Opinión | Pasado de rosca

Muerte de un pragmático

Ha muerto a los cien años Henry Kissinger, un político puro. Es decir, un político que en su acción pública nunca ha tenido en cuenta principios morales. Su pragmatismo sin complejos lo llevó a apoyar sangrientas dictaduras en el continente americano como bastión frente a lo que consideraba la amenaza comunista. Fue el muñidor del golpe de Estado que hizo caer a Salvador Allende en Chile y que puso al frente del país suramericano a Augusto Pinochet, el dictador asesino.

El anticomunismo fue uno de los grandes principios rectores de su práctica política. Pero con matices. Kissinger fue ante todo un pragmático. Muestra de ello fue su acercamiento a China, también comunista, para mejor aislar a la gran potencia rival de Estados Unidos, la Unión Soviética.

Recibió un controvertido Premio Nobel de la Paz por haber sido el artífice de las conversaciones que pusieron fin a la guerra de Vietnam, un conflicto que por un lado estaba resultando muy costoso a Estados Unidos, y por otro lado tenía, además, una fuerte contestación interna en su propio país. Porque el país de Kissinger era Estados Unidos, a pesar de haber nacido en Alemania. Y a la mayor gloria de su país dedicó su vida. Ya cumplidos los cien años, hizo su último viaje a China y fue recibido con honores por el presidente Xi Jinping, lo que indica que nunca se jubiló y que después de haber ocupado su cargo de Secretario de Estado con dos presidentes, aún siguió trabajando y ejerciendo su influencia hasta el final de sus días.

Brillante, soberbio y egocéntrico, nunca se arrepintió de las decisiones que tomó o que ayudó a tomar. Ni siquiera de aquellas que produjeron una enorme cantidad de muertos, como por ejemplo los bombardeos sobre Camboya que propiciarían la llegada de los Jemeres Rojos al poder, los cuales luego perpetraron el genocidio de más de dos millones de compatriotas.

Pero las fuerzas que mueven la historia son siempre supraindividuales. Y tan erróneo es atribuir los cambios a gran escala a protagonistas concretos como no advertir que hay individuos que han sido capaces de accionar poderosas palancas que han contribuido decisivamente a dirigir el curso de los acontecimientos. Henry Kissinger es, sin duda, uno de estos. Cabe preguntarse cómo sería China hoy sin la aproximación y la cooperación con el gigante asiático promovida por Richard Nixon y propiciada por la labor de Kissinger.

Como queda dicho, su anticomunismo lo llevó a apoyar tanto a China, para debilitar a su entonces rival, la Unión Soviética, como a dictaduras de todo tipo, ya fuera en América Latina o en Asia, donde apoyó a Pakistán en contra de Bangladés en el proceso de independencia de este país. No obstante, el anticomunismo de Kissinger no era la posición ideológica de un fanático. Respondía a un planteamiento racional propio de un intelectual que denostaba a los intelectuales. Era intelectual en el sentido de que se trataba de un hombre de una sólida formación y dado al análisis y la reflexión. Denostaba a los intelectuales que mantienen una postura contemplativa, pues él se consideraba un hombre de acción, de acción política. Kissinger analizaba la situación y, una vez que había llegado a la conclusión de cuál debería ser la actuación que conducía al fin político que buscaba, la impulsaba. Nunca se paraba a contar los muertos que tales acciones producían. Y es historia que, como resultado de sus iniciativas, hubo multitud de muertos en múltiples escenarios en todo el planeta. Como ya he dicho, su orgullo le empujó a decir —sin atisbo de autocrítica— el año pasado en una entrevista con la cadena ABC: «las recomendaciones que di fueron las mejores de las que era capaz entonces».

No es tanto la ausencia de principios éticos en la praxis política lo que puede traer el dolor y la muerte, sino, según mi humilde creencia, la acumulación de poder en las manos de quien, pese a sus reconocidas inteligencia y formación, puede impulsar — solo por su prestigio y posición, y sin contrapeso alguno— acciones que afectan a millones de personas.