No ha podido elegir un lugar mejor para emprender su carrera como realizador de ficción -en Hollywood, en la meca del cine-, aunque quizá el año para hacerlo no ha sido el más adecuado... ¿O sí? Chémi Pérez (Lorca, 1992) no pierde el tiempo en lamentos: por culpa de la pandemia, el rodaje de su cortometraje Wolf Country tuvo que detenerse hasta en dos ocasiones, y los protocolos de seguridad de la New York Film Academy -donde lleva dos años formándose gracias a la prestigiosa beca Fulbright- son todavía más exigentes que los de algunos rodajes profesionales, asegura, pero encontrar tantos obstáculos en el camino les ha obligado -a él y a todo su equipo, formado en su mayor parte por estudiantes de cine- a superarse y a aprender a marchas forzadas. Además, «hacer cine es adaptarte a cualquier situación y navegar los problemas (que siempre son muchos) conforme vayan llegando», señala el joven realizador. «Y en ese sentido creo que hemos tenido suerte de tener un equipo tan resiliente», añade.

Por suerte, Wolf Country, el montaje en cuestión -una distopía futurista en la que los más acomodados se permiten el lujo de reivindicar su clase cazando a los menos productivos de la sociedad-, se encuentra ya en fase de postproducción y pronto comenzará a moverse por festivales de todo el mundo. Aunque antes, LA OPINIÓN ha querido hablar con su director para conocer las motivaciones de este comprometido trabajo y los detalles de su desarrollo.

Según tengo entendido, ya ha realizado algún documental en Latinoamérica y trabajado como redactor de vídeo en ´Playground'. Más allá de alguna cosilla más modesta que seguro tiene por ahí, entiendo que este es su salto a la ficción. ¿Tenía ganas de hacer algo así después de tanto tiempo pegado a la realidad?

Para mí lo más importante es contar historias. A veces lo hago desde el rigor periodístico o a través de documentales, pero es cierto que ahora he tenido la suerte de hacerlo desde la ficción. Ha sido todo un privilegio poder darle una oportunidad a este formato durante estos dos últimos años, ya que he podido tener tiempo para desarrollar historias y contarlas desde otra perspectiva. Sin embargo, admito que tengo problemas a la hora de definir géneros. Este último trabajo comenzó como una investigación para un proyecto documental sobre el uso de armas de fuego y terminó en un cortometraje distópico. Poner límites no siempre es lo más adecuado..., digo yo.

En cualquier caso, esa trayectoria documental y su formación como periodista son visibles en un proyecto que, si bien es ficción, no deja de lado la oportunidad de reflexionar sobre temas que nos afectan como sociedad. ¿Considera que el cine puede ser una herramienta transformadora?

Siento ese ancla en la realidad y no me la tomo como un lastre, sino más bien como un punto de partida. Cuando escribo y doy forma a mis personajes y a mis mundos lo hago desde cuestiones que reflejan o cuestionan la realidad, y creo que ahí es donde está la convergencia más maravillosa. Y, por supuesto, creo que el cine es una herramienta de transformación y de cuestionamiento social. Como cualquier otra disciplina artística, los cineastas tenemos la responsabilidad de formular preguntas y alternativas a otras personas que, o no pueden, o no tienen tiempo de hacerlo. Ser cineasta en ese sentido es empeñarse en contar algo que está dentro de ti pero que otras personas van a hacer suyo cuando comparten contigo el momento del visionado. Lo que después esa persona haga es asunto suyo, pero yo creo que nuestra obligación es abrir el debate.

En concreto, en Wolf Country plantea una distopía al estilo de La purga o La caza para reflexionar sobre diferentes temas, algunos muy de actualidad en estos tiempos raros que nos está tocando vivir como la empatía. ¿Necesitamos, como sociedad, aprender a ponernos en la piel de los demás?

Necesitamos dejar de pensar que somos diferentes a las y a los demás. Necesitamos quitarnos la venda de los ojos y saber llamar a las cosas por su nombre. Mi equipo y yo no somos los primeros en tratar un tema así desde la ficción, ni mucho menos. El juego más peligroso, de Richard Connell, ya describía en un relato breve una historia con un mecanismo parecido en 1924. Pero creo que sigue estando de actualidad para hablar de los problemas a los que nos continuamos enfrentando.

Wolf Country es una vuelta más de tuerca en la que la protagonista (Eira) se ve obligada a pasar por el ritual de iniciación de su casta, que no es otra cosa que cazar a su primera presa humana en una reserva donde van a parar los ´parásitos' de la sociedad. Pero, al hacerlo, se da cuenta de que no todo es como se lo pintan ni los habitantes de la reserva son tan diferentes a ella. En nuestro mundo a veces nos toca ser Eira y a veces nos toca ser carne de cañón. Pero de lo que tenemos que darnos cuenta es de que el rol que jugamos solo viene de una sucesión de casualidades y muy pocas veces se decide por uno mismo. Y precisamente la empatía es lo que venimos a poner en el centro. Porque al final todos podríamos estar en la piel del otro si los vientos soplaran desde otro lado.

No nos vendría mal ser un poco más empáticos justo ahora, cuando tenemos una pandemia global cuyo freno pasa por protegerse, no solo a uno mismo, sino sobre todo a los demás...

Fíjate, este corto empezó a gestarse cuando ni nos imaginábamos vivir una pandemia de este calibre. Y ya entonces estaban de actualidad la falta de empatía y el odio. Ejemplos claros fueron las masacres contra colectivos concretos, como la de El Paso (contra latinos en un supermercado) o la de Orlando (contra personas queer en un bar de ambiente). Lo que ha hecho la pandemia es ponernos aún más en crisis, y por eso tal vez estamos empezando a entender que si no comprendemos al ´otro' y no cuidamos al de al lado, tampoco podemos protegernos a nosotros mismos. En un momento en el que el odio está en alza y donde el entendimiento no encuentra cauces, quizás esto nos esté ayudando a cambiar un poco el rumbo. Estamos pagando un precio caro por ello, pero tal vez estamos empezando a darnos cuenta de que la salida no la vamos a encontrar barriendo para casa.

Habla del ´odio al diferente', que en esta ocasión (Wolf Country), no obstante, es más por clase o estatus que por un tema de raza o sexo. ¿Le preocupa la polarización y radicalización de la sociedad actual?

Sin duda. De las grandes crisis y catástrofes siempre vienen mayores desigualdades. En el contexto de la pandemia actual, si quieres ver el símil, está claro. Mientras millones de personas pierden sus empleos en Estados Unidos, las grandes fortunas han doblado su patrimonio, y eso no es ningún secreto. Efectivamente, con este corto queríamos poner el foco en esa separación de clases tan abrupta, pero el binomio se repite siempre que lo aplicas a una cuestión de privilegio: migrante-ciudadano, rico-pobre, de sangre-bastardo...

Nuestra intención es, sin duda, también hablar de raza en un país donde los movimientos ´Black Lives Matter' o ´Latinx' están abriendo la brecha y poniendo en cuestión los privilegios que muchos siguen ostentando por un motivo puramente racial. Y también nuestra protagonista es una mujer que cuestiona un modo autoritario de entender la sociedad. Eso tampoco es casualidad aunque no suponga el tema principal del cortometraje...

Y por otro lado tenemos el tema del acceso a las armas de fuego. Actualmente está estudiando un máster en Los Ángeles donde esta cuestión, que igual en España nos parece un tema menor, es un punto de conflictos importantes desde hace años. ¿Llegó allí ya con esa idea de lo peligroso que es el que, por ejemplo, se vendan armas en los supermercados o ha sido después de pasar tiempo en Estados Unidos cuando realmente ha reparado en la gravedad del asunto?

California es uno de los estados más restrictivos en cuanto al uso y la posesión de armas. Y, a pesar de todo, conseguir un arma es relativamente fácil. Es cierto que no todo el mundo que tiene armas lo hace por el mismo motivo, pero es una cuestión que está muy imbricada en la sociedad estadounidense desde antes de empezar a llamarse así. Y ahí creo que está lo complejo.

Llegué a Estados Unidos con muchos prejuicios. Algunos he conseguido derribarlos y otros me he dado cuenta de que tienen parte de razón. Esta cuestión en concreto me llamaba la atención desde el inicio. Pero no fue hasta ponerme a investigarla un poco más en serio que decidí abordarla desde la ficción y finalmente ha tomado un puesto casi central en este relato.

Más allá de la parte más teórica, cuénteme un poco cómo está siendo el desarrollo de Wolf Country. Para empezar, imagino que sacar adelante un proyecto así no es sencillo a nivel económico, ¿no? De hecho, tengo entendido que pusieron en marcha un ´crowdfunding'. ¿Qué tal ha ido?

Wolf Country ha sido un viaje mucho más loco e interesante de lo que me imaginaba. Si ya al comenzar el proceso de escritura pintaba como una ida de olla, haberlo rodado en plena pandemia lo ha complicado todavía más. Pero hemos tenido muchísima suerte por la cantidad de gente que ha decidido apoyarnos y confiar en el proyecto. En 40 días a finales de año conseguimos recaudar más de 11.000 euros gracias a más de 200 mecenas, y con eso hemos podido pagar los costes del proyecto.

Además, son todos o casi todos estudiantes o recién graduados, gente joven que empieza y quiere hacerse un hueco. ¿Cómo nace este proyecto? ¿Cómo han formado este equipo?

El equipo ha sido una de las grandes bendiciones de esta aventura. Se fue formando poco a poco durante estos dos últimos años. Hemos ido creando un grupo bastante diverso después de trabajar mucho en prácticas para la escuela, en rodajes de compañeros o en rodajes míos propios. El proyecto en sí comenzó un poco más en solitario, en 2019, cuando comencé a escribirlo.

¿Y el rodaje qué tal? Creo que tuvieron que suspenderlo un par de veces?

Ha sido definitivamente una guerra de desgaste. Hemos estado cambiando planes durante meses, ya que inicialmente teníamos previsto rodar en mayo de 2020. Pero al final hacer cine es adaptarte a cualquier situación y navegar los problemas (que siempre son muchos) conforme vayan llegando. Y en ese sentido creo que hemos tenido suerte de tener un equipo tan resiliente. La escuela no lo ha puesto nada fácil porque sus estándares de seguridad eran incluso más exigentes que los de algunos rodajes profesionales; y eso, aunque nos ha hecho sudar mucho, al final también ha sido un aprendizaje brutal. Wolf Country ha sido el primer cortometraje de estudiantes grabado en Los Ángeles desde que comenzó la pandemia y, aunque hemos sido los conejillos de indias de la escuela, creo que hemos aprobado con nota.

¿En qué momento se encuentra la cinta ahora mismo? ¿Están ya en postproducción?

Acabamos de entregar un corte para la escuela porque era un requisito para poder graduarme, pero seguimos trabajando en la postproducción. Estamos ya muy cerca de tener el montaje que queremos y ya estamos con los preparativos de diseño sonoro, música original, corrección de color y efectos especiales. También tenemos un ojo ya puesto en la distribución, puesto que el recorrido por festivales de momento vamos a programarlo también desde el equipo.

¿Cuándo cree que tendrán el corto listo para ser proyectado?

Esperamos poder estar presentándolo a los primeros festivales en marzo, así que probablemente el estreno en salas será de cara a otoño. Nuestros mecenas tendrán acceso mucho antes en privado, y la campaña sigue abierta por si alguien nos quiere ayudar a llegar más lejos todavía a través del ´crowdfunding'. Así que si alguien se muere de ganas por verlo y no puede esperar a septiembre, que le eche un vistazo a goteo.cc/wolfcountry.

Imagino que, de momento, no hay planes de publicarlo en alguna plataforma. ¿Quizá en el futuro?

La distribución de cortometrajes es algo bastante complejo... No da dinero, como la de los largometrajes, y más bien es una apuesta para que se conozca al equipo y lo que somos capaces de ofrecer. Y es por eso que es difícil conseguir acuerdos con plataformas de ´streaming' a no ser que se haga algo de ruido en festivales. Nuestra prioridad ahora es la distribución por festivales y nos planteamos otras vías cuando agotemos esta. De todas formas, acabo de terminar el guion de mi primer largo y estoy desarrollando varios proyectos más con mi equipo. Tal vez el momento de abordar las plataformas llegue antes desde alguno de estos frentes... Pero, respecto a Wolf Country, nos encantaría que lo viera el mayor número de gente posible, así que ahora mismo estamos abiertos a escuchar cualquier oferta.