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  • 09
    Marzo
    2015

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    Jorge Molder, y el “yo” machista

    JorgeMolderJorge Molder y el “yo” infinito, es el título que Ángeles García dio a su artículo de El País (viernes 6 de enero de 2015), sobre una exposición del artista que recoge, en la sala Picasso del Círculo de Bellas Artes de Madrid, parte de su obra, en la que reproduce imágenes de sí mismo. Según me pareció, el resultado conseguido es desigual, aunque son memorables la serie de autorretratos de gran formato, en sepia, que recorren las paredes de la sala principal. Si hoy traigo aquí a este artista es porque la exposición la visité este pasado fin de semana, y también entonces leí el artículo de Ángeles García para documentarme sobre ella. El fotógrafo portugués tiene sesenta y ocho años, y se considera uno de los más interesantes del momento. Hasta aquí nada que objetar, es en la entrevista en la que quiero detenerme; hacia el fina, la periodista le pregunta a Jorge Molder sobre el hecho de que se le compare con la artista estadounidense Cindy Sherman, cito: (la pregunta es) una de las pocas cosas capaces de alterar el carácter calmado del autor portugués: “No tengo nada que ver con ella. Ella es una chica que se hace cosas y las expone. Me interesaron algunos trabajos de sus comienzos, pero luego nada. Lo suyo es militancia. Yo no me maquillo para vender nada”, enfatiza. Comprenderán que semejante respuesta merece un comentario, pues se trata de un ejemplo casi paradigmático de la desvalorización que con demasiada frecuencia merecen las mujeres artistas de parte de sus compañeros varones, en unos términos que indican bien a las claras el carácter prejuiciosamente patriarcal de la observación de Molder. En primer lugar, el uso de la palabra “chica”, aplicada a su colega de sesenta y tres largos años, con una trayectoria artística plagada de éxitos y de reconocimientos habla bien a las claras el propósito de devaluarla: Sherman no es lo que su trayectoria indica, es solo una chica que se hace cosas. Por otro lado, el hecho de que confiese que le gustaron lo que hacía en sus comienzos, pero luego dejó de interesarle. Qué casualidad, justo cuando empezó a ser una figura en la historia del arte contemporáneo él le retira su beneplácito. ¿Celos?, ¿envidia?, ¿juicio estético sin más? En cualquier caso, desprecio manifiesto sobre el trabajo del otro en la forma de expresarlo. CindyShermanSeguimos: Lo suyo es militancia. La reducción del arte a artesanía o a militancia es otro argumento frecuente cuando los hombres juzgan a las mujeres artistas: las excluyen del continente artístico, un olimpo reservado exclusivamente a ellos, para devaluar su obra con esas dos denominaciones que las colocan abiertamente en el margen. Para que una mujer triunfe en el arte hay que hacerlo según sus propios cánones artísticos, de otro modo, si la estética y el discurso que se proponen es distinto, las atrevidas artistas son expulsadas del universo sagrado del Arte, y reducidas a cualquier otra cosa. Cindy Sherman hace militancia, señores, no arte, se acabó, para qué seguir comparándola, no se mezclan churras con merinas. Conozco la obra de la artista norteamericana desde hace muchos años y es innegable el carácter reivindicativo de un cuerpo de mujer por fuera de los modelos del arte clásico; ella se disfraza y realiza unas fotografías entre performance y tableaux vivants que hibridan las tradiciones artísticas occidentales desde una perspectiva femenina. Cindy Sherman es una artista, sin duda: tiene una mirada subjetiva, una poética clara, una trayectoria que evoluciona y conserva al mismo tiempo un estilo, y una calidad innegable. Pero para el fotógrafo portugués, esta chica hace solo militancia feminista. Por último, Molder afirma que él no se maquilla para vender, de lo que se desprende que Cindy, a su juicio, sí lo hace. Muy bien, otra devaluación más: ella no hace arte sino que comercia con las cosas que se hace. En este artículo he incluido dos fotografías, una de cada artista, para que ustedes las comparen por sí mismos y se hagan una idea. Me enfadé leyendo la declaración de Jorge Molder; lo confieso, estoy harta de ese discurso prepotente que los hombres lanzan contra nosotras y nuestras manifestaciones culturales. Las descalificaciones de Molder sacaron la guerrillera que hay en mí, y me dije: a estas declaraciones les hago un artículo. Aunque no sirva para nada, aunque solo sea para dejar bien claro que ningún hombre fálico y prepotente va a ordenarnos a las mujeres lo que es arte y lo que no lo es; dejar claro que las fronteras están ahí para transgredirlas y explorarlas por nosotras mismas, las mujeres que creamos, según la tradición y la experiencia nos hayan marcado y el diálogo que establezcamos con ellas; y, por último, dejar bien claro que no tenemos que dejarnos amilanar por declaraciones intencionadamente despreciativas como esta. Hace poco escribí aquí sobre la novela de Siri Hustvedt, Un mundo deslumbrante, afirmando que la autora tiene la necesidad de justificar en ella sus tesis más allá de lo necesario (literariamente hablando), y que esto lastra la obra con unas ciento y pico páginas de más. Sin embargo, creo que ese lastre era inevitable, que para lanzar su voz contra un tema tan candente como la recepción, de parte del stablishment, del arte realizado por mujeres, le era preciso argumentar, afirmarse, defenderse de las acusaciones que anticipa va a recibir su discurso. Esa es su trayectoria, su lucha, y me parece honesto que la muestre en su novela, en lo que quiere y, como sucede en toda obra de arte, también en lo que no hubiera querido mostrar. No me extrañaría que algún crítico viese en Hustvedt militancia como Jorge Molder la observa en la obra de Cindy Sherman. Pero miren ustedes lo que les digo, sigo enfadada y quiero seguir estándolo: peor para ellos. Claro que el patriarcado, que lo ha dejado todo atado y bien atado para que la dominación y el poder sigan estando donde están, ha creado también una palabra y una imagen muy expresiva para las mujeres que se rebelan, protestan y se enfadan: histéricas. Pues bien, a mucha honra.

     

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