Opinión | Horizonte de sucesos

Un homenaje a Cirlot

Los sueños son, como seguramente haya dicho Borges en algún lugar, una rama de la literatura fantástica. Y también, podríamos añadir, un antecedente natural del surrealismo. Aunque Cirlot no fuese un autor adherido a las filas del surrealismo sí que su libro Sueños participa en gran medida de esa estética imbuida por los procesos oníricos y la escritura guiada por el subconsciente. Narrar sueños, no obstante, es una actividad arriesgada si no se presta atención a lo narrativo. Todos tenemos sueños fabulosos pero al ser trasladados al papel adolecen de coherencia, interés y, por supuesto, lógica narrativa. Y es precisamente en este último punto donde encuentra el ‘escritor de sueños’ su talón de Aquiles pero también su piedra de toque.

Siguiendo la estela de Cirlot y sus célebres 88 Sueños Ediciones Fantasma ha publicado un librito delicioso en el que ocho autores despliegan once textos cada uno para dotar de una geometría onírica el proyecto. Es más que evidente la inspiración cirlotiana en estos cuentos-sueños, que funcionan como una continuación (más o menos voluntaria) de la obra de Cirlot, pero que consigue aportar una visión renovada y proteica al mundo de los sueños del autor catalán.

Los sueños son, de por sí, aproximaciones surrealistas y distorsionadas de nuestro mundo, narraciones que se alejan de lo ‘normal’ y que nos invitan a concebir la realidad desde otra perspectiva. Así, estos sueños narrados (o narraciones onirificadas, no lo sabemos) tratan de captar la esencia misma del sueño pero, por supuesto, añadiendo una intención de estilo, lo que los convierte en narraciones y poemas de urdimbre onírica, disfrutables y geniales. Algunos autores tratan de mostrar un mundo disparatado, una suerte de esperpéntica realidad, como si Lynch o Berlanga fuesen el director tras la cámara que rueda una película desopilante. Tal es el caso de Raúl Herrero, autor que acude al humor más absurdo para dar cuenta de unos sueños que parecen reflejar el sueño colectivo de una España berlanguiana.

También hay autores como José Óscar López o Rodrigo Martín Noriega cuyos sueños (muy próximos a los que redactó Cirlot) entrañan misterios cósmicos, temores apocalípticos, ciudades siniestras y paisajes distópicos. Además, Martín Noriega se aleja del ‘sueño narrado’ y convierte sus textos en microcuentos propiamente dichos, ahondando en la borgeana idea de sueño dentro del sueño. Ese deseo de narrar se percibe en la aportación de Diego Luis Sanromán, ya que sus once piezas parecen conectadas, comparten personajes y funcionan como un único sueño dividido en sus diferentes fases. Algo similar realiza Ana Gorría a la hora de hilvanar sus sueñocuentos. A ella le debemos soñar la muerte propia y la ajena, y también el sueño cósmico: aquel en el que sentimos que el Universo y el yo se confunden.

Los sueños de Ángel Zapata juguetean con el microrrelato y la hiperbrevedad. Hay un énfasis, como en otros de los autores, en los seres extraños, amenazantes o imposibles. Y también en la sorpresa antes palabras o conceptos que en el sueño parecen cambiar su sentido. La urgencia sexual es otro de los tópicos recurrentes en varios autores. Así como situaciones de amenaza o violencia, animales incomprensibles o teatros o cines que ofrecen espectáculos que, a la postre, son una puesta en escena del teatro onírico.

Por otro lado Fernando López Guisado ha acudido a las imágenes poéticas para reverberar su mundo onírico. Un mundo más plástico y visual que los mismos sueños. Enigmático y azul como una pintura de Delvaux. Repleto de símbolos, a mitad de camino entre la descripción y la sugerencia, entre la belleza de la palabra y de la imagen soñada que evoca, en ocasiones, esquirlas de amores fugaces.

Iván Humanes cierra la antología con dos historias paralelas sobre heridas y un extraño ser. Dos sueños que, lejos de confluir, como ocurre en el mundo onírico, se bifurcan y se abren a otros paisajes, otras latitudes.

Llama la atención la homogeneidad de estos textos a pesar de sus diferencias temáticas. Los ambientes oníricos parecen evocar un único sueño colectivo. Además, la gran calidad que muestran todos los autores es poco usual en este tipo de experimentos. En definitiva, un libro insólito, delicioso y extraño que merece la pena leer, releer y soñar.