04 de junio de 2020
04.06.2020
La Opinión de Murcia
Punto de vista

El poder sensible

04.06.2020 | 00:14
El poder sensible

La pandemia Covid-19 ha incrementado la actividad y las relaciones de la ciudadanía en las redes, y la colaboración es un compromiso al alza. Promovemos debates y fomentamos áreas nuevas como la cibernética, nos sensibilizamos con el cambio climático y estamos desarrollando un nuevo poder, un poder virtual desde lo social, al que podemos calificar como un poder sensible. Y lo consideramos un contrapeso necesario frente al poder duro que muchos (Gobiernos y lobbies incluidos) ejercen con cierta discrecionalidad.

Este poder sensible, que ejercen ciudadanos y ciudadanas en su compromiso cotidiano con una sociedad más humanizada, camina de la mano de la Justicia en su más amplia expresión. Y es un factor que puede potenciar la llegada del Green New Deal: un mundo comprometido para mantener el planeta limpio y vivo es más importante que la explotación sin límites.

Algún día ese poder sensible tomará una decisión basada en la idea de que en el mundo globalizado todos compartimos un destino común. Todos, en todas partes, estamos expuestos a los mismos peligros: la destrucción de la biosfera, la proliferación de desastres ecológicos y la pérdida de las ciudades como espacios de convivencia. Y ese día veremos hecho realidad ese esperado Green New Deal: es el reto para esta década.

Pero hoy hay que reimaginar el futuro, dice Naomi Klein, de la sociedad post-Covid, porque parece estar gestándose el predominio del poder duro de los Estados, en alianza con las grandes empresas tecnológicas. Una muestra de ello sería la presión para bajar la contribución impositiva, cuando es el momento de potenciar la Sanidad pública, la Educación y la innovación.

El poder duro está intentando controlar nuestras vidas en todo el planeta. Nos está ofreciendo soluciones que hemos aceptado para afrontar el confinamiento (el aprendizaje virtual o la telesalud), pero que no son la mejor forma de mejorar Sanidad o Educación, pues van en la línea contraria a incrementar plantillas de enseñantes, hacer grupos más reducidos en la Educación o potenciar la Atención Primaria.

Como dice Innerarity, confundimos las visiones del futuro con las promesas, que se suelen realizar desde la tiranía del presente. El presente nos condiciona tanto porque no sabemos si viviremos el futuro, y esa incertidumbre nos hace débiles frente al poder duro. Nos cuesta llegar a acuerdos a largo plazo para pensar en la Educación del futuro, las pensiones, las infraestructuras, el medioambiente, las ciudades, o la reforma de la Administración pública.

Sin embargo, en lo que se está denominando Screen New Deal (el New Deal de la vida en pantalla) los CEOs del poder duro nos convencen de que los humanos somos biopeligrosos, y que las máquinas son nuestro antídoto. Quieren que el espacio privado se convierta en el lugar en el que, a través de la conectividad digital, tengamos el trabajo, el entretenimiento, la escuela y la salud. Dictan un futuro en el que cada paso, cada relación, sea mediatizada y controlada por los medios tecnológicos, manteniéndonos en un laboratorio permanente y altamente rentable sin el menor contacto humano.

El poder duro está haciendo que esto nos vaya sonando familiar, y nada mejor que la Covid-19 para aumentar el miedo. Hay grandes plataformas que están muy comprometidas, y redes sociales sin escrúpulos que están envenenando todos los ambientes dañando nuestra salud mental. Aquí juega un papel esencial la forma de vida en nuestras ciudades y el comportamiento de los ciudadanos, la cultura y la educación cívica que se precisa: porque la alternativa a una ciudad sensible que luche por un futuro de convivencia compartida es una ciudad plagada de sensores y drones que controlen a las masas de ciudadanos irresponsables, dando un superpoder al reducido grupo de empresas que a través de sus lobbies acumulan poder y beneficio. Caemos en la trampa, nos animan a vencer a la pandemia. Pero desprotegiendo nuestra privacidad, y cambiando nuestra cultura con la dudosa promesa de que las tecnologías son la forma de protegernos.

Dice Eric Sadin que estamos entrando en la silicolonización de nuestras sociedades, por la que está compitiendo el imperio asiático y el mundo occidental a través de la masificación de los procedimientos, la uberización de los servicios, el mercado electrónico... Se evidencia la clara apuesta de esos bloques tecnológicos: utilizar la crisis para alcanzar su transformación. Y, de paso, ¿nos venden un futuro mejor? No: es un futuro en el que los derechos laborales o civiles no serán un obstáculo para sus intereses. Y no son alucinaciones: en Canadá el Gobierno ha contratado a Amazon para entregar material sanitario, olvidando el servicio postal. Y el Gobierno australiano ha contratado a esa misma empresa para almacenar los datos del seguimiento de la pandemia.

Debemos usar las tecnologías, pero dominándolas, y no al contrario. Si queremos mejorar la Educación empecemos por contratar a más profesores y más personal sanitario. De esta forma tendremos mejor Educación y una Sanidad a pie de escuela, con más posibilidades de educar en salud para prevenir mejor las enfermedades, incluidas las mentales.

Lo que hace falta es un debate público entre poderes. El poder duro ya tiene copados los medios de comunicación, y frente a él tenemos que agitar los espacios sociales, potenciar el poder sensible. Porque en lo que tenemos que invertir para salir de esta crisis es en los seres humanos: ellos nos sacarán de esta pandemia, siendo las tecnologías solo instrumentos. Hoy somos nosotros, los que convivimos en las ciudades, los que podemos hacer que el destino de las futuras generaciones contemple esos procesos sociales, para que su porvenir no quede condicionado. Porque las tecnologías han propiciado una cultura del presente con un error: nos quieren imponer una cultura de la emergencia. Necesitamos una transformación, pero para crear nuevas formas de vida.

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