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La Opinión de Murcia

Entrevista

Gloria G. Durán: "Lo eminentemente español aquí es el humor absurdo"

La autora madrileña visita esta tarde la librería Libros Traperos de Murcia para presentar su último trabajo, Sicalípticas: El gran libro de la sicalipsis y el cuplé (2021), en el que repasa la historia de estas «diosas del placer y reinas de templos de varietés»

La investigadora Gloria G. Durán. L. O.

Gloria G. Durán afirma que «la búsqueda de nuevas palabras» que se dio en la Edad de Plata española por parte de músicos y cupletistas «excede por absoluta goleada al punk». La investigadora madrileña se refiere a las sicalípticas, punta de lanza de un movimiento «sin manifiesto ni revista» que libró la batalla para crear un mundo nuevo. Nuevo y menos aburrido. En Sicalípticas: El gran libro de la sicalipsis y el cuplé (La Felguera, 2021), Durán arroja luz sobre el eterno tira y afloja nacional. Las dos modernidades: «La de salir a la calle a ver qué pasa y la de vasito de agua y, a las diez, a la cama». Lo presenta esta tarde, a las 19.00 horas, en la librería Libros Traperos (Murcia).

 

Dice que todo empezó con un encargo de Servando Rocha, de La Felguera. Querían que siguiera escribiendo de la Baronesa Dandy, pero usted «ya estaba en el cuplé». ¿Cómo llegó?

Gracias a mi madre, que un día me recitó una copla de tal modo que me pareció un poema dadaísta. Dijo: «La casa se bambolea con ese peso fenomenal y pitan las chimeneas como los barcos en altamar». Esa fue mi puerta de acceso. De allí pase a descubrir la riqueza del cuplé y la maravilla de las cupletistas. De algún modo, me resultaron las verdaderas dandis patrias. Son mujeres que se inventan a sí mismas, con infinidad de modos de ser; mujeres que resultan novedosas hasta para ellas mismas.  

En los albores del punk se decía que para muchos jóvenes aquellas canciones eran la mejor forma de saber qué estaba pasando, como un telediario. ¿Pasó algo así con el cuplé en España?

De hecho, creo que cuando pasó realmente fue con el cuplé. El punk tiene más de literatura que de realidad. La cantidad ingente y bestial de canciones, cancioneros, letristas, músicos y cupletistas en busca de nuevas palabras que se dio en toda la Edad de Plata excede por absoluta goleada al punk. Fue brutal, de verdad. Cuenta José Alfonso en su libro El Madrid del cuplé: recuerdos pintorescos que los letristas iban con un bloc, se perdían por los bajos fondos, apuntaban y, al día siguiente, una cupletista repetía eso que habían escuchado en algún teatro. No hay más que escuchar las letras, por ejemplo, de Carmen Flores para darte un paseo por Lavapiés, por la calle Provisiones (Mi debilidá), por Peñuelas (La chalá) o la mítica Tribulete, la de la plazuela (El suicidio de la Balbina). También la inflación, los nuevos sindicatos, los anarquistas que invadieron Madrid tras el ‘17, cambios de hábitos en las comidas, modas nuevas..., y siempre con mucho cachondeo y la peor doble intención. 

Pero es interesante lo que dices del punk. A mí me encanta el punk, pero parece que los punks tienen cierto acuerdo (muy dandi también) de ir en contra absolutamente del sistema. El cuplé es más complejo: hay algunos extrarreaccionarios, otros muy gamberros..., pero como nunca sabes si van en serio o te están tomando el pelo, o dicen exactamente lo contrario a lo que pronuncian, pues quedas un poco cual tentetieso. Son fascinantes por eso, porque una nunca sabe.

Es extraño cómo en un país como este, tan dado al malditismo y la barbarie, cualquier movimiento cultural que haya tenido una de sus bases en el humor, que suele aligerar esas cargas vitales, se ha visto con recelo.

El otro día hablaba de los Disparates de Goya, una de mis grandes obsesiones, y llegaba a la conclusión de que allí no solo se inaugura el humor absurdo, como afirma Mery Cuesta, sino que se certifica que lo eminentemente español, lo que nos caracteriza, es exactamente ese humor absurdo, un humor que es algo grotesco, altamente desorientado, que está fuera del tiesto, irracional, loquísimo, desdibujado, crítico, irreverente, valiente y vanguardista. Como si en los Disparates, que son la serie menos estudiada de Goya, quedase atrapado el alma de nuestro país. La contradicción es que parece que nos negamos a mirarnos a la cara, que nos escabullimos de nuestra verdadera naturaleza. Todo lo que se sale de la lógica lo escondemos. Se ha generado una idea de lo que nos es propio muy diferente a lo real...

¿Por qué? 

Pues yo no te lo sé decir, pero cierto es que esa cultura –que ocupó casas, calles, tupis, bares, cafés y tabernas durante cuarenta años– fué erradicada del imaginario popular, siendo, como digo, nuestra propia naturaleza. Y ahora tratamos de reconstruirla imaginando que no debía ser un mundo tan diferente al que habitamos.

Bajo esa pátina de humor de las sicalípticas se percibe una forma de estar en el mundo. El hecho de que lo suyo tuviera mucho más que ver con la galantería que con la pornografía, como postula usted, las hacía aún más incómodas. 

Digamos que atraía y repelía a partes iguales. Tengamos en cuenta que es un fenómeno cultural complejo. Podía espantar, pero daba mucho dinero. Y..., bueno, la cosa se fue adaptando a lugares, tiempo y públicos. Y una misma palabra se usó para adjetivar muchas cosas. Incluso te diré que no hay un consenso claro entre los estudiosos. Yo tengo mi versión que estoy segura que no comparten muchos estudiosos del cuplé: para mí, la sicalipsis es una actitud y tiene más que ver con el lugar que ocupas en la construcción de tu personaje público –y quizá también privado, pero no siempre–, que transita esa finísima línea que separa lo epatante de lo intolerable. Volvamos al punk, ‘Juanito Podrido’ [Johnny Rotten], por ejemplo, transita esa línea: es impresentable pero le invitan a entrevistas. Las cupletistas son algo así: están en ese equilibrio inverosímil, pero eran toleradas y amadas. Claro está que a Unamuno todo esto le daba un pasmo, pero es que ser catedrático en Salamanca y señoro serio y formal y amar la sicalipsis era algo mucho más allá de lo que su imagen pública podía permitirse... Además, nunca olvidemos que para muchos España debía ser recobrada y en formato extra machote, esto es, ensalzando las masculinidades hasta parecer una broma (una broma que ha durado demasiado tiempo, por cierto). 

Dice que en ese enfrentamiento con intelectuales como Unamuno había, de base, un debate sobre dos formas de entender la modernidad: el de «salir a la calle a ver qué pasa» y el de «vasito de agua y a las diez, en la cama». ¿Tiene ese debate hoy sentido?

Completamente. Todo sigue siendo muy parecido. Si aplicamos esto a la idea que tenemos de las mujeres creo que se ve muy claro. Ese rigor con el que se construye en el debate público a la mujer que madruga y se va a trabajar, y es seria, responsable, la ama de casa perfecta, madre abnegada y todo esto, no daría cabida, ni por asomo, a la constelación de estrellas del cuplé. Vaya, salvando las distancias, una Bad Gyal, una Bea Pelea, una Zowie, o incluso una Rosalía no podrían adaptarse al molde de esa perfeccionada mujer moderna... ¿Qué pasa, que la modernidad de unas y de otras es diferente?, ¿o es que las cupletistas contemporáneas no entrarían en los estándares de ‘mujeres modernas de rigor marcial’? Yo creo que el debate público está muy desaforado, y a veces parece que Unamuno ha salido de su tumba y con todo lo moderno que era –moderno de vaso de agua y en la cama a las diez– está dando ideas a mucha gente. La cuestión es que estamos en tiempos de urgencia. Cuando Goya hizo los Disparates (1814-1823) era un tiempo de urgencia, los tiempos del cuplé también fueron tiempos de urgencia (1893-1936), y creo que ahora estamos en un momento de urgencia. Y la historia es cíclica y se repite una y otra y otra y otra vez. 

Habla de artistas totales que tendrían cierta correspondencia con Bad Gyal y Rosalía. ¿Diría que son herederas directas o simplemente hay elementos reconocibles de las sicalípticas en ellas?

Son figuras liminales, que habitan las fronteras de la corrección política, que están siempre mutando para adaptarse a ese equilibrio inverosímil, que hablan de lo que les pasa en su vida cotidiana... Son paradójicas y a veces casi imposibles. Hacen lo que les gusta y cantan a lo que hacen, y a lo que no hacen. Cómo ligan, cómo aman, o cómo no aman, cómo se drogan, cómo viajan, cómo visten... En el caso concreto de Rosalía, ella es una artista que mezcla referencias de mil lugares, por lo que se hace absolutamente inasible, pero sí, me parece que hay algo en esta explosión de cantantes, estrellas y heroínas de una nueva modernidad que las convierte en herederas directas de aquellas que cantaban a lo que sucedía con altas dosis de insinuación (a veces verde, a veces color del fuego y a veces de un intolerable rosa chicle).

Dice que este movimiento muere fundamentalmente con el estallido de la guerra, en 1936. ¿Hubo algún repunte colectivo, por ejemplo, en la Transición, o solo artistas puntuales?

Bueno tras el éxito de El último cuplé (1957) hubo un repunte bastante interesante, pero que mostraba solo una esquinita del fenómeno cultural complejísimo de la sicalipsis. Y ya en los setenta quizá La Ondina, o todo lo que sucedía cada día en El Paralelo. Pero poco más. 

La base de su tesis es que a principios de siglo, las sicalípticas fueron miles. ¿Fue un fenómeno fundamentalmente capitalino?

No. Serge Salaum nos da cifras por toda España increíbles. Muchísimas salas, teatros, teatruchos, bares, cafés cantantes... En todas las provincias, en cada rincón. Claro que Madrid y Barcelona se llevan la palma, pero eso es algo que ocurre siempre. ¡Y no solo España! Urbes nuevas, nuevos ocios urbanos, nuevas sociabilidades... Estábamos inventado un mundo nuevo.  

En la época, Gómez de la Serna rehuía la etiqueta de vanguardista y abrazaba la de ‘porvenirista’, declarando que aquí todo llegaba tarde. ¿Sigue sin tener sentido hablar de vanguardias en España?

Tuvimos nuestra vanguardia. Leve y más comedida, posterior y todo eso. Pero la había. Pero a mí el porvenirismo de Ramón me va muy bien, pues obvio es que las cupletistas no fueron vanguardistas (ni eran grupo, ni tenían manifiesto ni revista, solo tenían, eso sí, muchos muchísimos escándalos), ahora bien, fueron porveniristas a tope, eso sí que sí.

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