Libros

George Simenon: Todo está permitido

Si algo tiene la obra de Simenon es la extraordinaria facultad de fascinarnos, encantarnos con sus historias criminales sin parangón

25.09.2014 | 18:39

La nieve estaba sucia es la octava novela del escritor belga Georges Simenon que la editorial Acantilado recupera para el lector español (las anteriores fueron Maigret en los dominios del córoner, Las hermanas Lacroix, Los vecinos de enfrente, La casa del canal, El perro canelo y Pietr, el Letón) gracias al apoyo recibido por la Fédération Wallonie-Bruxelles. Esta novela admirable, realista y redonda de Simenon parte de la obra más inquietante de Dostoievski, Crimen y castigo. Como en ésta, un joven de dieciocho años se cree con el derecho a ocupar el puesto de Dios y decidir sobre la vida y muerte de sus vecinos en una ciudad europea bajo la ocupación nazi. Al igual que Raskolnikov, Frank Friedmaier opina que «si Dios no existe, todo está permitido».

Los crímenes del joven Frank no son más que el reflejo del nihilismo que se instaló en el inconsciente colectivo cuando los nazis ocuparon media Europa a principios de la Segunda Guerra Mundial. Todo ocurre en un entorno de degradación moral que se consuma en una casa de citas, cuya propietaria es Lotte, la madre de Frank. Allí es donde Frank tiene su guarida después de robar, matar, violar, sin apenas inmutarse ni contemplar otras posibilidades para salir de la espiral de violencia que no cesa y que se ha impuesto en la gente como un manto de nieve: «[Frank] no tiene compasión. De nadie. Ni de sí mismo. No reclama ni acepta ninguna compasión. [...] Se niega a pensar que es porque no ha tenido padre».

La tragedia de La nieve estaba sucia se centra en el hecho de que el autoconocimiento de los aspectos más oscuros de su naturaleza lanzan a Frank por una pronunciada pendiente hacia el desafecto y el desasosiego más violentos: «He robado los relojes y he matado a la señorita Vilmos, la hermana del relojero. Ya había matado a uno de sus oficiales, en la esquina del callejón de la curtiduría, para quitarle el revólver, porque me apetecía un revólver. He cometido acciones mucho más vergonzosas; he cometido el mayor crimen del mundo, pero éste no les concierne. No soy un exaltado, ni un agitador, ni un patriota. Soy un crápula. [...] A partir de ahora, me puede interrogar todo lo que quiera, no contestaré ni una palabra. Puede torturarme. La tortura no me da miedo. Puede prometerme la vida. No la quiero».

Mucho se podría decir de esta novela clásica (si hay alguna obra de Simenon que merece este calificativo es ésta, a la altura de novelas como El extranjero de Albert Camus o La náusea de Jean Paul Sartre) y singular; es obligado destacar la gradación tan medida del flujo de intensidad dramática, la realista descripción de un mundo sin sentido y la permanente e infructuosa ignominia en la que se mueve el protagonista, lo que nos llega a través de una traducción trabajada y precisa de Núria Petit Fontserè. Todo esto contribuye a la sensación de turbación que alcanza el lector al terminar la última página y al deseo de saber más sobre su autor, a quien nuevas generaciones de lectores en todo el mundo no cesan de descubrir como si fuera una novedad.

La obra de Simenon, incluida la serie de novelas protagonizadas por el comisario Maigret, está recorrida de arriba a abajo por todos los crímenes imaginables o casi. Esta obsesión por los crímenes, sin embargo no es suya. En 1930, por encargo de Joseph Kessel, Simenon escribió una serie de novelas cortas para la revista Détective. Es en estas novelas en las que residió principalmente su fama, pero como él mismo demostraría posteriormente con La nieve estaba sucia, El gato o El circulo de los Mahé (de próxima publicación en Acantilado), «no es un autor de novelas policíacas, del mismo modo que Graham Greene y John Le Carré no fueron autores de novelas de espionaje. Son novelistas a secas, y de los más grandes. Cosa que empieza a saberse», según su biógrafo Pierre Assouline.

Georges Simenon nació en Lieja (Bélgica) en 1903. Su padre trabajaba en una compañía de seguros y su madre era ama de casa. En 1918 abandonó sus estudios y trabajó como panadero y de ayudante en una librería. A los 16 años comenzó a ejercer de reportero en La Gazette de Liège, escribiendo con el seudónimo de Georges Sim o Jean du Perry. En 1922 se trasladó a París y frecuentó a La Caque, un grupo de poetas y jóvenes artistas. Tuvo numerosas amantes, una de ellas fue la bailarina y cantante afroamericana Joséphine Baker. Ya en esos años se consolidaron sus cualidades literarias, que son aquellas que Robert Louis Stevenson en uno de sus ensayos apuntó como meta de la creación: la omisión de lo inútil, la acentuación de lo importante, el mantenimiento de un carácter uniforme a lo largo de la obra y, sobre todo, lo que debe brillar en una escritura para que adquiera el poder de arrebatarnos: encantamiento.

Si algo tiene la obra de Georges Simenon es la extraordinaria facultad de fascinarnos, encantarnos con sus historias criminales sin parangón. André Gide fue uno de los primeros en devorar los libros de Simenon (cuando éste acababa de abandonar la editorial Fayard e iniciaba una nueva etapa en Gallimard, con la publicación de una nueva serie de «novelas duras»), se entusiasmaba con algunos títulos más que otros, pero no dejaba ninguno sin leer. Y eso que escribió ciento y una novelas, y un número similar de relatos. John Banville, autor de novelas policíacas bajo el seudónimo de Benjamin Black, en el texto de presentación de una selección de obras de Simenon en New York Review of Books se hacía esta pregunta: «¿Era humano? En sus energías, creadoras y eróticas, era desde luego extraordinario. [...] Era capaz de hacer una novela en una semana o en diez días». Simenon era humano, demasiado humano.

Simenon en el cine
Algunas de sus novelas, sobre todo las protagonizadas por el comisario Maigret, han sido llevadas a la gran pantalla con desigual éxito

Charles Laughton como Maigret en El hombre de la torre Eiffel (1949).Aunque los textos de Simenon son relativamente estáticos, eso no ha desanimado a los realizadores cinematográficos que han llevado a la gran pantalla algunas de sus obras. De hecho son más de cincuenta películas las que ha rodado el cine francés a partir de las novelas del escritor belga. Eso sin contar las decenas de cintas basadas en sus historias que se han llevado al cine en otros países. Aunque las adaptaciones realizadas pueden ser discutibles, por la dificultad entre la fidelidad al original y la traición al espíritu de Simenon, lo que está claro es que la elección de los protagonistas ha sido primordial en todos los casos, sobre todo para el papel del célebre comisario Maigret, porque es a su alrededor donde se estructura el film. Su personalidad, su humanidad y su presencia deben estar tan definidos y tan presentes como la propia intriga.

Son muchos los actores que han dado vida al famoso comisario. Pierre Renoir, quien fue uno de los mejores según la crítica; Abel Tarride; Harry Baur, también uno de los más destacados intérpretes en este papel; Albert Préjean, quizás el menos convincente y el peor elegido; Charles Laughton; Michel Simon; Maurice Manson; Jean Gabin, que supo llenar el rol del policía y darle una vision inteligente; Gino Cervi y Heinz Rühmann, que llevó a la gran pantalla un personaje rico y verosímil.

Jean Gabin y Georges Simenon eran muy amigos, por lo que el actor interpretó un total de diez filmes adaptados de sus obras. Y con ellos Gabin consiguió hacer olvidar casi su pasado cinematográfico y su rol de chico malo.

La nieve estaba sucia | Georges Simenon
La degradación moral nazi

La acción de esta novela se sitúa en una casa de citas de una ciudad europea bajo la ocupación nazi. Con la degradación moral, se nos presenta en toda su crudeza el poder contagioso e invasor de la abyección, así como la escisión entre la llamada del abismo y la aspiración a una pureza ideal. La novela acabará revelando a un héroe o a un loco insensible, que acepta el castigo como un rescate. Nunca como aquí logró Simenon concentrar con tanta eficacia tan compleja y profunda problemática moral, entre la ignominia y la inocencia.



Las hermanas Lacroix | Georges Simenon
Inmersos en la soledad

Los secretos y rencores que alberga la mansión de las hermanas Lacroix, como se la conoce con respeto en la pequeña ciudad de provincias, encierran al cabeza de familia en una inmensa soledad. Sus moradores se refugian, según sus caracteres, en el misticismo, la especulación filosófica y artística, y un odio meticulosamente alimentado, ya sea desde la prepotencia o la debilidad. La inexorable huida de la generación joven, o su invasión de los espacios nobles, abocará a las hermanas a una convivencia relegada a compartir recuerdos.



Los vecinos de enfrente | Georges Simenon
Encerrado en una trampa

Adil Bey llega a Batum, ciudad del sur de la Unión Soviética, como nuevo cónsul de Turquía. Pero su trabajo en la pequeña ciudad, asfixiada por el régimen comunista, se va pareciendo cada vez más a una trampa: aislado de todo contacto con el mundo, va tomando cuerpo la sospecha de que su antecesor ha sido envenenado, y siente que sus vecinos de en­frente le vigilan día y noche. Cautivo de una obsesiva soledad, se siente atraído por Sonia, su secretaria, con la que inicia una relación de terribles consecuencias.



La casa del canal | Georges Simenon
Vida entre extraños

Edmée, una chica de 16 años que ha quedado huérfana, es acogida por sus tíos en una casa de campo. A su llegada, su tío acaba de fallecer, y ella quedará al cuidado de su tía y sus tres primos, todos ellos extraños, de rasgos asimétricos y cubiertos de eccemas. En pocos días, se descubre que las deudas del padre eran numerosas y que la situación de la familia peligra. Edmée va descubriendo el imparable poder que su feminidad ejerce sobre sus dos primos varones, y arriesga un juego de seducción de terribles consecuencias.



El gato | Georges Simenon
El camino de la destrucción

Émile, un obrero retirado y algo tosco, conoce a Marguerite, una mujer afectada y puritana que vive encerrada en el recuerdo de un pasado mejor. Ambos terminan casándose no por amor sino con el objetivo de poder compartir cada uno su soledad con el otro. Pero este plan falla por completo. Pronto las desavenencias entre ambos se hacen evidentes y la vida matrimonial se transforma en un infierno. La desa­parición del gato de Émile es el detonante de un cruel enfrentamiento que lleva a los ancianos a la destrucción.

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