02 de junio de 2019
02.06.2019
La Opinión de Murcia
El diario de
Nocilla dream

Polvo en los zapatos

"Tumbado en su habitación, contemplando por el televisor imágenes en una lengua desconocida, recordó cierta fotografía que acababa de ver en el New York Times: un árbol del que colgaban centenares de zapatos viejos en una solitaria autopista de Nevada"

02.06.2019 | 04:00
El 'arbol zapato' de Nevada

9 DE MAYO

Agustín Fernández Mallo. El hombre de gesto cansado que se sienta a mi lado mientras conduzco vive en Mallorca desde hace décadas, pero no ha perdido del todo su acento vernáculo, el gallego. Instalado en un permanente jetlag, Agustín Fernández Mallo llegó hace sólo tres días de Colombia y este fin de semana deberá dejarse caer por Salamanca. Entre medias, parada y fonda en Murcia de este poeta metido a narrador sui generis cuyas mejores iluminaciones brotan de su mente en aviones y aeropuertos, tal vez porque la combinación de no-lugares con estados de fatiga propicia la libre asociación de ideas.

Algunas muestras de su modo de mirar el mundo: 1. Hallarse en un avión a 12.000 metros de altitud y, cuando se apaga la iluminación general y sólo quedan pequeñas lucecitas sobre las cabezas dormidas de los pasajeros, sentir que uno va lanzado por el espacio dentro de un santuario. 2. Contemplar una burbuja en el seno de una copa de champán y asociar la forma en que se eleva y se desvanece en el aire con la levitación y la poesía mística. 3. Preguntarme con asombro (mientras recorremos la ciudad) por el origen de un edificio inacabado cuya gran osamenta de hormigón se yergue solitaria en la avenida Miguel Induráin.

Licenciado en Física, Mallo trabajó bombardeando con isótopos radiactivos a pacientes cancerosos. Durante su único viaje de placer a tierras exóticas («es un error viajar») sufrió el atropello de una motocicleta y pasó 25 días con la cadera rota en un hotel tailandés. Tumbado en su habitación, contemplando por el televisor imágenes en una lengua desconocida, recordó cierta fotografía que acababa de ver en el New York Times: un árbol del que colgaban centenares de zapatos viejos en una solitaria autopista de Nevada. Súbitamente, vislumbró en aquel árbol la totalidad del universo, un aleph que podía servir como centro de una vasta trama que lo conectase todo entre sí.

Era verano de 2004. Empezó a escribir sobre folios con membrete del hotel. Al volver a España descubrió que dentro de aquel maremágnum de notas se escondían personajes, un leitmotiv. Durante ocho meses de convalecencia siguió investigando ese formato hasta alumbrar la trilogía iniciada por Nocilla dream, cuyo éxito (él mismo pronuncia esa palabra entrecomillándola) nunca hubiese imaginado. Dejando a un lado falsas modestias, agrega: «Creo que la literatura española estaba esperando algo y no sabía qué. Yo quería hacer algo y no sabía qué. A veces, las cosas confluyen».

Hasta entonces sólo había publicado versos («en la poesía no hay dinero, sólo ego») y no conocía a ningún novelista. El éxito de su nuevo modelo narrativo lo catapultó al estrellato literario con cuarenta años. «Tenía el cerebro ya asentado, con una profesión que exigía mucha responsabilidad. Si me llega a ocurrir con veinte, me hubiese creído Lou Reed y no sé dónde estaría ahora». Terminó pidiendo excedencia en 2010. Entre sus influencias destaca a David Lynch, Los pájaros de Hitchcock y, naturalmente, Borges. Su homenaje al semidiós argentino fue retirado del mercado tras una denuncia interpuesta por la viuda, María Kodama, asunto sobre el que nuestro invitado prefiere no abundar.

Por la mañana, en la radio, le han preguntado si estaba deseando mantener un nuevo encuentro con sus lectores, a lo que Mallo ha respondido categóricamente: «No». Una parte de Mallo querría abandonarse al solipsismo, no tener que ir vendiendo su mercancía por ferias del libro y salones de actos como el de esta biblioteca. Sin embargo, habla con pasión de sus metas creativas ante un atento auditorio. El poeta anida siempre en el fondo de sus textos; también el científico. Él mismo llama a su forma de escribir 'realismo complejo'. Todo forma parte de una red, todo está interconectado.

11 DE MAYO

Mercado político. Mañana de mercado ventosa. Mientras estoy comprando calabacines en un puesto cualquiera, oigo que una mujer le dice a su hija: «Con este aire, nos estamos comiendo el pelo». Un sujeto trajeado se me acerca por estribor y me estrecha la mano, cegándome con los destellos de su sonrisa. Es el candidato a alcalde de Molina por el partido Fulano. La escena me ha recordado a alguna película norteamericana. Nos hallamos en plena campaña electoral y por todas partes veo gente exhibiendo logotipos, colores, siglas. No tengo demasiadas ganas de hablar con nadie e intento evitarlos a todos.

Al vislumbrar a un conocido en el tenderete del partido Mengano (donde reparten banderitas, chapas y folletos) obligo a mi esposa a dar un rodeo. Tiempo después, oigo que alguien me llama: «¡Moyano, Moyano!». Intento hacerme el sueco. Lo he visto antes de reojo: es otro conocido, en este caso acólito del partido Zutano. Me alcanza para presentarme a su candidato y (ya no tengo escapatoria) me describe ante él como «un importante escritor». El candidato me pregunta qué escribo. Lo que faltaba. Respondo con evasivas, sin dejar de fruncir el ceño. Cuando nos alejamos, Teresa me recrimina: «No eres capaz de disimular ni un minuto».

13 DE MAYO

Torres Monreal. Francisco Torres Monreal, que ha traducido del francés a Fernando Arrabal, autor él mismo de obras de teatro, presenta hoy su libro Introducción básica a la poesía, cuyo argumento reside en que todos somos poetas, salvo que la mayoría no escribimos versos. «Recordad las cartas de novios», dice, «todos éramos poetas entonces». Afirma haber pasado un día entero en una iglesia de Gante contemplando el políptico de los hermanos Van Eyck El cordero místico. La poesía debería leerse a ese ritmo, muy despacio. A lo largo de su charla deja caer varias afirmaciones que aplaudo: que Beethoven era más poeta que músico, o que la poesía tiene un antes y un después de Baudelaire. Sin embargo, me remuevo en mi silla cuando desliza: «Me parece un insulto a la literatura haberle dado el Nobel a Bob Dylan». Considero a Francisco Torres un amigo, así que lo disculparé. Ya le contaré otro día que Dylan sostiene la misma tesis que él. «Para ser un poeta», la frase es del bardo de Minnesota, «no tienes por qué escribir necesariamente; hay personas que trabajan en gasolineras que son poetas».

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