Solo en un Gobierno estrafalario y peculiar podría encajar un perfil como el de Mabel Campuzano, una mujer que llegó a la política murciana de la mano de Vox, aunque un año después la estaban expulsando junto a dos de sus compañeros con los que a estas alturas ya no se habla.

Su entrada en el Consejo de Gobierno fue fruto de la más que fallida moción de censura. Entonces, y a cambio de votar en contra de la maniobra del PSOE y Cs para sacar a López Miras del Gobierno, los díscolos de Vox se agenciaron la Consejería de Educación con la intención de implantar el veto parental en los colegios e institutos de la Región de Murcia.

Los tránsfugas naranjas hicieron lo propio y quedó un Ejecutivo que solo el cómico Gila podría haber imaginado.

Al final, el llamado ‘pin parental’ le quedó de lo más descafeinado y el veto quedó en una mera comunicación a los padres de las actividades del colegio (cosa que se ya se hacía, aunque de otra forma).

Los verdaderos problemas como consejera vinieron de sus más allegados. No tardó mucho en denunciar por «acoso» a sus compañeros de grupo parlamentario Juan José Liarte, —del que llegó a decir que es «muy fino y relamido»—, y Francisco Carrera, con el que «siempre hubo fricciones» por sus constantes intentos de ejercer el «amiguismo» a través de la otrora Consejería de Educación y Cultura. Efectivamente, con Campuzano al frente se partió en dos su departamento para evitar la guerra.

Todo comenzó cuando echó a un amigo de Carrera Ramón Palazón de la Dirección General del ICA. «Al principio, no sabía si no funcionaba por ineptitud o por maldad; eran las dos cosas», contó en La Opinión. Entonces, el presidente regional tomó la decisión salomónica de llevarse la competencia de Cultura a la consejería de Presidencia, de Marcos Ortuño. A Palazón le buscaron otro hueco en el área del consejero Luis Alberto Marín.

Todo volvió a la calma y Mabel Campuzano volvió a centrarse en sus decretos educación, no sin recibir de cuando en cuando alguna recomendación para que abandonara el Gobierno que a ella siempre le hizo mucha gracia. Tanto como las peticiones de dimisión de los sindicatos.

Recientemente, y por indicación de López Miras, abandonó el Grupo de Vox en la Asamblea para provocar su absorción por el Grupo Mixto y, de paso, darle una puñalada a Liarte y Carrera.

Aunque quede fuera del Gobierno, no desaparecerá de la Asamblea, ya que seguirá como diputada rasa. Está por ver si veremos cómo pierde también la amistad con Miras, haciéndole perder su mayoría en la Asamblea antes de que se disuelva la cámara autonómica.