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La Opinión de Murcia

Cien años de 'Desolación', 1922

Gabriela Mistral, el tiempo de la tristeza

Chilena, fue diplomática, profesora y poeta.(1889-1957). Recibió el Premio Nobel de Literatura en 1945. Permanece en una fotografía donde parece que escribe o lee, abstraída, seria o rígida, también con los ojos entornados. Siempre lejos de sí misma, como si ocultase algo, como si se quisiera escondida

Gabriela Mistral. Archivo

De Gabriela Mistral quiero recordar uno de sus libros, aparecido cuatro años después del final de la Primera Gran Guerra con millones de muertos, que abrió el signo trágico del siglo XX y sus revoluciones, y acabaron con aquel mundo, abriendo las puertas de una crisis permanente que transformaría de raíz la función de la mujer en la sociedad.  

Aquellos primeros 20 soportaban el peso de todos los muertos. T. S. Eliot estaba escribiendo La tierra baldía, recordaréis: «Abril es el mes más cruel, hace brotar/ lilas en tierra muerta…». César Vallejo, Trilce, también sus primeros: «Quién hace tanta bulla y ni deja / testar las islas que van quedando…». Un libro donde quiere llevar la palabra hasta el límite, para que todos sepan que este mundo no es una burbuja gozosa, sino un peso que cae sobre el cuerpo y sobre el alma.  

El mismo año que Gabriela publica Desolación, 1922, aparecen La tierra baldía y Trilce. Los tres han cumplido cien años, los tres tienen conciencia del dolor, de la soledad, la frustración, la convalecencia. El hombre y la mujer son seres heridos, tanto en la carne como en el espíritu, seres que buscan, se buscan.

Eliot presenta la cotidianidad, como si se tratase de un recuerdo, las lecturas, la rutina; la repetición a veces se convierte en un calmante. ¿Gabriela transforma en fervor su frustración? Reviste su pasión carnal. Cristo se convierte en un dolorido poder ser contra todo convencionalismo. Un modelo, un ejemplo, que se vela y se devela. No hay hipocresía ni simulación, sino experiencia.

Gabriela, nacida en una familia humilde, lejos de amigos influyentes, dotada de una inteligencia superior, creativa, tanto para la poesía como para le enseñanza, en la que hay que romper con tantas autoridades: ya sea lo que siempre se ha hecho, la memoria, el examen, el castigo, la repetición hasta el cansancio. Y, todo ello, sustituirlo por una relación afectiva, el amor al trabajo, lo bien hecho, no el premio, pero sí la satisfacción de dar por terminado algo, hacerle ver al alumno que todo puede estar a su alcance, romper con los compartimentos estancos de las clases sociales, de los centros excluyentes.  

PEDAGOGÍA Y POESÍA

Dice Gabriela: «Enseñar siempre: en el patio y en la calle como en la sala de clase. Enseñar con actitud, el gesto y la palabra».

Sobre esta enseñanza es oportuno agregar las palabras que años más tarde le dedica a Carmen Conde en el prólogo, septiembre de 1933, Madrid, para su libro Júbilos, 1934, de Ediciones Sudeste. Hay en él un texto garante de la unión Poesía y Pedagogía que define la inquietud de esos años, cuando se propone la cultura como componente efectivo en la transformación de un país, dice así: 

«Carmen Conde está casada con un poeta, Antonio Oliver Belmás. Ambos han creado en la Cartagena levantina la Universidad Popular, y trabajan en ella con una doble pasión de maestros y poetas. Este casamiento de Pedagogía y Poesía, que los profesionales suelen no aceptar ni tener por válido, yo sé que es de las mejorcitas alianzas y de las más serviciales. La Poesía significa, entre otras cosas, un sostenido nivel azuzado de pasión, y la Pedagogía padece de una tal sequía, de unos tales peladeros de aridez que atravesándolos las pobrecitas criaturas echan de menos, de día a día, el agua de la vida, la buena agua que nutre jugando, puerileando; el agua que sí da los sulfatos, hace también las nubes».

TIERRA DE LA VERDAD 

Gabriela Mistral siente una pasión, una sexualidad que muchos no ven. Trataré de mostrar esas ambigüedades que no lo son tanto en sus textos. Porque la poesía se convierte en la tierra de la verdad y en ella no se puede mentir. Desterrada, ajena, aunque con la certeza de que se puede ser distinta. La culpa calderoniana que carga sobre el católico es algo universal, tiranía de la que Cristo nos liberó.  

Juan Miguel, conocido como Yin Yin, nacido en Barcelona, 1925, cuya madre biológica fue Gabriela, pasa como su sobrino e hijo adoptivo, que apenas convive con la madre, porque ella anda de aquí para allá. Cuando definitivamente se reúnen en Petrópolis, en 1943, ahora es la otra guerra, donde coinciden con Stefan Zweig, cuando siendo un muchacho de diecisiete años, se suicida. En la nota que deja dice que no ha sabido vencer, que quizá exista otro lugar donde vivir sea más fácil. 

Frente a una poesía luminosa, serena, como un mar tranquilo, Gabriela Mistral compone su visión trágica, expresionista, resultado estético y moral de aquella primera gran guerra que había cubierto de luto el mundo, no distorsiona la realidad que describe, sino que muestra el alma dolorida, el sufrimiento definitivo instalado sobre las familias. 

Entre tanto el mundo poético, recién salido de un modernismo de parques exóticos, cisnes, princesas, se inclina por las vanguardias. El Futurismo ha mostrado su entusiasmo por las máquinas, esa vida que parece más consistente que la propia, sin sentimientos que entorpezcan la toma de decisiones, que pronto se declara afín y cooperante del fascismo. Está a punto de aparecer el Surrealismo que explorará el otro continente de los sueños, la abolición de la razón, rompe con prejuicios ancestrales, se impone la juventud, mientras el mundo parece condenado a una alienación sin remedio. 

Sin embargo, la poesía de Gabriela Mistral trenza sus versos a la manera clásica, rima asonante y consonante, se inclina formalmente por sonetos y cuartetos. Se mueve entre alejandrinos, endecasílabos, eneasílabos, octosílabos, también utiliza los versos de siete y seis sílabas. 

UN LIBRO TRISTE

Desolación es un libro triste. Su primer poema, a modo de prólogo, El Pensador de Rodin contextualiza aquellos primeros años de posguerra: «el Pensador se acuerda que es carne de la huesa, / carne fatal, delante del destino desnuda, /carne que odia la muerte y tembló de belleza». Termina con este verso: «crispados como este hombre que medita en la muerte». La carne, la huesa, la muerte corresponden a una atmósfera de víctimas. Tras la Gran Guerra todos habían perdido algo. 

Fundamental la presencia de un Cristo en la Cruz, el de las venas vaciadas en ríos. El diálogo con quien se ha sacrificado por todos: estas pobres gentes del siglo están muertas. Parece que el tiempo hubiese llegado a su final, que hemos sido abandonados en un mundo donde la alegría ha sido desterrada. La poeta se siente cómplice: «¡Odio mi pan, mi estrofa y mi alegría, / porque Jesús padece!».

Se trata de un Dios humano, unamuniano, a imagen del hombre creado. Quizá el poema que mejor lo representa sea El Dios triste: «Y en esta tarde lenta como una hebra de llanto/ por la alameda de oro y de rojez yo siento/ un Dios de otoño, un Dios sin ardor y sin canto/ ¡y lo conozco triste, lleno de desaliento!». El texto concluye con estos versos, oración y epifonema, que reconocen su grandeza, pero atribulado y vencido: «Padre, nada te pido, pues te miro a la frente/ y eres inmenso, ¡inmenso! pero herido». 

INTERROGACIONES Y COPLAS

Con carácter premonitorio el poema Interrogaciones, enciende la luz que ilumina un territorio apenas explorado, basta con leer el primer verso: «¿Cómo quedan, Señor, durmiendo los suicidas?». Su primer novio, Yin Yin, y el padre de Doris Dana, su compañera estadounidense, se suicidaron, circunstancia que las une en esa realidad imprecisa, fantasmal, dudosa. Las sucesivas interrogaciones ofrecen un mundo inestable, nada es seguro; sin embargo, la poeta se niega a llamar justicia a los hechos y los transforma en amor. 

En Coplas alumbra esas relaciones que con el tiempo se irán desvelando: «Yo no tengo otro oficio/ después del callado de amarte, / que este oficio de lágrimas, duro,/ que tú me dejaste». Muestra situaciones íntimas: «¡Tengo una vergüenza / de vivir de este modo cobarde!/ ¡Ni voy en tu busca/ ni consigo tampoco olvidarte!».

OSCURIDAD

En El amor que calla define su amor: «Si yo te odiara, mi odio te daría/ en las palabras, rotundo y seguro; / pero te amo y mi amor no se confía/ a este hablar de los hombres, tan oscuro». ¿Por qué esa oscuridad? Se refiere al silencio del título, o a la torpeza, la incapacidad para poner en palabras este amor.

Sin duda es una declaración. Gabriela Mistral para unos fue una santa, una mística; otros, quizá pudieron advertir su inclinación homófila. En Ceras eternas leemos: «Ah, ¡Nunca conocerá tu boca/ la vergüenza del beso que chorreaba /concupiscencia como espesa lava!».

Sus versos están dotados de una carnalidad que pretenden transmutar el espíritu, encarnarlo. Vinculada a la maternidad, como fuerza genésica, confirma un vitalismo opuesto al suicidio colectivo, que debió suponer la guerra, aquella esterilidad. He aquí el Poema del hijo, dedicado a Alfonsina Storni: «Un hijo, un hijo, un hijo! Yo quise un hijo tuyo/ y mío, allá en los días del éxtasis ardiente, / en los que hasta mis huesos temblaron de tu arrullo/ y un ancho resplandor creció sobre mi frente».

FRUSTRACIÓN

A menudo aparece la frustración. Veamos la primera estrofa de El surtidor: «Soy cual el surtidor abandonado/ que muerto sigue oyendo su rumor./ En tus labios de piedra se ha quedado/ tal como en mis entrañas el fragor». 

¿Hasta qué punto los muertos, representantes del pasado, condicionan el presente? Recordemos que Kant llamaba a España, y creo que se debe extender a todos los territorios de lengua española, el país de los antepasados. En Los huesos de los muertos, tercera estrofa, Mistral declara: «Los huesos de los muertos / pueden más que la carne de los vivos./ ¡Aun desgajados hacen eslabones/ fuertes, donde nos tienen sumisos y cautivos!».

Imágenes de sueño y pesadilla, atención a las estaciones, que expresan la atmósfera, el clima afectivo, invierno y muerte, orfandad, soledad. Los atardeceres, el ocaso sangriento. A veces repite como una salmodia reiterativa que se parece más a una oración. A menudo hay una nota tremendista, el amor no es algo calmo, sino pasión trágica, acechada por la muerte. 

El árbol muerto recuerda al poeta Antonio Machado y su poema A un olmo seco. Leamos: «En el medio del llano,/ un árbol seco su blasfemia alarga; /un árbol. Blanco, roto/ y mordido de llagas,/ en el que el viento, vuelto/ mi desesperación, aúlla y pasa». 

LOCAS MUJERES

Para completar estas anotaciones recomiendo el documental Locas mujeres que toma el título de la primera parte de su libro Lagar, publicado en 1954. Obra de Maria Elena Wood, que recoge el encuentro e historia de amor entre Doris Dana y Gabriela Mistral. Asistimos a la cotidianidad, a la intimidad, de una relación con sus testimonios autógrafos, visuales y sonoros.  

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