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La Opinión de Murcia

Angel montiel

La Feliz Gobernación

Ángel Montiel

El PSOE avanza hacia la oposición en Murcia

Los socialistas, como se muestra en el ayuntamiento de Murcia, no han conseguido interiorizar la posibilidad de ser partido de gobierno, y siguen ejerciendo la oposición a la oposición, pretendiendo ocultar mediante la política del retrovisor su incapacidad para estructurar un marco político reconocible y estimulante

PSOE

El PSOE murciano avanza con paso decidido y firme hacia la irrelevancia, inspirado en el modelo francés, consistente en cargarse de razón ante sí mismo y perderla ante la sociedad. Se pasean por el camino de Swan, el de la nostalgia de la infancia feliz y el aroma de la magdalena que nunca volverá, como si al margen de sus rutinas palaciegas interiores no existiera el mundo real. Nunca lo han tenido tan fácil: un Gobierno central en sintonía política y un Gobierno regional descompuesto, Frankostin y pataleador ante su propia incompetencia.

En vez de perfilar estrategias sutiles, integradoras y abiertas, los socialistas murcianos se vienen empeñando en reproducir una caricatura partitocrática, añeja, inflexible, heredera del alfonsoguerrismo campeador de otros tiempos, en actitud de partido vintage, confiado solo en que sus siglas, como el logo de la Coca-Cola, tienten al consumidor por natural inercia. Pero las marcas también capuzan: véase Nokia y un sinfín más. Diríase que el siglo XXI no ha llegado al PSOE murciano. Ni llegará, con estos mimbres.

Los dos enclaves básicos, en esta Región territorialmente invertebrada, para aspirar a obtener una mayoría electoral son Murcia y Cartagena.

Murcia

Pues bien, en la primera, los socialistas, a pesar de haber alcanzado el poder a mitad del mandato gracias al concurso de Cs, que sostuvo al PP durante los seis años anteriores, siguen haciendo oposición al popular José Ballesta, que ya no gobierna, pero se les aparece en el horizonte próximo, en la nebulosa de los sueños, como una amenaza redentora. Han decidido plantear su alternativa electoral a futuro, ya que no alcanzan a seducir por su propia gestión, mediante acusaciones a la administración anterior (el empleo de los recursos de los convenios urbanísticos), sin percatarse de que su actual socio, Mario Gómez (Cs) sería también corresponsable político de lo que denuncian y de lo que éste mismo, paradójicamente, también denuncia. Y lo que denuncian, el antiguo socio del PP, y el PSOE, resulta que había sido avalado por sus propios votos, si bien alegan que no sabían lo que hacían, obviando que la ignoracia de la ley no excluye su cumplimiento. A ver si va a resultar que la Fiscalía, caso de que el asunto, si es que hay asunto, fuera admitido a consideración, acabara empurándolos a todos. Hasta ese punto parecen dispuestos a llegar, a la fábula de quien quería sacrificarse tuerto para que el adversario se quedara ciego.

Pretextaron la moción de censura en el ayuntamiento de Murcia en la corrupción del PP, con denuncias acumuladas por Gómez y el PSOE que, una vez instalados (en el caso de Gómez, reinstalado) en el poder fueron archivadas, pero esto nos les ha desmotivado a seguir indagando, con tan precaria fortuna como en este último asunto, en el que han arriesgado hasta visitas del exalcalde del PP Miguel Ángel Cámara al despacho del socialista José Antonio Serrano, y esto a pesar de que el verdadero responsable del desaguisado de los convenios urbanísticos es el que fuera alérgico durante su mandato al uso de los cajeros automáticos.

Gobernar el ayuntamiento de Murcia, la séptima capital de España, debe ser complicado, pero como en el pasodoble, «Manolete, si no sabes torear, pa’ qué te metes». Y menos, si llevas a cuestas al mismo banderillero que quería ser torero incluso cuando el anterior maestro superaba a los actuales socios en los ruedos. El PSOE, enfín, como se muestra en el ayuntamiento de Murcia, no ha conseguido interiorizar la posibilidad de ser partido de gobierno, y sigue ejerciendo la oposición a la oposición, pretendiendo ocultar mediante la política del retrovisor su incapacidad para estructurar un marco político reconocible y estimulante.

La culpa de esta percepción, según el diagnóstico que se nos traslada mediante los hechos, la debe tener el equipo de comunicación, convenientemente destituido, pero el nuevo, si existe, ha sido incapaz de subir al balcón municipal a Carlos Alcaraz a su vuelta victoriosa del Open de Tenis de Madrid. Todo para López Miras, que va por la vida con medallas de oro en el bolsillo decidido a repartirlas a discreción, como el cronista local que, al menor descuido, te pone un pin en la solapa alusivo a las fiestas de su pueblo.

El gobierno municipal socialista carece de gestores; la mayoría son del tipo «abriremos las ventanas», una tontá política metafórica que ni siquiera tiene una traducción gráfica, pues cualquiera ve a su paso por el Ayuntamiento que todas las ventanas están cerradas, especialmente la del alcalde, que la abrió cuando tomó posesión para hacerse la foto, y ni siquiera cumplen el protocolo covid para airear las instalaciones.

El PSOE es fiel a su infantilizada fantasía: cree que su propia existencia institucional es una garantía, sin necesidad de dar muestras de solvencia en la gestión. Y como esto se le pone cuesta arriba, prefiere seguir insistiendo, ya en el gobierno, en el discurso que mantenía en la oposición. En el fondo, los socialistas imitan a Mario Gómez, un tipo que con responsabilidades de gobierno, antes con el PP y ahora con el PSOE, nunca las ha asumido, sino que traslada a los demás (a sus socios de ocasión o a los funcionarios correspondientes) su incompetencia absoluta para hacerse cargo de los asuntos que le son delegados. No se conoce declaración pública de Gómez que no sea a la contra de alguien, salvo los tuits en que presume de haber arreglado alguna farola. El PSOE, con todo lo que suponíamos que era el PSOE, sigue su mismo camino.

Cartagena

Estaba en el guion casi desde el principio, pero habría sido decepcionante que Ana Belén Castejón hubiera renunciado a presentar su candidatura a las próximas elecciones a la alcaldía de Cartagena. Pocas veces alguien que se distancia de su partido político para emprender una aventura propia ha concitado tantas simpatías, incluso dentro del propio PSOE. Y esto porque su gesto evidencia con extraordinaria claridad el error básico de los socialistas al analizar la situación política de Cartagena. Creyeron inicialmente que el gobierno de esa localidad podría ser un objeto de intercambio en el conjunto de la política regional, sin considerar las circunstancias especiales del municipio. El cálculo, tras las elecciones, era que Cs daría la presidencia regional al PSOE a cambio de la alcaldía en Murcia para Cs y un periodo de espera en Cartagena con gobierno de José López (MC), que, por la previsión de su frikismo, a los pocos meses exigiría una moción de censura para desbancarlo, incluso con el modelo del pacto PP-PSOE, en teoría. Pero esto debería someterse, digo, a una espera estratégica en la que lo primero y ensencial era resolver la cuestión regional en el supuesto de que Cs cumpliría su promesa electoral de no apoyar al PP, cosa que se reveló un engaño, una mentira pública de Arrimadas y también, expresa y literalmente, de la candidata regional, Isabel Franco, forzada a ello o no.

Aquello era un traje a medida de Diego Conesa, entonces líder socialista, que Castejón no aceptó, y se lanzó a la opción más efectiva: parar a López mediante el modelo al alimón, desde el principio, del pacto con el PP. Su indisciplina contra la estrategia general de su partido, por lo demás fracasada con independencia de la cuestión cartagenera, fue aplaudida, vistas las circunstancias en que se desenvolvía. El PSOE de Cartagena, bajo su liderazgo, no iba a ser moneda de cambio en una incierta estrategia de su partido que, sobre la marcha, se mostró fantasiosa.

Los socialisas, que no aprenden, ya habían cometido el mismo error en la prehistoria de todo esto, cuando laminaron desde Murcia a su alcalde de Cartagena, Juan Martínez Simón, con pretextos que hoy consideraríamos absurdos, pero que en su momento estaba claro que respondían a las rencillas internas del partido. Esto se tradujo en que en las siguientes elecciones, el PSOE, partido hegemónico en Cartagena desde el primer momento de la Transición, tuviera que ceder el gobierno municipal a los cantonales. Solo después de que la Administración socialista (autonómica y central) los cercara, el PSOE recuperó el poder, cuando los cartageneros comprendieron que el aislamiento localista nos les reportaba beneficios.

El perfil de Castejón responde a un esquema similar: mientras la dirección regional del PSOE era sanchista, ella había apoyado a Susana Díaz. Estaba fuera de la colla, pero tenía el poder del partido en Cartagena y no era fácil desplazarla. En realidad, ese es uno de sus grandes méritos: Castejón alcanzó el liderazgo del PSOE cartagenero mediante una criba en la que incorporó a gente emergente y liquidó a la cochambre que había servido tradicionalmente para apoyar en los congresos regionales del partido al mejor postor mientras en Cartagena se enseñoreaba el PP, pues en la oposición tambien se vive y se cobra sin necesidad de responder de la gestión.

Castejón cambió el partido en Cartagena, en el intento de conectarlo con la sociedad, pero después de ser defenestrada por su ‘indisciplina’, las familias que tradicionalmente lo gobernaron han vuelto a hacerse con él: ahí están los Torres, una vez más, ahora en primer plano. Durante años, este sector tuvo la prudencia de aparecer de tapadillo, pero como ya no queda nadie, han tenido que ponerse en primera línea. Ese es, hoy, el PSOE cartagenero, no es preciso añadir algo más. Y la previsible candidata, Carmina Fernández, sin duda un valor apreciable, carece de suelo.

Castejón, que era el principal activo del PSOE, alguien capaz de renovar en su día la dinámica tradicional de la organización cartagenera, está fuera, pero parece conservar un liderazgo, tal vez más allá del PSOE, gracias a su arrojo y a su independencia, por encima de los dictados de su partido que en nada contemplaron las particularidades de una capital tan importante políticamente como Cartagena, a su vez enredada, en un cierto sector, en los delirios demagógicos y populistas que cualquiera puede observar.

Si algo no se le puede reprochar a Castejón es su voluntad de regresar al PSOE. Ese ha sido siempre su lugar y, aun expulsada del paraíso, ha insistido en su deseo de volver. Pero ha chocado con la implacable disciplina de un partido incapaz de analizar la realidad de las cosas, ensimismado en su precariedad orgánica, incapaz de mirar hacia afuera. Es probable que el resultado electoral del nuevo partido de Castejón no sea para tirar cohetes, pero el PSOE ha firmado su derrota en Cartagena por su incapacidad para comprender, al margen de sus estatutos, los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa.

En Murcia, desde el poder, hacen oposición, y en Cartagena prefieren disolverse antes que concursar. Vamos hacia el modelo francés. O, a nuestros efectos, el modelo calasparreño.

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