El Castillete

Miedo

"El 26J se quedó en casa gente que sentía simpatía hacia una fuerza que había agitado la escena política, pero a la que daba vértigo la posibilidad de que su voto aupara a Unidos Podemos hasta el Gobierno"

11.07.2016 | 04:00
José Haro Hernández.

Quienes alcanzamos el uso de razón política en las postrimerías del franquismo, no dejaba de asombrarnos el hecho de que una parte muy significativa de la población, aun considerando caduco el Régimen, en los hechos no lo ponía en cuestión por cuanto permanecía sumida en una completa pasividad. La razón no era otra que la preferencia del mal menor de una autocracia que garantizaba orden y estabilidad, frente a la incertidumbre e inestabilidad que podrían provocar la caída del régimen y el advenimiento de la democracia.

Durante la transición, esta actitud incrustada en el ADN de muchos españoles y españolas estuvo detrás de la llamada política del consenso, cuestión sin precedentes en la historia, pues hasta ese momento los países acababan con sus dictaduras mediante procesos de ruptura con éstas. Este país abrió paso a un tránsito de la dictadura a la democracia mediante el acuerdo entre los franquistas y los demócratas, conformándose así una democracia de muy baja calidad, en la que incluso los ministros del Interior pillados in fraganti maquinando la fabricación de pruebas falsas contra sus oponentes políticos, se permiten el lujo de abroncar a quienes afean su actitud, aparte de mantenerse en el puesto, claro.

El referéndum de la OTAN en 1986 dio otra muestra de esta idiosincrasia hispana caracterizada por el acatamiento, en última instancia, de los designios del poder por parte de una porción importante de la ciudadanía, que se inquieta ante la perspectiva de que el gobierno se desestabilice, aunque lo esté haciendo mal, por temor a caer en el desgobierno caótico. El NO arrasaba en todas las encuestas. Bastó que Felipe González se preguntara quién iba a gestionar su triunfo, para que esa parte de la España profunda que desde la guerra civil y la dictadura considera que el orden prevalece sobre la justicia, se movilizara y otorgara el triunfo a los partidarios de la alianza militar.

Bien, pues en las elecciones del pasado 26 de Junio ocurrió algo similar. Volvió a aflorar ese miedo congénito de mucha gente a lo nuevo, a lo diferente de lo que hasta ahora ha gobernado, al cambio en definitiva. Se ha optado por lo viejo, aunque esté preñado de injusticias y miserias: más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer. Claro que en esta ocasión los tres partidos del régimen (PP,PSOE, Ciudadanos) se han empleado a fondo, hasta la extenuación, en criminalizar a la fuerza realmente alternativa, Unidos Podemos.

En ninguna campaña electoral desde que se recuperó el parlamentarismo en 1977, tantos y con tanta intensidad habían insultado y descalificado a una corriente política. Nunca nadie, hasta la llegada de Unidos Podemos, había concitado contra sí tal torrente de animadversión y tan unánimemente coordinado. Hasta tal punto esto es así, que Susana Díaz, la noche electoral, en lugar de valorar los resultados de su partido en relación a la fuerza ganadora, como es habitual, lo que hizo fue felicitarse porque desde Andalucía se había frenado al ´populismo´ (aunque éste hubiese sacado un escaño más en esa tierra y ella hubiese perdido dos). Rajoy habló del ´mal´ directamente para referirse a la coalición de Iglesias y Garzón. Y Rivera se fue a Venezuela.

El miedo que esta infame campaña de odio generó tuvo dos expresiones. Por un lado, sembró el pánico en sectores conservadores y despolitizados, que se movilizaron hacia el PP para impedir, como fuera, el triunfo del ´coletas´, es decir, del apocalipsis. La otra expresión hace referencia al comportamiento de ese millón que había votado a IU y Podemos el 20D, y que el 26J se quedó en casa. Gente que sentía simpatía hacia una fuerza que había agitado la escena política y contribuido a conformar una nueva política, pero a la que daba vértigo la posibilidad de que su voto aupara a Unidos Podemos hasta el Gobierno. Actitud que quizá hubiera paliado parcialmente una campaña más pedagógica, clara y coherente. Aunque en ningún caso hubiera contrarrestado el imponente caudal de miedo que se vertió sobre la sociedad.

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