Pensando en voz alta

La estafa de la política

18.01.2016 | 04:00
Francisco Marín

Como mero número de la sociedad española, como mero individuo que lleva muchos, muchos años levantándose cada día muy temprano para salir a la calle a buscarse la vida, unas veces con mejor fortuna que otras, lo único que pido es que no se me tome el pelo ni me consideren un gilipollas todos aquellos que se dedican a ´politiquear´, a hacer un mal uso de las herramientas políticas.

Llevo muchos días, mejor, meses o, por qué no, años, que no salgo de mi asombro. Pienso que debe ser porque soy corto de mente, alguien dirá que me faltan muchos estudios para llegar a comprender la grandeza de la política y, sobre todo, de los políticos. Por lo que se ve, personas con gran preparación y estudios que trabajan en manera y forma que todo aquel que no pertenezca a ese círculo podrá nunca entender.

Pienso que la política, perdón, los políticos –si no todos, gran número de ellos– son una estafa. La mayoría de las veces funcionan como trileros: «¿Dónde está la bolita?» O como los malos profesionales de la estadística. Me voy a detener un momento en este punto: después de cada votación, por arte de magia, nadie ha perdido; al contrario todos ganan. Es increíble oír las explicaciones posteriores€ Creo que piensan que los ciudadanos somos gilipollas, que tenemos unas tragaderas y una paciencia infinita.

Ahora mismo estamos en un momento en que sería necesario cambiar la ley electoral porque de nada vale que se vote, ya que salgan los números que salgan a continuación no hacen caso de esos resultados e intentan maniobrar para como, no ha mucho, ha declarado Arturo Mas: «Lo que las urnas no nos han dado lo hemos corregido en los despachos€».

He observado con asombro con qué facilidad se pasa de unos ideales sólidos y profundos a otros ideales sólidos y profundos de signo totalmente opuestos. Observo, así mismo, como los lunes, miércoles y viernes defienden X, y los martes, jueves y sábados defienden Y, dejando el domingo para ver si Z es factible. Me imagino que ´en habiendo´ euros por medio, y no pocos, uno sin ética y sin vergüenza puede defender a Dios y al diablo al mismo tiempo. En conversaciones conmigo mismo me hago una pregunta: ¿se comportarían igual si no se cobrara o se cobrara el salario mínimo interprofesional? Pienso que no habría políticos.

Mientras escribo esta columna estoy pendiente, domingo 10 de enero, del Parlamento Catalán donde se está debatiendo la investidura de un nuevo presidente de la Comunidad Autónoma Catalana, prácticamente in extremis, gracias al ´mantenimiento´ de las posturas firmes de un grupúsculo político –diez diputados– que a última hora ha girado 180 grados hacia otras posturas firmes. Lo que se deduce sin mucha dificultad es que por el euro cualquiera se baja los pantalones y pierde la dignidad las veces que sea necesario; después dirá que todo lo hace por el pueblo.

Particularmente ningún partido político merece mis respetos porque no veo altura personal ni altura de miras al no poner delante de todo a España€ Antes, España, y después el partido y después la propia persona. Soy consciente de que muchos me dirán que no están de acuerdo, ¡faltaría más! Sólo vierto en estas líneas mi pensamiento en voz alta. Otra cuestión que me deja ojiplático es el secretismo con el que se negocia todo. A mí no me interesa el resultado que de una negociación se da a conocer; lo que me interesa es la parte que no se da a conocer, pero está negociada. Verán ustedes que soy un iluso y me faltan, dirán, muchos hervores.

Acaban de nombrar presidente de Cataluña a un señor que ni se le había propugnado ni se le esperaba. El pueblo ´¡democráticamente!´ ha elegido al impuesto por el señor Mas que, además, de bote se lleva el Gobierno conformado de antemano. Pura y dura democracia.
Para acabar, pido: respeten las urnas o directamente, ahorrensen los euros, no convoquen a votar y negocien directamente entre ustedes. Fuera caretas.

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