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Bernar Freiría

Pasado de rosca

Bernar Freiría

Control de fronteras subarrendado

El pasado martes, el ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, compareció ante el Congreso para dar cuenta de la actuación española en el desastre humanitario ocurrido el 24 de junio pasado en la valla fronteriza de Melilla. En el incidente hubo al menos 23 muertos y unas 77 personas desaparecidas.

El asunto es de entidad suficiente como para que en el Congreso hubiera un interés genuino por averiguar qué fue lo que sucedió en la frontera con un numeroso contingente de inmigrantes. Y la discusión no debe centrarse, a mi juicio, en si hubo o no al menos un fallecido en territorio español. Esa es una discusión bizantina sin demasiado sentido a la que por cierto se agarra Grande-Marlasca como a un clavo ardiendo y sosteniendo con empecinamiento digno de mejor causa que ningún fallecimiento se produjo a este lado de la frontera.

Pero es que esa no es la cuestión. La cuestión es que de hecho hemos subarrendado la vigilancia del flujo migratorio en nuestras fronteras del sur a Marruecos a cambio, entre otras cosas, del reconocimiento de que la solución del Sahara será convertirlo en un territorio autónomo integrado en el reino alauita. Pretendemos ser respetuosos con los derechos humanos y consentimos que sea Marruecos quien se ocupe de que los inmigrantes subsaharianos no crucen a territorio español. Se da la circunstancia de que el respeto a los derechos humanos no es algo que caracterice a nuestro país vecino, donde ningún ministro tendrá que comparecer para explicar la actuación de sus fuerzas de seguridad en la frontera y donde ninguna opinión pública va a pasar factura al Gobierno en las urnas por una actuación brutal de la gendarmería. A Marruecos, por tanto, le resulta más fácil encargarse del trabajo sucio. 

Aún más. Las investigaciones de varios medios de comunicación parecen arrojar sospechas de que hubo una acción planificada para resolver el problema de un grupo numeroso de emigrantes subsaharianos que aguardaban en el monte la ocasión para cruzar la valla fronteriza. Al parecer, se produjo un hostigamiento previo sobre los inmigrantes, lo que aumentó su estado de desesperación. Después, se les sugirió intentar el salto de la valla y cuando finalmente lo hicieron se vieron en un callejón sin salida donde se les tiraron botes de gases lacrimógenos. Eso produjo la estampida que fue la probable causa de muchos de los fallecimientos. Además, se les golpeó y se les obligó -a los que estaban vivos, pues a los que estaban muertos ya no se les pudo obligar a nada- a permanecer tendidos en el suelo, al sol, por espacio de horas. Posteriormente, los magullados y debilitados inmigrantes -incluyendo los que fueron entregados en caliente por las autoridades españolas- fueron trasladados a las distantes fronteras del sur de Marruecos, donde hay fundadas sospechas de que se los abandonó a su suerte.

Estas conclusiones de la investigación independiente, no son el dictamen de un tribunal, pero hay que ser conscientes de que ese es el modelo elegido por España para hacer frente a la inmigración masiva y sin papeles. Ya Aznar había sentenciado cuando fue preguntado por una devolución de subsaharianos narcotizados: «Teníamos un problema y lo hemos resuelto». Esa es la verdadera cuestión. Cómo queremos afrontar o resolver el problema de la inmigración. Ya sabemos cómo operan la gendarmería y el ministerio del Interior marroquí. Si damos por buena la subcontrata de la vigilancia de nuestras fronteras del sur, pecaremos de hipócritas si nos rasguemos las vestiduras cuando se produzcan flagrantes violaciones de derechos con resultado de muertes. No se puede estar de acuerdo con el trato humanitario hacia los inmigrantes para luego clamar indignación si ocurren catástrofes humanitarias como la del 24 de junio. Y, por favor, evítennos Grande-Marlasca y los congresistas que lo interpelan el espectáculo de discutir como tartufos si son galgos o podencos y si un pobre negro se murió más aquí o más allá de la línea de frontera.

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