29 de agosto de 2020
29.08.2020
La Opinión de Murcia
Crónicas de viaje

Goa, a la espera del monzón

29.08.2020 | 04:00
Goa, a la espera del monzón

A principios de junio, el poblado de apenas unas cuantas casas se ha vaciado. No hay rastro de turistas. En enero, sus calles se convierten en un hervidero de hippies que fuman marihuana y hacen surf, pero con las lluvias quedan pescadores locales y algunos franceses que viven allí durante todo el año. Es el lugar perfecto para descansar.

Era la primera vez que me bañaba en el océano Índico. Sentado en la arena, intentaba asimilar lo que había supuesto el viaje. Dos meses en la India bajo un sol abrasador, recorriendo ciudades pobladas de pobreza y templos presididos por elefantes. Trayectos en tren que duraron hasta veinte horas. Compartimentos frecuentados por familias enteras, mujeres que se tapaban el rostro ante la mirada indiscreta del viajero y hombres de barbas largas que observaban con su paciencia de piedra la piel blanca y la cámara fotográfica. La India es un país muy difícil que consigue atrapar al visitante en cuanto entiende la dinámica vital. Pero es extenuante para cualquiera con un mínimo de conciencia. Un país desmedido en todo: en la belleza y en la miseria.

Por eso aquel baño adquirió un grado de purificación moral. Ya era completamente de noche. Se veían las estrellas brillando rabiosamente en el cielo. Iluminando la arena fina y reflejándose en el agua. Goa es un paraíso de otro tiempo. Un refugio al que los viajeros acuden después de haber recorrido el país. En nuestro caso, la temporada seca llegaba a su fin. Habíamos soportado temperaturas cercanas a los cincuenta grados con una humedad irrespirable. Frente a la costa se palpaba la lluvia. Un agua fría y torrencial aguardaba al día siguiente. Era el monzón.

Las primeras lluvias del monzón siempre tienen algo de ritual. Llueve sin descanso durante meses. El cielo se convierte en una masa negra y no cesa de caer agua. Las ciudades se inundan. Las construcciones más livianas desaparecen en un agujero de fango. Los mosquitos acuden a la llamada de la carne fresca y la temporada de la malaria inicia su recorrido por las pieles más frágiles. Pero es momento maravilloso también, donde la naturaleza muestra toda su fuerza. Decidimos recibir al monzón en la playa de Palolem. A principios de junio, el poblado de apenas unas cuantas casas de caña se ha vaciado. No hay rastro de turistas. En enero sus calles se convierten en un hervidero de hippies que fuman marihuana y hacen surf, pero con las lluvias apenas quedan unos pescadores locales y algunos franceses que viven allí durante todo el año. Era el lugar perfecto para descansar.

Palolem es la playa más hermosa en la que he estado. Al sur de Goa, todo en ella es vegetación desmedida. La región tiene su historia particular dentro de la India. Fue una colonia portuguesa en el siglo XVI. La zona se llenó de comerciantes portugueses que dejaron dos herencias imprescindibles hoy en día: la lengua portuguesa y la religión católica. Caminando por la vieja Goa, un barrio de la capital, Panaji, se erigen las iglesias católicas, con sus fachadas blancas y azules. La mayoría están dedicadas a la Virgen María, tan venerada como Vishnú. En la Basílica del Buen Jesús, un templo barroco en plena selva, los jesuitas construyeron la piedra angular de su fe en Goa. Al viajero le sorprendió encontrar la tumba de Francisco Javier, aquel hombre que abandonó su castillo en Navarra para predicar la palabra de Jesús por todo el mundo.

Toda Goa respira un pasado colonial mucho más amable que el británico. Los portugueses se involucraron en las ciudades que fundaron y las dotaron de la misma esencia que los pueblos de Portugal. Margao es la segunda ciudad de Goa y muchas de sus calles tienen un aspecto humilde, con casas coloreadas salpicadas de iglesias y bosques tropicales. Lo mismo sucede con Vasco da Gama, en la costa, donde los comerciantes mandaban las especias hacia Europa, el punto final de un viaje que había durado meses por los mares de África bordeando el Cabo de Buena Esperanza.

Fue lo que encontramos en la Goa Dourada, como la llamaban los marinos portugueses. Tras la independencia de la India, la región entró en decadencia. En los últimos años, sus playas se exhiben a los turistas y los movimientos hippies europeos creen vivir en sus playas los paraísos artificiales prometidos por las drogas. Pero aquella noche en Palolem no había nada de eso. Los turistas ya habían huido hacia el norte y aguardaban cola en los aeropuertos de Bombay. El poblado se había iluminado con apenas unos farolillos. Chozas de pescadores que durante la tarde habían varado sus barcas en la arena hasta que el monzón pasase.

A los pocos minutos dejamos de ver las estrellas. El cielo se apagó y el mar reflejó un color inerte, hecho de sombras. Pronto cayeron las primeras gotas. Era un agua fría, que contrastaba con la calidez del mar. Tras las primeras gotas, las nubes se vinieron abajo y arreció la lluvia, ya convertida en tormenta. Palolem se sumió en una nube incesante. El agua se colaba por las ramas y encharcaba el bosque tropical. Se multiplicaron los arroyos que desembocan en el río Zuari, tan caudaloso que parece un mar y pronto costó distinguir el agua de la tierra. Ya había llegado el monzón que tanto habíamos esperado. Entró por Goa. Semanas después estaría regando la tierra seca de toda la India hasta las cumbres del Himalaya. Nosotros lo habíamos visto desplegar sus primeras lluvias. Y Palolem se sumió en una noche de agua.

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