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La Opinión de Murcia

Los dioses deben de estar locos

Ifigenia o la plegaria de la paz

Goethe escribió su tragedia Ifigenia en Táuride entre 1779 y 1787. En estos años el poeta, siempre sensible a las violentas potencias que agitan el alma humana, se abre a la búsqueda de una explicación, más racional y armónica, que dote de sentido a las fuerzas misteriosas que se mueven en el universo. Goethe proclamó sus ideales de humanidad, fraternidad y confianza en una naturaleza en la que eran visibles todos los rasgos de la divinidad, ayudándose en una mujer arrojada violentamente a costas lejanas, expatriada, refugiada y víctima de una época cruel con los vencidos y con los débiles. 

Un oráculo pedía a Agamenón la muerte de su propia hija si quería que los vientos volvieran a soplar y que la flota aquea pudiera dirigirse, finalmente, contra Troya. Sin embargo, Ifigenia no había muerto. Salvada milagrosamente por Diana, encontró refugio entre los tauros, habitantes de los confines, a quienes servía desde entonces como suma sacerdotisa de la diosa. Doncella pura de nobles sentimientos, jamás culpa a los Inmortales de males que solo los hombres se causan a sí mismos, y así la obra se distancia significativamente de Eurípides, modelo inicial de Goethe. Su vida ejemplar y su dedicación sincera como sierva de la diosa han conmovido a un pueblo salvaje y nuevo, como recién salido del limo de la tierra, y desde que es su sacerdotisa, ningún náufrago arrojado a sus costas había vuelto a ser sacrificado en los altares de la diosa, hasta que la llegada de un misterioso extranjero llevó al caudillo de los tauros a exigir de nuevo la reanudación del sangriento ritual. 

Ifigenia se ve atormentada por fuerzas contrarias. Junto a su vocación profundamente humana, rechaza vincularse a otras personas. Le aterroriza la maldición que pesa sobre la casa de Agamenón Atrida, maldición que se remonta a su lejano antepasado Tántalo, merecedora de los castigos más crueles del Infierno, y que brota de generación en generación convirtiendo invariablemente a sus descendientes en homicidas y sacrílegos. 

La llegada inesperada a los costas de la Táuride de su hermano Orestes no hace más que confirmar los temores. Pronto se completa para ella el panorama de los años perdidos: Troya ha sido destruida en la guerra, por doquier se ven monumentos funerarios a los caídos, hubo héroes que perecieron tratando de regresar a sus hogares, otros a manos de usurpadores. Es el caso de Agamenón, muerto por la traición de su esposa. Orestes confiesa, entonces, que obligado por las ancestrales leyes de la venganza, había asesinado a su propia madre. Desde aquel momento, la locura, el remordimiento y el dolor le habían arrojado a las orillas de la Táuride, donde deseaba poner fin a sus días, sacrificado en un ritual dirigido por su propia hermana. 

Pero Ifigenia se subleva ante todos contra una ley que parece inflexible y que condena a los hombres antes de nacer. Cuando los poetas cantan las guerras, siempre ensalzan a los héroes que mueren en ellas, pero se olvidan de las mujeres que se hunden en un mar de desesperación, luto y silencio. No hay versos para recordarlas a ellas. Cuando algo desean los poderosos, se tuercen las leyes para conseguirlo, y se ofende a los dioses regando con sangre humana sus altares. El único impulso ante el cual debe doblegarse la humanidad debe ser la piedad. Y la única ley universal, la bondad. Así, sin que aparezca ante la vista dios alguno, Ifigenia reúne en su persona los valores más puros de la santidad. 

Goethe sitúa la causa de la fraternidad en la plegaria de una persona que, ante el mundo violento en el que vive, solo cuenta con las armas de la palabra. Y es verdad que Ifigenia muestra la fuerza de un espíritu en lucha valientemente contra un hado infame para romper la tiranía de lo que creemos inevitable. El grito de una mujer sin patria logró la redención para ella y para cualquiera, griego o bárbaro, que simplemente tuviera un corazón amante de la vida. Es el eco de una voz que nos llega a través de los siglos, pero que la humanidad aún no quiere escuchar. 

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