06 de octubre de 2020
06.10.2020
La Opinión de Murcia
A leer

La Isla de Abel

06.10.2020 | 04:00
La Isla de Abel

A principios del mes de agosto de 1907, año primero de su matrimonio, Abel y Amanda fueron de excursión al bosque que había a poca distancia de la ciudad donde residían. El cielo estaba nublado, pero Abel no creyó que fuera a ser tan desconsiderado como para ponerse a llover cuando a él y a su bella esposa les apetecía salir de paseo.

Hicieron una merienda muy agradable en el bosque sin sol, repartiéndose delicados sándwiches de queso blando y berros, acompañados de huevos de codorniz cocidos, cebollas, aceitunas y caviar negro. Brindaron el uno por el otro, y también por todo lo demás, con un champán de color brillante puesto a refrescar en un cubo de hielo. Luego jugaron una alegre partida de croquet, riéndose sin mucho motivo, y siguieron riéndose mientras descansaban sobre una alfombra de musgo.

Cuando aquel plan de broma empezó a aburrirles, Amanda se sentó a leer debajo de un helecho y Abel se fue a dar una vuelta. Iba paseando por entre los árboles y admirando el verdor cuando, al alzar la vista, vio un grupo de margaritas apiñadas, que parecían estrellas gigantescas, y decidió cortar una para regalarle a su esposa una bonita sombrilla.

Sonreía ya pensando en la gracia que le haría a Amanda lo que le iba a decir al sostenerla sobre su cabeza. Escogió una margarita perfecta y, utilizando el pañuelo para no manchare con la savia, cortó cuidadosamente el tallo con la navajita que llevaba.

Con la margarita al hombro, volvió derecho a donde estaba su esposa, muy complacido consigo mismo. De repente empezó a soplar un viento fuerte, y cayeron algunas gotas de lluvia, escurriéndose por donde podían entre el follaje. Costaba trabajo sujetar la flor.

Su esposa estaba debajo del helecho, exactamente en el mismo sitio donde la había dejado, enfrascada en las peripecias de su libro.

-¡Traigo una cosa para ti! -dijo Abel, levantando la punta del helecho.

Amanda alzó la vista y le miró con los ojos muy abiertos y cara de asombro, como si, inexplicablemente, una página impresa se hubiera transformado en su marido. Una brusca ráfaga de aire arrancó la margarita de la pata de Abel.

-Está lloviendo -observó Amanda.

-¡Ya lo creo que sí! -dijo Abel indignado, en el mismo momento en que empezaba a caer más fuerte; y mientras intentaba recoger sus cosas arreció aún más. Se acurrucaron debajo de la chaqueta de Abel, él ofendido por la falta de consideración del tiempo, ella preocupada, y los dos confiando en que escamparía pronto. Pero no escampó. Cada vez llovía más fuerte.

Cansados de esperar, y de preguntarse de dónde saldría toda aquella agua, decidieron arriesgarse. Cubiertos con la chaqueta pusieron rumbo a casa, dejando allí las cosas de la merienda, pero con el viento de cara casi no podían avanzar. Por aquí y por allá estallaban truenos furiosos y relámpagos cegadores.

-¡Querida -gritó Abel-, tenemos que refugiarnos en cualquier sitio, donde sea!

Dejaron de marchar contra el viento y emprendieron una carrera alocada en la misma dirección que él. Apretados el uno contra el otro, corrieron, o más bien se dejaron arrastrar por el vendaval a través del bosque, hasta llegar frente a un peñasco enorme que relucía bajo el martilleo incesante de la lluvia. Ya no podía el viento empujarlos más allá.

El refugio que buscaban estaba muy cerca.

-¡Suban!- los llamaron unas voces-. ¡Suban aquí!

Abel y Amanda alzaron la vista. A poca distancia por encima de ellos vieron la boca de una cueva, por donde asomaban varias caras peludas.

Treparon juntos hasta la cueva, a donde llegaron muy aliviados y sin aliento.

La cueva estaba llena de animales que habían tenido la suerte de encontrar aquel asilo, y hablaban entre sí animadamente. Había varios ratones conocidos de Abel y Amanda, y una familia de sapos que les habían presentado en un carnaval; de los demás no conocían a nadie. En un rincón estaba apartada una comadreja, rezando sus oraciones una y otra vez.

Abel y Amanda recibieron la bienvenida de todos, y unos y otros se felicitaron. La tormenta rugía como si se hubiera vuelto completamente loca.

Los mojados ocupantes de la cueva se apiñaban en la entrada abovedada, como actores que hubieran representado ya sus papeles y pudieran ahora contemplar el resto de la función entre bastidores. La tormenta se estaba convirtiendo en un verdadero huracán vociferante. Árboles gigantescos se doblaban bajo las furiosas ráfagas, las ramas se partían, retumbaban los truenos y los rayos zigzagueaban desatados sobre el cielo oscuro y lleno de vapores.

Abel y Amanda estaban en la primera fila del grupo, fascinados por el temible espectáculo. Amanda asomaba la cabeza para ver cómo se venía abajo un roble, cuando de pronto el viento le arrancó el pañuelo de gasa que llevaba al cuello, y aquel pedazo de tejido vaporoso salió volando como un fantasma de la boca de la cueva. Abel se quedó horrorizado, como si fuera la propia Amanda lo que el viento le arrebataba violentamente.

Sin pensarlo un instante, se arrojó al exterior. En vano trató Amanda de detenerle, gritando: ¡Abelardo!. Siempre le llamaba por su nombre completo cuando le parecía que estaba haciendo alguna tontería. Él no hizo caso y se escurrió por la peña abajo.

El pañuelo se había enganchado en una zarza y de allí lo rescató Abel, pero cuando quiso volver a subir con su trofeo, el viento le tumbó y le revolcó por el suelo como si fuera un vilano, con el pañuelo de su amada cogido en la pata.


Tomado de:  La Isla de Abel
Autor:  William Steig
Editorial: Blackie books

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