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Blog La Errancia - Víctor Ramón

Víctor Ramón

Redactor freelance y colaborador los domingos con Deportes de La Opinión, en cuya edición digital trabajé de 2009 a 2012. También, entre otras ocupaciones, he sido profesor de Historia. Una vez escribí algo sobre Lope de Vega que nadie leyó y por despecho empecé a perpetrar blogs

Sobre este blog de Cultura

Confesión de naufragios, inventario de heterodoxias, apología del derroche, compendio de banalidades, orgía de comas. "La enloquecida fuerza del desaliento".


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  • 07
    Octubre
    2015

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    Pánico doméstico

    Están el temor, el miedo, el espanto, el horror y lo que viví una noche del invierno pasado. Reduciéndolo a palabras sería un terror doméstico, adjetivo que aun conlleva un agravante, no por nada las películas que más canguelo nos dan son aquellas en las que El Mal se aposenta en el hogar de alguna inocente familia, desplegando con saña su nutrido repertorio de fechorías. Aunque de las de miedo procuro ver pocas y menos acompañado, que no queda muy digno ser incapaz de mantener una mínima compostura con los sustos, reaccionando a cualquier truco de guionista con entereza propia de damisela asustadiza del Antiguo Régimen.

    Pero la cosa no fue de apariciones sobrenaturales, aunque sí hubo aterradoras presencias invisibles, y desde luego todo el drama se desarrolló en casa, en un espacio como el del hogar en el que uno los máximos horrores que había experimentado fue, viviendo solo, el de pasar todo un mes de octubre duchándome con agua fría por la desidia de no llamar al casero. O bien, el resultante de irte de fin de semana habiendo dejado un frigorífico abierto, teniendo que encarar luego, entre otras consecuencias, dos días de preocupación por sus desajustes de temperatura, afrontados con el desvelo del que tiene una criatura afiebrada. Y es que cuando uno deja de estar guarecido por lo previsible en el hogar, alterándose el “sota, caballo y rey” esperable, nos damos cuenta de que somos barro y poniéndonos en lo peor, incluso mierda, si llega a romperse la cañería menos oportuna. Pese a todo, en el horror que viví no hizo falta que se estropease nada, ya se encargaron una mezcla de desgana y torpeza de engendrar una mezcla letal, en sentido casi literal.

    Todo empezó en una típica noche invernal de esas en la que uno está abotargado, apaciblemente mecido por la nadería del día a día y el noche a noche, recién pimplada mi ‘tonti-pizza’ de jamón york y queso, viendo por inercia la televisión desparramado en el sofá cual araña patuda abarcando toda su tela. En medio de toda esa laxitud, me dio un antojo de chocolate cuyo remedio estaba en la cocina. Solución que efectivamente estaba allí, pero por la vía drástica del trueque del capricho por el espanto, ya que al llegar me estampé con un escape de gas bastante desatado a juzgar por el fuerte olor que se desprendía, apreciable con bastante intensidad incluso por un fumador con el sentido del olfato bastante atrofiado como el que esto escribe. De manera que aquello a mí, de aprensión fácil también, más que oler ya directamente me apestaba a voladura inminente de todo el edificio.

    Con escasa entereza, atiné a detectar que el causante del sindiós estaba siendo el botón mal enroscado de uno de los fuegos de la placa de cocina, cuyos botones comparten panel con los del horno en el que me había preparado la pizza. Vecindades que sumadas al empanamiento habían artillado una explosión en ciernes que debía llevar cociéndose como una hora, calculé. Entre temor y temblor, acerté a abrir las ventanas de la cocina y a cerrar la puerta con virulencia de quien está encerrando a La Bestia en una cámara sellada para toda la eternidad.

    Y ahí acabó mi resolución, dudando angustiosamente a partir de entonces sobre qué hacer ¿voy avisando a los vecinos puerta por puerta? ¿Acaso no sería más rápido hacerlo abajo desde los telefonillos? Eso, ir llamándolos e ir diciéndoles algo así como “vecino soy el del quinto a, no te asustes pero sal de tu casa con toda tu familia que el edificio está a punto de explotar”. Con más tino también sopesé llamar a los bomberos, y que ellos calibrasen de acuerdo a la enjundia del escape el peligro real de explosión. Pero, ay, quién sabe si por los resabios que todavía tenemos de ese sentido rancio de la hidalguía de origen medieval, o por qué será, pero lo cierto es que todavía en ocasiones nos cunde más el miedo a la comedia que a la tragedia, de forma que lo descarté y ya embebido de mentalidad totalmente actual decidí buscar auxilio en Google.

    De manera que ahí estaba yo en mi salita, a oscuras no se sabe muy bien por qué extraña asociación de ideas, buscando información desde el móvil sobre escapes de gas, de los que, para colmo, sólo obtenía los ejemplos más chuscos bajo la forma de noticias trágicas que eran las que por relevancia Google posicionaba primero, sin que por los nervios atinase tampoco a afinar mucho en las búsquedas. Por no hablar de que cada ruidito estándar, lógico de cualquier casa, a mí me desbocaba el corazón pensando que era el de la gran explosión.

    Poco a poco fui reuniendo el valor necesario para asomarme por la cocina a oler la intensidad que tenía todavía la peste a muerte, y así fue pasando el tiempo, tranquilizándome lentamente lo suficiente como para que barajase incluso fumar un cigarro, que lógicamente no me atrevía a encender allí, pensando en bajar a la calle a echarlo, aunque finalmente no me atreví no fuese a explotar finalmente todo y todavía pensasen que había sido premeditado, incriminándome mi ausencia de la casa, mientras que mi presencia cercana al edificio fumando con aparente sosiego un pito, cual Nerón contemplando su obra, ya me arrojaba directamente a las tipologías criminales de la psicopatía, aunque siempre podría esgrimir ante los peritos informáticos policiales mis búsquedas desesperadas en Google como prueba de mi inocencia.

    Lentamente pasaron las horas y el peligro se esfumó, aunque la jindama tardó mucho más en desaparecer, pese a que la información que fui recabando después rebajase bastante el peligro real que hubo dada la escasa importancia del escape, siendo por eso por lo que permito contarlo escanciando mis gotas de frivolidad habituales. De todas formas me gustaría pedir disculpas a hipotéticos lectores vecinales, por lo que pasó, o mejor dicho por lo que pudo pasar, y por enterarse de esta manera, por no hablar de que a lo mejor hubiesen preferido no enterarse absolutamente de nada bajo ninguna forma, pero necesitaba escribirlo y a mi manera que diría el otro, a modo de exorcismo, de conjuración definitiva de aquel miedo que pasé, de aquel horror, de aquel espanto, de aquel pánico doméstico.       

     

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