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Decires y hablares

Angustia, fatiga y náusea

Una vez, cuando las vecinas sacaban las sillas de su casa para alquilarlas en Semana Santa, estaba yo sentado, con las piernas colgando de la silla y el calcetín izquierdo caído. En eso, oigo tumulto unas sillas más allá. Eran los ‘Coloraos’. Miramos todos, y oímos la voz, presumiblemente de una madre:

-¡Ay, la nena, que le ha dao angustia!

Yo me quedo estupefacto. Mi idioma materno era el de Castilla la Nueva. Para mí, angustia era término casi moral, existencial, psicológico acaso. La nena aquella, sin duda debía ser un portento de adelantada para las cosas del mundo. En esto salen ambas de la popa del paso, por delante de la banda de música. Y la madre, para ejemplificar lo dicho, va y dice:

-¡Pos no que se me ha puesto toa ella perdía!

Miré a la nena. Lucía la pechera llenetica por vómito de amarillosa color. Me enteré del asunto: en Murcia llaman angustia, a lo que en casa eran arcadas, ganas de vomitar, y si la ocasión pintaba culta: náusea. Capté que el idioma era arenas movedizas, y no tersa superficie de granito o así. (Continuará).

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