Hay libros totales, que aspiran a contenerlo todo y cuyo mérito reside en abarcar, de un modo más o menos sistemático, un conjunto de contenidos que señalan, conectan y hasta delimitan un universo concreto. Libros como Rayuela, de Cortázar, Ulises, de Joyce o Abisal, de Álvaro Cortina Urdampilleta. Sin embargo, en el otro extremo del espectro literario, encontramos libros mínimos, leves y no por ello menos gozosos. Pequeñas obras de arte que sin aspirar a convertirse en museos generales condensan, en pocas páginas, saberes y hallazgos fabulosos. Y ese es su valor: la levedad y la falta de rigor o solemnidad.

Es el caso de este pequeño tratado titulado Metafísica del aperitivo. Un arte, el aperitivo, de lo mínimo y de lo trivial o, como diría Paul Morand, «la oración de la tarde de los franceses». Aunque el aperitivo es tan solo el centro temático de este librito por el que orbitan otros temas variados en forma de divagaciones. En este sentido esta Metafísica es un canto festivo, lúcido e inteligente a la vida contemplativa, al ahora; que aboga por detenerse un instante para saborear nuestra existencia y vivir el presente para olvidarse del futuro.

Pero no cae el autor en un ejercicio vacuo de frases ingeniosas o de consejos vitales grandilocuentes o trillados. Diría que este libro está en las antípodas de uno de esos tostones de autoayuda. Su propuesta está colmada de intenciones, es cierto, pero su defensa de la embriaguez (la cual se toma en serio) es más una búsqueda del trance espiritual e intelectual que un mero gesto de esnobismo o didactismo barato. Se apropia de frases de terceros mostrando un derroche de cultura y recreándose en un juego intertextual que recorre a autores del no, como Kafka, Erasmo de Rotterdam o Pessoa. Un no como protesta ante el mundo que avanza imparable. Es decir, un no bartlebiano o vila-matiano.

El narrador se sienta a tomar el aperitivo y, a medida que se emborracha, realiza un breve repaso a la historia cultural de aperitivo. Más tarde despliega un catálogo de escritores aficionados a la bebida y de paso reflexiona sobre mil y un aspectos de la vida: los silencios, el otro, la soledad o la posteridad. Un pensamiento volátil que nos alecciona sobre los placeres de lo mínimo.

Stéphan Lévy-Kuentz arroja, en este breviario modernista, su filosofía de lo inmediato para demostrar que la vida es demasiado intensa para no detenernos a vivirla. Porque el aperitivo es una suerte de comunión con la religión del placer, una liturgia laica del hombre urbano. Un sacramento cotidiano e irrenunciable que nos convoca, en los momentos de ocio sagrados, a elevar nuestras copas para brindar por el instante.

Un libro para ser bebido a sorbos, escrito con belleza lúdica y feroz lucidez.