una manera mejor de iniciarse en el cine que a través de sus escritos.

Aquel mundo hermético de cinéfilos de primera línea terminó abriéndose y hoy en día, a juzgar por la actividad de Twitter, parece más asequible. Cualquiera puede crear un espacio cultural en internet y darle rienda suelta a su ingenio. Una parte de esta nueva generación de la crítica apunta en la dirección correcta. Sus textos ofrecen una buena proporción de análisis cinematográfico y opinión (en este oficio no se puede pasar de puntillas por las películas). Pero a pesar de este resurgimiento, observo una cierta decadencia. Este declive no tiene nada que ver con los gustos de los críticos, es un mal exclusivo del lenguaje utilizado.

Anda uno atrapado en una atmósfera de cine durante varias líneas. La escritura es deliciosa y va tocando a varios de los más grandes, pongamos a Ford o a Wilder, y de repente te tropiezas con la palabra ‘cinta’ como sinónimo de película. A partir de este instante la magia se rompe y ni los besos de Hitchcock te devuelven al estado original. Otro tanto sucede con ciertos adjetivos. No hay nada tan horrible como encontrarse con que una obra es ‘imperdible’. Yo aquí siempre me acuerdo de esos broches punzantes que mi madre guardaba en su costurero. En otra liga andan los atributos desmesurados («el papel de su vida», «obra maestra de nuestro tiempo», «no dejará a nadie indiferente»), seguido de las famosas estrellas calificativas, tomadas siempre a la ligera, sin el poso necesario. No nos están contando nada y todo suena a hueco en un texto presuntuoso.

No es esta una enfermedad única de la crítica. En algún momento dejó de interesarnos la forma y ahora sus consecuencias llegan a todos los rincones. Seguramente los periódicos que usted lee por las mañanas hayan sido de los primeros en dar por perdida la batalla por la excelencia.

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