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Posesión mentirosa

El control de juego del Real Murcia en tierra de nadie no es suficiente para cambiar la imagen de un equipo conformista, previsible e incapaz de poner en aprietos a un Melilla que se marcha satisfecho con un punto - La roja a Morante acaba con los pocos minutos de asedio de los granas

19.09.2016 | 04:00
Posesión mentirosa

Elijan una canción de salsa. De las de moverse bien pegaditos. Y ahora imaginen a una pareja de bailarines profesionales sobre la pista. Aunque no tengan conocimientos técnicos, piensen un poco. ¿Quién manda sobre el escenario? ¿Quién sigue el ritmo? Los expertos lo tienen claro. El hombre es el que guía y la mujer, la que se deja llevar. Pues, si el césped de Nueva Condomina se hubiera convertido ayer en una sala de baile, los papeles estarían igual de definidos. El Melilla llevó los pantalones y el Real Murcia solo pudo seguir el ritmo. La posesión, esa palabra que llegará un día que será incluso más importante que el orgasmo, lo desmentirá una y otra vez. Pero el resultado y las sensaciones dirán otra cosa.

Durante noventa minutos, y pese a llegar a atragantarse de balón, el Real Murcia solo hizo una cosa, jugar a lo que quiso el Melilla. Los visitantes, que llegaban en una buena racha y que sabían que quien más necesitaba los puntos eran los granas, lo tuvieron claro desde el inicio. Esperar atrás, no encajar goles y, si no llegaba la ocasión de dejar muda Nueva Condomina, volver a casa con un punto en el bolsillo. Y así lo hicieron. Salvo unos minutos a mediados de la segunda parte, los de Uribe fueron los encargados de elegir en cada momento la coreografía que había que bailar.

Con una línea defensiva que durante algunos instantes llegó a ser de cinco por el paso atrás dado por Luque, el Melilla hizo feliz a Paco García. El balón era del Murcia y el trivote, en esta ocasión formado por Armando, Diego Benito y Javi Saura, parecía tener todo el sentido del mundo. Sin embargo una cosa son los cuentos de hadas y otra muy distinta la mismísima realidad. Porque a los murcianistas les pasó como a un niño que pega su carita al cristal de un escaparate lleno de golosinas sin encontrar el truco mágico que le haga traspasar el vidrio y darse un atracón de lo más sabroso.

El primer movimiento de Paco García (minuto 56) lo demuestra. Javi Saura, el hijo pródigo que volvía a casa para llevar la batuta de la orquesta murcianista, era el primero en marcharse al banquillo. El trivote, esa palabra cuya fealdad le dificultará entrar algún día en el diccionario de la RAE, se diluía como un azucarillo al entrar en contacto con el café. Y es que todo lo que había transcurrido hasta ese momento había sido un sinsentido.

El control de juego o la maldita posesión, defínanlo como prefieran, solo había servido para ver una ocasión de gol, y casualidad o no, el disparo que Isi estrelló en el palo (minuto 34) no llegó en una bonita combinación, ni estuvo precedido de la magia que desprende Paco García, sino que simplemente fue el resultado de un balón suelto que el ciezano, ayer una de las novedades del once, cazó a la perfección, sorprendiendo a Barrio pero no a la madera de la portería del fondo norte de Nueva Condomina.

Fue la mejor ocasión del Real Murcia en la primera parte, por no decir la única. Y eso que nada más comenzar el partido, los murcianistas intentaron explorar nuevos territorios. Con un Pumar muy inspirado y con José Ruiz no desaprovechando la oportunidad de sorprender a un Pepe al que Uribe echó la cruz en el campo y en la rueda de prensa, las bandas se convirtieron en el camino favorito de los locales. Roberto Alarcón y el mencionado Isi también ayudaban a reforzar esa mentalidad.

Pero la superioridad en los extremos desaparecía en la zona clave, que en Segunda B, salvo para Paco García, no es otra que el centro del área. Cada balón enviado por los lanzadores granas era rechazado por Richi y Sergio Sánchez, que se convirtieron en una auténtica pared de frontenis.

No solo el esférico quedaba una y otra vez en los pies de los defensas visitantes. El metro setenta y ocho centímetros de Wilson Cuero, que disfrutaba de su primera oportunidad como titular, se quedaba en nada al lado de los espigados centrales melillenses. Ni por alto, ni por bajo, ni de espaldas, ni de frente... Ni en una sola ocasión ganó la partida el colombiano. Eso unido a la escasez de balones arriba desesperó al colombiano, que en los primeros minutos intentó encontrar un respiro bajando al centro del campo y robando algunos balones.

Su momento llegaba en el minuto 46. Diego Benito, al que faltó unir la profundidad a la solidez que le convirtió en el más destacado del centro del campo, robaba un balón para abrir el juego a Isi. El ciezano miró al área y encontró a Cuero que, por primera vez, recibía en superioridad. Cuando el Murcia ya tocaba las golosinas del escaparate melillense con las manos, Barrio presumió de piernas para evitar el primer acercamiento grana.

Mientras Simón, que ocupaba la portería grana en lugar del lesionado Diego Rivas, frenaba los tímidos intentos del Melilla, siempre en pies de Prieto; Armando volvía a confirmar que 'tres son multitud' al volver a sacar partido de un robo en el centro del campo. En esta ocasión, el encargado de impulsar el ataque fue Pumar. Su centro medido encontró a Titi, quien, al igual que Cuero, no superó el último obstáculo, representado Barrio. El peligro no acabó ahí. El despeje del meta visitante al centro del área abría una opción más que interesante, pero ni un solo futbolista vestido de grana pensó en darse un paseo por el punto de penalti.

El Real Murcia por fin parecía coger el timón en la pista de baile. Con Titi y Nacho Pérez aumentando el músculo en la zona más olvidada por los granas en la primera parte, el Melilla quedó completamente encerrado y Uribe, temblando al ver que su estrategia no llegaría a buen puerto. Pero en el minuto 76, la realidad volvería a sobrepasar a los granas cuando Morante, al parar un contra del Melilla, veía la segunda amarilla. La ambición local quedaba ahí y la coreografía volvía al punto de inicio, donde el Real Murcia perdía dos puntos y los visitantes ganaban uno.

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