Pasado a limpio

Coplas a la muerte de un padre

15.09.2016 | 04:00
Miguel Ángel Alcaraz Conesa
Miguel Ángel Alcaraz Conesa

En un tiempo que nunca fue, yo nunca fui abogado, nunca estudié Derecho y nunca quise saber de más leyes que las que el tiempo otorga a cada hombre y promulga en su conciencia. Pero antes de lo que no fue, recuerdo con claridad el tiempo de los gigantes y las proezas de los titanes. Si acaso fueron hombres quienes erigieron las pirámides, la memoria no ha conservado los nombres de los canteros, ni de los obreros que tiraban de los ciclópeos bloques de piedra por las rampas hasta alcanzar la altura de las estrellas. ¿A qué mencionar al faraón que enterró sus tesoros bajo el sudor de tantos brazos y tantas frentes? ¿A qué recordar los orfebres que labraron las máscaras funerarias para ocultar el rostro de quien se decía hijo del sol?

Por entonces, los padres no eran amigos de sus hijos, porque no se distinguía entre el ser y el deber ser. Cuando el mío no preguntaba lo que prefería, su amigo Pepe tenía conmigo miramientos que no dedicaba a los suyos, me alentaba en mis estudios y desbocaba mi imaginación de aspirante a periodista. Cuando fuese reportero iría a cubrir todas las guerras, me metería en todas las trincheras. Y allí estaría Pepe, contratado de asistente, porteador de cámaras y cuantos bártulos fueren necesarios. No quería recompensas ni medallas, pues le bastaba con ser ayudante de un chavalín ilusionado. Así distraía mis cuitas de una realidad distinta, en la que él ejercía de oficial y el soñador, de peón jornalero. Mi padre y él tenían una sociedad en comandita de la que estaba ausente todo ánimo de lucro. Este fin de semana en mi bancal y el próximo en el tuyo. Y de los socios comanditarios al galopín quejumbroso de horqueta y bocadillo, las horas pasaban lentas y las ramas de la escarda pinchaban como erizos. No había fiestas de guardar ni santo patrón cuando en la huerta llegaba el agua para regar, cuando había que labrar la tierra, levantar los caballones o matar la mala hierba que crece como los altos cargos. Y allí estaba Pepe, siempre el primero.

Antes de que su jefe cerrara y emprendiera su pequeña aventura empresarial, muerta de un fiasco sin más crisis que la lepra española que todo lo pierde, Pepe convirtió en ahorros el sudor de su frente, emigró a la ciudad y tuvo casa en un barrio obrero y hasta otra en el Mar Menor, pero su frente siempre se alzaba como la del gran Caupolicán. Ya se lo llevó el alzheimer al reino del olvido antes de que la parca le robara su último suspiro. Y así murió un trabajador que jamás tuvo empacho en ser obrero y hortelano a un tiempo.

No, no era Pepe un hombre excepcional, por más que quiera elevarle un pequeño pedestal para honrar la memoria de quien siempre me alentó a ser un hombre de provecho. Era uno de aquellos gigantes que levantaron el país al margen de caudillos y de pastores curiambros, con la conciencia sobre los hombros de que no hay más pan que el que uno se gane, ni más ignominia que robarlo a otro que lo tiene para comer. Pepe Romero y otras hierbas, como le gustaba presentarse, prefería el arroz con leche de un día para otro, que la crema era cosa de señoritos que lo podían comer todos los días. Sé que mi padre, su amigo de la infancia, no ha derramado lágrimas por él, porque los hombres de su generación estaban forjados de hierro a fuego, y no llora el metal cuando mata o cuando muere.

Nunca fue vestido de huertano, como no lo vi en la iglesia ni en la fiesta. Siempre camino de su huerto, con esa parsimonia de quien sabe cuánto trabajo queda por hacer; con su huerto tan pulcro y limpio de mala hierba como níquel tenía su viejo ciclomotor. Pocos días antes se fue la Carmina, su mujer, y ahora le sigue él, como si hubiera intuido su ausencia quien ya no reconocía presencias. Juntos contaban historias de pequeñas chanzas y picardías que llenaban las crónicas de un pueblo rural y obsoleto. Hablaban de aquella España en la que crecieron con más hambre que el perro del hortelano, cuando los albaricoques se cogían verdes, o te quedabas sin comerlos.

Son tantos los Pepes Romero que se han ido con la dama del alba, que uno más no debiera importar demasiado. Pero es que esta España que no levantó las pirámides, no tiene ya quien las levante, porque antes de que no ocurriera lo que los dos queríamos que pasara, había alguno más como él, tal vez un alma gemela en cada pueblo. Pero ahora nos han dejado huérfanos a un pueblo que quiere ser terciario, para ofrecerse servicial y servil a los mismos lobos con piel de cordero que hacen negocios con la obra pública.

Antes de que no ocurriera lo que nunca ocurrió, no soñaba con hacer justicia, como tampoco logré hacerla después de estudiar leyes. Nunca se ha hecho justicia en esta patria de reyes, caudillos y obispos; nunca en esta tierra de charanga y pandereta, nunca, por más que lo proclamen los heraldos negros. Pero hoy que ya no podremos ir juntos a cubrir la última guerra, a José Romero dedico estas coplas, quien bien lo merece.

Bene merenti fecit.

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