26 de abril de 2018
26.04.2018
Espacio Abierto

Botín de guerra

25.04.2018 | 21:06
Botín de guerra

Cuando en 1936 los golpistas fueron conquistando los pueblos de la zona sur de España, Andalucía y Extremadura, principalmente, bajo el mando de Queipo de Llano, tenían orden de matar a cuantos más rojos mejor y de violar a las mujeres. «Nuestros valientes legionarios y regulares han enseñado a los cobardes lo que significa ser hombre. Y de paso también a las mujeres. Después de todo esto, estos comunistas y anarquistas se lo merecen ¿no han estado jugando al amor libre? Ahora por lo menos sabrán lo que son hombres de verdad y no milicianos maricas», proclamaba el humanista Queipo, aposentado en Radio Sevilla para transmitir a los españoles los mensajes filosóficos de la nueva España.

Paul Preston recoge en El holocausto español cómo iban matando, pueblo a pueblo, a todos los sospechosos de ser comunistas y anarquistas que encontraban en el camino, y cómo las mujeres eran sometidas a vejaciones y abusos sexuales antes de ejecutarlas.

Casi una década después, en 1945, tras vencer al ejército alemán, los aliados tomaron distintas zonas del país, el ejército ruso fue el primero en entrar a Berlín. Las violaciones masivas de mujeres alemanas a manos de soldados soviéticos quedó de manifiesto en algunos testimonios como el diario de una joven berlinesa que fue publicado con el título Una mujer en Berlín, que también fue llevado al cine. Para los soldados rusos había llegado el momento de la venganza, pues el ejército alemán había procedido de la misma manera con las mujeres rusas, con la diferencia de que no hubo testimonios tan explícitos.

Durante la guerra de los Balcanes, momento mucho más cercano en el tiempo para nosotros, el ejército serbio procedía de igual forma contra las mujeres musulmanas en los distintos pueblos conquistados.

En 2014 la secta yihadista Boko Haram secuestró a doscientas niñas en Chibok, Nigeria. Las niñas son raptadas, violadas, mantenidas como esclavas sexuales, manipuladas para que atenten como suicidas. Algunas de estas niñas han sido liberadas por el ejército o han logrado escapar y contarlo, pero a su regreso, tras el infierno padecido, son repudiadas por sus familias, sólo las ONGS las acogen y les proporcionan un lugar para ellas y para los hijos que, en ocasiones, traen consigo.

Solo hablamos de los episodios más conocidos, aquellos que han sido recogidos por la prensa o que han salido a la luz, muchas veces, por pura casualidad, porque sin ninguna duda, infinidad de situaciones similares ocurren constantemente. A cada instante, en algún lugar del planeta, una mujer está siendo objeto de una violación.

Las mujeres siempre hemos formado parte del botín de guerra. Cuando se trata de aniquilar al contrario no hay excepciones, los vencidos deben ser devastados, pero antes de eso, si eres mujer, debes ser vejada, debes ofrecer un último servicio, sería un desperdicio desaprovechar tan placentera oportunidad. La impunidad que ofrece el caos protege a los verdugos, la violencia sexual es la recompensa al esfuerzo de la lucha, al miedo y a las penurias padecidas durante el combate, y las mujeres son el trofeo por la victoria, un objeto más que laurea al salvaje vencedor.

Pero no solo en las guerras se produce este tipo de trato degradante hacia las mujeres, no es necesario trasladarnos a lugares exóticos ni a épocas remotas, no tenemos más que atender a las noticias de las últimas agresiones sexuales en nuestro país, para encontrar situaciones equivalentes. La Manada, un grupo de cinco hombres jóvenes, se divierten en los Sanfermines haciendo uso de la indemnidad que les procuran el desmadre y el desenfreno de la fiesta. Mencionamos este caso por haber sido el más mediático, pero ha habido otros similares, incluso posteriores, que no han trascendido de igual forma. ¿Qué tienen en común esta manera de proceder y los casos mencionados anteriormente? En ninguno de ellos el agente inductor es un pervertido que busca una presa para satisfacer una necesidad enfermiza, desmesurada; ni un lobo solitario que oculta su salvaje deseo de sometimiento a una víctima más débil, ocultándose en la oscuridad de la noche en una calle solitaria; por el contrario, en todos los casos estamos hablando de una acción colectiva, reconocida y alentada por todos los participantes o implicados, una demostración de hombría socializada. No hay culpables ni sentimiento de culpa; no están movidos por un deseo delirante e incontrolable; se trata, simple y llanamente de la guinda del pastel como recompensa a un trabajo bien hecho, o el remate de una estimulante jornada completa y plenamente satisfactoria; es un derecho, no explícito, por supuesto, pero sí avalado por la costumbre de siglos y siglos de ultraje.

¿En que nos convertimos las mujeres, las niñas, incluso las abuelas en situaciones similares? Todas, niñas, adultas o ancianas, dejamos de ser un ser humano individual, un sujeto único y peculiar, para convertirnos en un objeto colectivo capaz de procurar placer, no a un hombre concreto sino al hombre, en sentido genérico. Las leyes que nos protegen quedan suspendidas mientras dura la bacanal, son invalidadas, no hay crimen ni castigo posible.

Las berlinesas callaron durante setenta años, no hablaron de lo ocurrido hasta que se publicó Una mujer en Berlín como anónimo a petición de la autora y cuando ésta falleció. Callaron hasta entonces por vergüenza y porque no sabían hasta qué punto y en qué circunstancias, otras muchas habían padecido lo mismo que ellas. Muchas mujeres violadas guardan silencio, no denuncian, temen que las culpen a ellas, porque prefieren olvidar cuanto antes el ultraje, la humillación a la que han sido sometidas, porque temen que no las crean, que las acusen de haberlo provocado o de no haberse resistido lo suficiente; se culpan, incluso a sí mismas, de no haber podido evitar nacer mujer, de haber sobrevivido o de querer seguir viviendo.

¿No deberían los hombres cuestionarse, como género, qué les lleva a esa salvaje forma de proceder en contextos determinados? ¿No deberían plantearse hasta dónde llegaría cada uno de ellos en escenarios similares? ¿No consideran necesario profundizar, como colectivo, en ciertas aberrantes actitudes masculinas para cambiarlas, aunque como individuos, la mayoría de ellos, tenga la certeza de que nunca procedería de tal manera en tales circunstancias?

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