Opinión | Verderías

Las ballenas de José Hierro

José Hierro

José Hierro

Años de investigaciones por parte de los biólogos y tuvo que ser un poeta, José Hierro (Cuadernos de Nueva York, 1998), quien descubra el misterio de por qué «se suicidan» las ballenas varando en las costas. Hoy esta columna me la hace el mejor poeta que ha tenido la lengua castellana:

«Las he visto varadas en la playa. Los niños han abandonado carruseles, montañas rusas, nubes de azúcar, blanca o rosa, palomitas de maíz y suspendidos de sus cometas de colores han llegado a la orilla. Atrás quedó la música crispada de los altavoces. Ahora escuchan otra música más sosegada y misteriosa: jadeo de olas, disnea de cetáceos agonizantes, chillidos de las aves marinas, estremecedora polifonía (…).

Son, desde luego, extraños pero no infrecuentes estos suicidios colectivos. Los biólogos, oceanógrafos, ecologistas, nada pueden hacer por reintegrar a los cetáceos a su medio natural; no sólo por su peso y su volumen, sino porque están decididas -resignadas- a morir (Se barajan hipótesis diferentes y contradictorias: alguna, tal vez, resolverá el enigma). Hay quienes atribuyen el suceso a una avería, una desconexión -por el momento indemostrable- en el sofisticado sistema de radar que utilizan en sus desplazamientos. ¡Quién sabe cuál será la causa de esta agonía a la que yo asistí en las arenas de Long Island!

Yo sí lo sé. Yo he descifrado el, para los demás, indescifrable código. Los ballenatos, los jóvenes, los útiles, los que regresan a la mar tras culminar estas expediciones hablaban en sus asambleas nocturnas, mientras dormían las ballenas madres, de la necesidad imperiosa de liberarse de este lastre de ancianas jubiladas, de toneladas de disnea y sordera. Con fuegos o aguas de artificio, pirotecnia, acuatecnia, comunicaron su resolución: «Nosotros os conduciremos a unas playas calientes, a unos lugares a los que no llegan tempestades, témpanos, balleneros; allí disfrutaréis del merecido descanso después de tantas aventuras, tantos afanes, tantos riesgos». Las dejaron varadas en la arena. «Hasta mañana», les dijeron, sabiendo que no volverían. «Hasta mañana».

Misericordioso e implacable el sol les reseca la piel repujada de algas. Muy pronto albatros y gaviotas se ensañarán con estas moles de agonía, de grasa y carne putrefacta. El sol es chupado por el horizonte, se hunde poco a poco en él despidiéndose con su rayo verde. Luego es la noche, y otras noches (…) Sobre la seda o terciopelo funeral chisporrotean las estrellas fugaces, las ascuas de la luna de azafrán. El zumbido de las abejas marinas, el crujido del oleaje que clava sus colmillos en las rocas de azabache y cristal resuena en los oídos agonizantes de las viejas ballenas, festín de la desolación, el silencio, el olvido, la sombra.

«Hasta mañana.» Fue el último mensaje. Y ya no habrá mañana. Ahora las moribundas, ciegas y sordas tienen la mirada del recuerdo puesta en sus ballenatos, indefensos frente al testuz terrible de las olas heladas, los témpanos, las hélices, los arpones, desvalidos, sin rumbo por esos mares de Dios».