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Javier Moreno Escritor

Javier Moreno: "Yo también ando en la búsqueda de alguna utopía esperanzadora"

El autor murciano publica 'Omega', una novela que completa el díptico que inauguró con su ensayo 'El hombre transparente' "alrededor de las mutaciones que las nuevas tecnologías están produciendo en nuestra manera de relacionarnos"

El autor murciano Javier Moreno. Lisbeth Salas

Dice Javier Moreno que «una de las maneras de empezar a pensar el futuro en positivo es hacer notar los peligros que atenazan nuestro presente». Y nadie le podrá negar que esté colaborando: en su última novela, Omega (Aristas Martínez, 2022), el autor murciano habla de cómo las mediaciones virtuales han cambiado todo. Incluido, lo que solíamos ser. La obra completa el díptico que inauguró con su ensayo El hombre transparente (Akal, 2022), «alrededor de las mutaciones que las nuevas tecnologías están produciendo en nuestra manera de relacionarnos». De paso, Moreno hace bueno aquello que decía Flaubert sobre que los temas no se eligen, sino que se soportan. 

 

Antes de Omega publicó El hombre transparente, un ensayo en el que trataba temas que también circulan en esta novela, como la manera en que las redes sociales han cambiado el mundo. ¿Son libros complementarios?

En efecto, ambos libros conforman una especie de díptico que gira alrededor de las mutaciones que las nuevas tecnologías están produciendo en nuestra manera de relacionarnos, de configurar nuestra identidad individual y colectiva, de entender el amor o el sexo. A mí me gusta verlos como las caras A y B de un antiguo LP, siempre teniendo en cuenta que El hombre transparente es un ensayo y Omega, una novela.

Miqui Otero suele decir algo así como que las novelas son más definitorias de lo que pasa en momentos concretos de la historia que los ensayos sobre esos mismos momentos. ¿Para usted ha sido muy diferente el proceso?

Hay ideas de mi ensayo que se han ido colando en la novela, y viceversa. Creo que cada género ahonda en terrenos específicos y que, por tanto, no resultan asimilables. A pesar de que haya ideas comunes en ambos libros, el tratamiento ha sido –como no podía ser de otro modo– diferente. Es cierto que la literatura ahonda en aspectos psicológicos y sociales que resultan difíciles de encontrar en el ensayo y que, por tanto, ayudan a hacerse una idea más completa de un momento histórico concreto. 

"La literatura ahonda en aspectos psicológicos y sociales que resultan difíciles de encontrar en el ensayo

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¿Ha logrado alcanzar alguna respuesta con esta novela?

No sé si tengo muchas respuestas, la verdad. Pero, en el caso de Omega, creo que su cometido no es plantear respuestas, sino más bien conseguir que el lector acabe haciéndose algunas preguntas. La incapacidad de comunicación, la disociación entre la vida en Internet y el mundo real, las hipótesis del apagón informativo o de la Gran Singularidad… Esos son algunos de los ingredientes que, espero, permitan al lector hacerse algunas de esas preguntas.

Muchos escritores de ciencia ficción dicen que ha sido especialmente extraño escribir cuando se estaba viviendo lo que parecía una distopía, la pandemia. ¿Le ha pasado con Omega?

En buena medida el texto de Omega es previo al advenimiento de la crisis de la covid. Independientemente de eso, sí es cierto que durante las primeras semanas de la pandemia el desconcierto era demasiado grande como para plantearme un proyecto importante. Pasado un tiempo, sin embargo, todo regresó a una relativa normalidad. Salvando todas las distancias, a mí siempre me pareció admirable la frase de James Joyce cuando le hacían notar el hecho de que hubiese escrito su Ulises durante la Primera Guerra Mundial: «Ah, sí, he oído decir que ha habido una guerra mundial por ahí». Creo que los tiempos de la literatura y el tiempo histórico no siempre van de la mano. 

Max, el biólogo que conoce en profundidad la teoría de la Gran Singularidad, es un personaje cargado de simbolismo. Padece una enfermedad que le impide parpadear, por ejemplo. ¿Ver de manera ininterrumpida se antoja en estos tiempos de bombardeo de estímulos algo peor de lo que habría sido en otra época?

En efecto. Max representa de algún modo una metáfora de nuestro régimen perceptivo fundamentalmente visual. Se trata de un hombre condenado a ver de manera ininterrumpida. Una especie de condena, en realidad. Max es una suerte de profeta de un tiempo por venir o que ya está llegando, un adalid de la fusión (o la sustitución, eso no queda demasiado claro) de lo humano con el reino inorgánico que representan las nuevas tecnologías.

Dice usted que creamos lo ficticio a partir de lo real, pero que lo ficticio nos sirve para acuñar lo real. ¿Se nos ha ido la mano con esto?

Ha llegado un momento en el que resulta muy difícil deslindar en algunos aspectos lo ficticio de lo real. Digamos que la información y la ficción (y, por tanto, la manipulación, que sería algo así como su parte oscura) hasta hace unas pocas décadas estaban en manos de unas cuantas empresas (editoriales, gobiernos, productoras de cine y televisión y periódicos). Ahora los medios de producción de información se han democratizado. Cualquiera puede facturar una noticia real o falsa en las redes y conseguir que miles o millones de personas crean en ella. Además, las técnicas digitales, que impiden muchas veces distinguir entre el original y la copia, hacen difícil separar la realidad de su falsificación (en forma de imagen trucada o ‘fake news’). El resultado es una proliferación inabarcable de ficciones bajo la que sobrevive apenas, sofocado, eso que todavía solemos denominar ‘mundo real’.

Retomando a Max, él habla de un futuro en el que la mera noción del cuerpo resulta obsoleta. ¿Hasta qué punto está siendo usted hiperbólico al poner esas palabras en boca del personaje?

No demasiado, en realidad. La teoría (y la práctica) transhumanista aspira a la simbiosis del cuerpo y de la máquina. O, al menos, a la superación –a través de su intervención por técnicas electrónicas o genéticas– del cuerpo tal y como lo entendemos en la actualidad. Añadido a ello, cada vez son más las personas (hombres y mujeres) que buscan satisfacer sus pulsiones sexuales por medios no corporales, sino tecnológicos.

Dice el periodista Martín Caparrós que una de las peores cosas de nuestro tiempo es que somos incapaces de imaginar un futuro que no sea oscuro.

Sí, muy cierto. Creo sinceramente que un buen número de personas anda a la búsqueda de alguna utopía esperanzadora. Y yo soy uno de ellos. Mientras eso llega, creo que una de las maneras de empezar a pensar el futuro en positivo es hacer notar los peligros que atenazan nuestro presente. Estoy convencido de que cierto tipo de ficciones poseen una función apotropaica, es decir, muestran una deriva del presente altamente probable y que –tal vez– tendamos a rechazar. Omega podría ser una de esas ficciones.

Suele escribir varios textos a la vez, ¿en qué anda metido?

Como bien dices, casi siempre llevo varios proyectos adelante. De momento, el más concreto es la publicación de un libro de relatos en otoño de este año. Pero esa ya es otra historia.

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