Opinión | Noticias del Antropoceno

No todo el monte es orégano para las startup

 A los políticos les encanta sacar hacerse fotos presidiendo eventos que reúnen a las startup en su ámbito de gobierno. Es lógico, la mezcla de tecnología y juventud es un entorno irresistible a la hora de enmarcar la imagen de un gobernante. Y cuanto más disruptiva sean las startup, mejor. 

Como le gustaba repetir a Marck Zuckerberg en los inicios de Facebook, «hay que moverse rápido y romper cosas». Tan rápido se movió y tantas cosas rompió Andy Neunman al crear Wework, que los últimos que compraron su idea (Soft Bank, que adquirió la mayoría de la empresa a los inversores iniciales, que habían echado previamente al fundador) se han pegado esta semana una ostia del quince. Andy Neunman era un personaje visionario donde los haya. Lo demuestra el hecho de que convenció a sus inversores de que el proyecto era una startup disruptiva cuando era un simple proyecto inmobiliario basado en alquilar espacios de coworking en edificios previamente arrendados por él con contratos a largo plazo con los propietarios. Eso sí, con cerveza gratis, muchas fiestas motivacionales y salas confortables con espacios de networking y futbolines por doquier. Y una soberbia inigualable que le llevó a proclamar que su misión era «elevar la conciencia del mundo».

WeWork era una excelente idea, poco innovadora, tecnológicamente inerte y, lo que es peor, nada patentable. Como empresa inmobiliaria, estuvo siempre sometida a los vaivenes cíclicos de un sector terriblemente sensible a las condiciones económicas. En este caso, la bancarrota de Wework se produce en el marco del abandono de la presencialidad motivada por el covid 19, que no se ha recuperado desde entonces. No es que el teletrabajo se vaya a imponer definitivamente, pero está claro a estas alturas que ha venido para quedarse, en mayor o menor proporción.

La mejor demostración es que las empresas inmobiliarias están diseñando a marchas forzadas proyectos de reconversión de oficinas en residencial, con la complicidad de las autoridades urbanísticas, que ven un peligro en el proceso de ampliación de la desertificación de los downtown, por ahora limitados a los fines de semana, al resto de las jornadas.