El sentimiento cofrade es algo que en Cartagena, en la gran mayoría de ocasiones, se vive desde la más tierna infancia. Buena muestra de ello son los cientos de pequeños y adolescentes que desfilaron ayer en la multitudinaria procesión del Domingo de Ramos. Conocida por muchos nombres: procesión de la Entrada de Jesús en Jerusalén, ‘la de La Burrica’ o ‘de Las Palmas’ hizo gala de la cantera california, que en un futuro se encargará de acompañar a los pasos y portar los tronos que desfilan el Viernes de Dolores y el Martes, Miércoles y Jueves Santo. Los ‘peques’ marcharon como mandan los cánones: sin capuces, con los tradicionales trajes hebreos y sustituyendo los hachotes de los mayores por palmas y ramas de olivo, en alabanza al Hijo de Dios.

El cortejo inundó de los múltiples colores de las distintas agrupaciones las calles de la ciudad trimilenaria. Los niños y niñas procesionaban, con semblante serio, marcando un orden digno de sus mayores, demostrando que la tradición de la Semana Santa cartagenera está en buenas manos. Por contraparte, los más pequeños desfilaban ilusionados, pero también alborotados por hacerlo por primera vez. A su paso repartían caramelos y postales.

El centro estaba abarrotado de padres orgullosos que aplaudían y vitoreaban al paso de sus hijos. Había gente de todos los rincones del municipio y de fuera de él. «Esto es impresionante, comparado con lo que suelo ver en mi pueblo», le decía una mujer a su amiga, maravillada por los pasos. Así como vecinos de otras ciudades y una buena cantidad de turistas, que aprovecharon la calurosa tarde, casi veraniega, aunque con rachas de viento, para conocer tan bonita tradición.

La procesión comenzó a bajar la rampa de la Iglesia Santa María de Gracia sobre las 17.00 horas. Con el típico ritmo cadencioso del tambor de la Semana Santa cartagenera; los guiones encabezaron el cortejo para dar paso al Trono Insignia de la Cofradía. Le seguían los granaderos, que lucían como «pequeños soldaditos», bromeaba una mujer, y marchaban con marcialidad y orden, aunque a los de menos edad les costaba algo más.

Estos dejaron paso a los personajes bíblicos, representados por hermanos de la cofradía que, de forma anónima, dieron vida a Moisés con las tablas de la Ley, al Rey David, al Faraón, acompañado de dos sirvientes, al Rey Herodes al que le sujetaban la capa dos esclavos negros, el Sumo Sacerdote, trompeteros y porteadores del Arca de la Alianza. «¡Mira papá los Reyes Magos!», le gritó un hijo a su padre, desatando una carcajada de este último.

Le proseguía el Tercio de Soldados Romanos, que desfilaba al son la musicalidad tan pegadiza de ‘El Perí-co Pelao’. Completaban la procesión otros catorce tercios: el del Prendimiento, que acompañaba al Trono del Bautismo de Jesús; el de la Santa Cena; el de San Pedro Samaritana, con el Trono de la Conversión de la Samaritana; el de Santiago Apóstol, con el Trono Elección de Jesús a los Zebedeos; el de la Coronación de Espinas, con el Trono del Sermón de la Montaña; el de San Pedro, con el trono de La Imposición del Primado; el de la Sentencia de Jesús; el del Ósculo, con el Trono Los Milagros de Jesús; el de la Oración en el Huerto, con el Trono Jesús Camino de Jerusalén; el de la Santísima Virgen del Primer Dolor, con el Trono de Jesús con los Niños; el de la Flagelación, con el Trono de la Unción de Jesús en Betania ; el del Discípulo Amado y el del Juicio de Jesús, con el Trono Alegoría del Ángel; y el de San Juan Evangelista, que acompañaba a la Mesa de la Cofradía y al Trono Entrada de Nuestro Padre Jesús en Jerusalén.

Cerraba la procesión la Sección de Honores de la Agrupación de Granaderos Californios. Con la noche ya cernida sobre la ciudad se recogió el cortejo para dar fin al Domingo de Ramos en la Iglesia Santa María de Gracia, de la que muy pronto volverán a salir tronos y tercios, pues esta Semana Santa no ha hecho más que empezar.