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Los viajes de Preston Sturges

Preston Sturges fue uno de tantos escritores bajo contrato en el Hollywood de los años 30. Cansado de ver cómo sus guiones eran pisoteados por los productores al frente de la industria, decidió luchar por tener un control mayor de sus proyectos. El cielo le abrió sus puertas en 1939 cuando la Paramount le ofreció dirigir una de sus obras, El gran MaGinty, y sentó el precedente para que otros nombres de la categoría de Billy Wilder saliesen de la sombra de las máquinas de escribir y se posicionasen en primera línea del campo de batalla cinematográfico.

Los viajes de Preston Sturges

Con Sturges detrás de las cámaras la comedia clásica alcanzó una de sus máximas expresiones. Muchas de sus películas se centran en la alta sociedad americana y ofrecen una colección de momentos realmente graciosos, disparatados en ocasiones, al tiempo que diseccionan las necedades de aquellos tipos multimillonarios. Su ascenso por esos territorios sofisticados cuenta con apenas doce títulos, una filmografía pequeña en comparación con los pesos pesados del género, con creaciones tan destacadas como Las tres noches de Eva o Navidades en julio.

Un capítulo aparte merece Los viajes de Sullivan, una obra diferente, construida a base de pequeñas dosis de ironía con un trasfondo gris que obliga a replegar las carcajadas del principio. John L. Sullivan es un director consagrado que entiende el cine como un medio infalible para reparar los cimientos rotos del mundo. No hay seguramente ningún hombre como él en toda la costa californiana. Para su siguiente proyecto se ha propuesto descender hasta los estratos más desfavorecidos y realizar un retrato de la pobreza. Sabe que no puede hablar de las miserias del ser humano sin transitar primero por ellas. Por eso decide abandonar su vida de lujo en Hollywood y hacerse pasar por un vagabundo, una locura que trae de cabeza a toda su corte de seguidores.

Sullivan no viaja solo. Una chica de apenas metro y medio con el rostro de Veronica Lake se convierte en su compañera de aventuras. A través de ellos descubrimos una especie de infierno sobre la tierra con una colección de pobres diablos. En este contexto surge una historia de amor entre los dos protagonistas en una combinación perfecta de golpes de humor y bofetadas de realidad, toda una demostración de equilibrio cinematográfico.

En la parte final, Sullivan regresa a casa después de su odisea. Lo reciben con los brazos abiertos los magnates del estudio para comenzar la filmación de la película sobre la pobreza. Pero algo se ha roto en nuestro héroe. Ha comprendido que ese universo de indigentes que se abre bajo sus pies no necesita de otra tragedia, ha visto con sus propios ojos que solo las comedias tienen la fuerza suficiente para cambiar el mundo. El rodaje deberá esperar hasta que el guion se escriba de nuevo.

Este es el gran legado de Preston Sturges en la historia del cine. Para él la risa tenía cabida en cualquier madriguera por muy tétrica y desoladora que pudiera parecernos al resto.

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